Durante siglos, la humanidad ha intentado comprender su relación con Dios, con el universo y con la naturaleza. La religión lo ha hecho desde la fe; la filosofía, desde la razón; y la ciencia, mediante la observación, la evidencia y la búsqueda de explicaciones sobre el funcionamiento del universo. Tres caminos diferentes que, sin ser equivalentes, convergen en una pregunta que hoy adquiere una enorme urgencia: ¿qué estamos haciendo con la naturaleza que hace posible nuestra propia existencia?
La Iglesia Católica ha ido desarrollando progresivamente una visión sobre la responsabilidad humana frente a la creación. Desde las reflexiones de Pío XII sobre la naturaleza, la ciencia y la creación, pasando por Juan Pablo II y su llamado a una responsabilidad ecológica, hasta Benedicto XVI y su insistencia en cuidar y cultivar la naturaleza, se fue consolidando una preocupación que alcanzaría una expresión particularmente amplia con Francisco y su encíclica Laudato si’, expresión que evoca “nuestra casa común”. No se trata solamente de conservar paisajes: se trata de comprender que el deterioro ambiental termina afectando también a las personas, especialmente a las más vulnerables.
Juan Pablo II dio un paso particularmente significativo al advertir, en 1990, que la crisis ecológica tenía también una dimensión moral. No bastaba reconocer la contaminación, la destrucción de los bosques o el agotamiento de los recursos: era necesario transformar la conciencia en acciones concretas. Benedicto XVI profundizó posteriormente la relación entre ambiente, desarrollo humano y responsabilidad hacia las generaciones futuras. Francisco llevó esa reflexión más lejos al recordarnos que “todo está conectado”: agua, bosques, biodiversidad, economía, pobreza, salud, producción y calidad de vida forman parte de una misma realidad.
Desde la filosofía encontramos una perspectiva radicalmente distinta, pero fascinante, en Baruch Spinoza, para quien Dios y Naturaleza están expresados en la fórmula Deus sive Natura, “Dios o Naturaleza”. No significa que Spinoza estuviera expresando la doctrina cristiana; su concepción de Dios es profundamente diferente. Pero su pensamiento introduce una provocación que todavía resulta vigente: el ser humano no es un espectador externo de la naturaleza, sino parte de ella. Destruirla, por tanto, no es destruir algo ajeno, sino deteriorar la realidad de la que formamos parte.
Albert Einstein, por su parte, manifestó admiración por la concepción de Spinoza y encontró en ella una manera de expresar su respeto por el orden y la racionalidad del universo. Tampoco debemos convertir al científico en teólogo ni atribuirle una doctrina religiosa que no sostuvo. Pero la ciencia que Einstein representa nos ha permitido comprender algo extraordinario: vivimos en un universo regido por relaciones y leyes cuya complejidad apenas comenzamos a comprender. Y dentro de ese universo, la vida terrestre constituye una extraordinaria trama de interdependencias que ninguna sociedad puede destruir impunemente.
Entonces aparece una reflexión que corresponde a nuestra propia responsabilidad: si para el creyente la naturaleza es creación de Dios; si para Spinoza Dios y Naturaleza forman una unidad; y si la ciencia demuestra que somos parte inseparable de una compleja trama física, química y biológica, ¿qué sentido tiene destruir sistemáticamente las condiciones que sostienen nuestra existencia? No afirmo que estas tres perspectivas digan lo mismo; no lo dicen. Pero las tres pueden ayudarnos a cuestionar una actitud humana que durante demasiado tiempo ha confundido dominio con derecho a destruir.
Honduras conoce demasiado bien las consecuencias de esa equivocación. Perdemos bosques, deterioramos cuencas, contaminamos ríos y quebradas, degradamos suelos, acumulamos residuos, reducimos hábitats y sometemos a presión nuestra biodiversidad. Mientras tanto, muchas comunidades enfrentan dificultades para acceder al agua, incluyendo la capital. La minería, la deforestación, los incendios forestales, la expansión desordenada de actividades productivas y la deficiente gestión de residuos pueden convertir problemas ambientales en problemas sociales, económicos y de salud pública.
