¿Cuál Año Nuevo?

Gracias a la inmediatez de las redes sociales, podemos observar en tiempo real el avance de la rotación planetaria en todas sus regiones

  • Actualizado: 02 de enero de 2026 a las 00:00

Cuando Sídney comienza a conmemorar con un espectáculo de luces en la Ópera el Año Nuevo, en esta comarca, nosotros estamos tomando los últimos sorbos del café mañanero del último día del año. Al cambiar el calendario en Hong Kong, las tablas de picar resuenan al golpe de los cuchillos que empiezan a preparar los ingredientes de la cena de Nochevieja, aunque para ellos el nuevo año empiece en febrero.

Cuando es mediodía por acá, en Jakarta suenan las últimas campanadas de diciembre, a pesar de ser un país en su mayoría musulmán. Y así sucesivamente podríamos ir comparando las diferencias de husos horarios con momentos clave de nuestra última jornada, que evidencian los caprichos que encierra esta peculiar fecha.

Gracias a la inmediatez de las redes sociales, podemos observar en tiempo real el avance de la rotación planetaria en todas sus regiones; asimismo, quienes tenemos amistades repartidas a lo largo y ancho de esa geografía recibimos animadas felicitaciones de hora en hora, haciendo que la sensación de inicio del nuevo año sea un recordatorio permanente de cómo nuestras convenciones sociales están condicionadas por la religión que practicamos y el lugar donde el destino ubicó nuestras almas. Tan variada como esa sucesión de saludos, son las tradiciones que rodean a esta festividad.

Algunas son singulares y sólo se conocen en culturas específicas, mientras otras se han vuelto universales a fuerza de publicidad y repetición.

Estas diferencias son tan paradójicas como la siguiente: su nuevo año de vida, querido lector, no inicia después del 31 de diciembre, sino cuando usted cumple años. No obstante, ¿a cuál año del calendario deberíamos darle más importancia, para empezar nuevos proyectos y cambios vitales? ¿Al que es común a todos, o al que es personal? (Se exceptúan los nacidos el 1 de enero, cuyas cuentas calzan perfectas).

Contar años nuevos, pues, es una decisión íntima. Este 1 de enero usted se levantó con igual estatura que el día anterior, con las mismas mañas de siempre, y quizá lo único que haya cambiado un poco es su peso, por el opíparo banquete en el que no sobraron ni gula ni exceso. En cambio, en su onomástico, usted cambia la edad que consigna en cualquier formulario, deja de ser niño para convertirse en adulto a los dieciocho y adulto mayor a los sesenta -todo ello por convenciones. Igual pasa con este 2026: la inequidad se mantiene, los desvaríos autoritarios de los poderosos no cesan, y el progreso vislumbrado en la ciencia ficción luce más lejano que nunca. Apenas habrá un cambio de dígito, que ya excede las profecías mayas y de Nostradamus, sin fin del mundo ni retorno de Mesías inminente.

Para no lucir insensible a nuestras cuitas republicanas, el 2026 marca el inicio de un nuevo cuatrienio que, hasta no ver evidencia ni prueba de lo contrario, marcará una fecha más de nuestro incesante y periódico retorno a la negación y al reparto de culpas ajenas. (Que es el equivalente a echarle la culpa al cerdo o a la cocinera de esas libras de más que usted exhibirá en enero). Y, si no se entendió el mensaje, se lo repetiré a inicios del 2027

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