Es del papa Francisco, al concluir su homilía durante la Santa Misa de la Jornada Mundial de los Pobres, el llamado de: “Por favor, no nos olvidemos de los pobres”. La Iglesia Católica, desde el papado de Pablo VI (1963-1978), fundamentó, teológicamente, lo que se ha conocido como “opción preferencial por los pobres”.
La posición de la Iglesia con respecto a la atención a los más necesitados tiene que ver mucho con los cambios ocurridos después de la Segunda Guerra Mundial. Los años de posguerra sumaron más preocupaciones con el advenimiento de un nuevo orden mundial. Fueron los años de la llamada Guerra Fría, que no era más que la lucha, en todos los campos, entre Estados Unidos y la antigua Unión Soviética.
Los pobres del mundo subdesarrollado se pusieron de pie e impulsaron luchas que terminaron con el mundo colonial, entonces, desde la metrópoli iniciaron programas de reformas y asistencialismo que nunca terminaron con la pobreza. En esas condiciones, inspirados por el humanismo cristiano, que reclama los valores de dignidad, libertad y solidaridad; desde el Vaticano, se empezó una nueva forma de evangelización
Con el papa Pablo VI, fueron surgiendo y consolidándose los fundamentos básicos de la doctrina social de la Iglesia en momentos convulsos y de muchas contradicciones, su presencia coincidió con la consigna de “la opción preferencial por los pobres” y el surgimiento del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam), en 1955, ambos conceptos tenían como herencia la Teología de la Liberación, que buscaba conciliar el humanismo cristiano con las ciencias sociales.
Se robusteció la idea de que “el reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciará que está aquí o está allá; porque mirad, el reino de Dios está entre vosotros”. (Lucas 17:20-25). El reino de Dios, aunque su trono está en el cielo, su reinado empieza en la tierra.
Todo esto no estaba aislado de la lucha ideológica que se daba entre las ideas marxistas e ideas conservadoras.
En momentos apocalípticos, con amenazas globales de destrucción de la especie humana, como resultado de la codicia y afán por el dinero, donde la búsqueda del bien común escasea y donde hay un retroceso de los grandes relatos de la historia, surge un esfuerzo significativo por darle sentido a una vía diferente a la lucha ideológica que se ha venido dando.
A finales de la década del setenta aparece Juan Pablo II, quien con valentía de gigante de la fe apostólica visitó 130 países, condenó las políticas excluyentes del neoliberalismo como la expresión de un capitalismo salvaje.
Finalmente, surge, con voz de buen samaritano, el papa Francisco, oriundo de Argentina, pero portador de una mezcla de culturas de esta parte del mundo que lo hace universal.
El papa en su apostolado vivió con los pobres y sufrió la represión de gobiernos dictatoriales en su tierra natal. Ese papa, que acaba de fallecer, se fue de esta tierra reafirmando un principio bíblico, según el cual, “el Reino de los cielos está abierto a todos, Dios no hace acepción de personas, sino que en todas partes se agrada del que le teme y hace justicia”. (Hechos:10: 34-35).