Por eso necesitamos un cambio de actitud ante la naturaleza. Y ese cambio puede establecer la diferencia entre continuar degradando nuestro patrimonio natural o comenzar a recuperarlo. No basta con sembrar árboles para tomarnos una fotografía, celebrar el Día del Árbol o pronunciar discursos sobre el cambio climático. Hay que pasar de la cultura de explotación a una cultura de conservación, restauración y responsabilidad. Un bosque no es solamente madera; una cuenca no es solamente territorio; un río no es un canal de desechos; una especie no es prescindible simplemente porque todavía no comprendamos completamente su función ecológica.
El Estado hondureño tiene una responsabilidad fundamental y debe comenzar por fortalecer el ordenamiento territorial, de manera que determine con claridad qué territorios deben protegerse, dónde pueden desarrollarse determinadas actividades productivas y cuáles son las zonas que requieren restauración y conservación. A ello debe sumarse el fortalecimiento de la protección de bosques y áreas protegidas, el cumplimiento de la legislación ambiental, la vigilancia de licencias y autorizaciones, el control de las actividades extractivas y la protección de las fuentes de agua. Pero también debemos reconocer responsabilidades diferenciadas: los municipios deben asumir un papel más activo en la gestión territorial y de residuos; las empresas deben responder por sus impactos; y la ciudadanía debe abandonar la peligrosa idea de que cuidar el ambiente es una tarea exclusiva del Gobierno.
Una propuesta concreta debería ser convertir la restauración de cuencas y microcuencas hidrográficas en una prioridad nacional. Recuperar bosques dañados, proteger zonas de recarga, restaurar nacimientos de agua, promover sistemas de cosecha y almacenamiento y recuperar ecosistemas degradados debe formar parte de una estrategia de seguridad hídrica. El Corredor Seco merece especial atención, pero el desafío debe alcanzar progresivamente a los 298 municipios de Honduras mediante alianzas entre Gobierno, municipalidades, comunidades, productores, academia, empresa privada y cooperación internacional.
También debemos aprender a conservar antes de tener que restaurar. Proteger un bosque existente cuesta menos y produce mejores resultados que intentar recuperar décadas después un ecosistema destruido. Lo mismo ocurre con las fuentes de agua, los humedales, los manglares, los arrecifes y las áreas protegidas. Necesitamos más monitoreo, más participación ciudadana y una veeduría ambiental responsable que aporte información técnica, objetiva y verificable para que las autoridades puedan actuar oportunamente.
Al final, quizá la discusión más importante no sea si la religión tiene razón frente a la filosofía, ni si la filosofía puede explicar aquello que la ciencia investiga. La pregunta urgente es mucho más sencilla: ¿qué clase de sociedad queremos dejarle a quienes vienen después de nosotros? Podemos continuar destruyendo bosques para obtener beneficios inmediatos, contaminando ríos para ahorrar costos, agotando recursos como si fueran infinitos y tratando a la biodiversidad como un obstáculo para el desarrollo. O podemos cambiar de actitud y entender que proteger la naturaleza no significa detener el progreso: significa garantizar que el progreso tenga futuro.
Quizá nunca lleguemos a ponernos de acuerdo sobre qué nombre darle a Dios. Pero sí deberíamos ser capaces de reconocer algo elemental: sin naturaleza no hay vida, sin biodiversidad no hay equilibrio y sin agua no hay futuro. Si para la fe la naturaleza es creación; si para Spinoza es inseparable de Dios; y si la ciencia nos demuestra que somos parte de una extraordinaria trama universal y biológica, destruirla debería provocarnos algo más profundo que preocupación: debería provocarnos responsabilidad. Porque cuando destruimos la naturaleza, no solamente estamos perdiendo bosques, ríos y especies; estamos destruyendo una parte de las condiciones que nos permiten existir.