Esta ha sido una semana de explosión global.
El martes 3 de noviembre los estadounidenses acudieron a las urnas y provocaron olas azules (demócratas) hasta convertirlas en tsunami, un auténtico en castigo directo para Donald Trump, quien pidió a los electores que votaran como que si su nombre estuviera en la papeleta... ¡y lo hicieron!: la derrota republicana fue una de las peores que se ha visto en Estados Unidos en décadas.
Trump sigue siendo el presidente –como bien recordó la Casa Blanca–, pero el control del Congreso –Senado y Cámara de Representantes– pasó a manos de los demócratas, lo que significa que los pesos y contrapesos en Estados Unidos cambiaron drásticamente y el sistema volverá a funcionar, pues el presidente ya no podrá seguir gobernando a su sabor y antojo, como lo hizo durante sus primeros dos años de gestión.
El castigo fue contundente. Encuestas del propio día de las elecciones dan cuenta de que los electores se manifestaron contra la guerra de Irán, la escalada de precios, la corrupción de la administración Trump y la violenta persecución contra los inmigrantes, esto último mercado en el importante voto hispano, principalmente.
El poder del hombre del Despacho Oval es muy grande. Trump tiene herramientas para enfrentar a un Congreso adverso, pero ahora tendrá límites. El contrapeso estará presente en muchas de sus acciones, como pueden ser nombramientos de funcionarios, aranceles, fondos para una eventual continuación de la guerra con Irán; y control sobre el uso de la fuerza desmedida contra los migrantes. Más allá de eso, el Congreso tendrá gran capacidad de maniobra para investigar acciones como los famosos ataques a narcolanchas –que muchos califican de ejecuciones extrajudiciales– y, principalmente, los negocios que hace el círculo cercano al presidente y que se consideran en ciertos círculos como “enriquecimiento ilícito” con beneplácito de la administración.
Precisamente por ese poder que aún retiene Trump, las reacciones internacionales fueron moderadas y muy diplomáticas. Pero una nueva puerta se ha abierto en Washington y el cambio se sentirá a partir de enero del 2027 cuando el nuevo Congreso empiece a operar.
Pero este cambio no traerá la tranquilidad que los estadounidenses desean. El pronóstico es que Trump mantendrá un constante pulso con el poder legislativo. Es posible que, por estar cerca el inicio de las primarias, su propio partido pueda apartarse de su línea dura. En fin, muchas elucubraciones sobre lo que, seguramente, será un año político agitado para Estados Unidos.
Días antes, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, enfrentó también lo que puede considerarse un voto hacia su actitud guerrerista. No logró en las urnas los votos necesarios para tener la fuerza parlamentaria que debe renovar –o no– su permanencia en el cargo de primer ministro. Su rival opositor, Gadi Eisenkot, está en mejor posición y ahora mismo busca la alianza con otros partidos opositores –incluidos algunos de tendencia árabe– para desbancar a Netanyahu, quien se encuentra, literalmente, en la puerta de salida.
Otro ejemplo del efecto que tienen el uso y abuso del poder. También se puede interpretar como un cansancio del pueblo israelí a la actitud guerrerista del ahora primer ministro “interino” –en lo que se consolida la alianza opositora y se nombra a su sucesor–.
El otro ejemplo de esta tendencia que tuvimos esta semana a la vista, tuvo lugar en Paraguay, en donde la quiebra de un banco –el digital Ueno Bank– arrastró al presidente Santiago Peña al despeñadero y tuvo que renunciar y enfrentar un juicio político. Su proximidad con el grupo propietario del banco y el desvío de recursos estatales a la entidad financiera lo pusieron en una posición insostenible.
Donad Trump se caracteriza por ser un gobernante autoritario. Pelea con los demócratas – “comunistas” les llama–; intenta silenciar a la prensa independiente; persigue y estigmatiza a los inmigrantes; impone y quita aranceles; está en contra de políticas ambientalistas; y casi ha eliminado el multilateralismo como vía diplomática de crisis internacionales y guerras. No todo cambiará como darle la vuelta a un calcetín... pero no podrá hacer lo que pase por su cabeza, como hace hasta ahora.
Seguirá siendo el hombre más poderoso del mundo, pero deberá moderarse.
Por otro lado, el eventual cambio en Israel no es poca cosa. Es una de las regiones más convulsas del mundo. Lo que sucede en Medio Oriente afecta a nivel global, como se ha visto con la guerra de Irán y el precio del petróleo. Como ocurrió con los estadounidenses, el pueblo habló en las urnas y se quiere un cambio de rumbo también.
Finalmente, el pequeño Paraguay es otro ejemplo que muestra lo necesario que son los controles al poder. Si no hay contrapesos, el abuso de los gobernantes no tienen límites. Tres ejemplos. Tres realidades diferentes. Tres puertas que se abren para un cambio con el mismo mensaje: el poder sin contrapesos y controles termina en abuso.