En un pasado no tan lejano, se hicieron famosos en Latinoamérica refranes relacionados a la información: la mentira corre, pero la verdad siempre la alcanza, o la mentira tiene patas cortas y la verdad la alcanza. De hecho, en la vida diaria resultaban ciertas ambas. La forma en que la verdad alcanzaba a la mentira era por medio de la prensa, esa que hacía que las cosas que se querían ocultar, salieran a flote y fueran expuestas.
La prensa seria, la que siempre ha estado comprometida con la búsqueda de la verdad, con sus lectores o audiencias; la que se identifica con su comunidad y con las libertades fundamentales del ser humano, se fortaleció y desarrolló profundamente desde el siglo XVIII. Se puede decir que alcanzó su época dorada en el siglo XX, cuando, incluso, se le llegó a considerar el cuarto poder en muchos países, aunque yo creo que la prensa es más bien un contrapoder.
Los grandes periódicos, líderes en sus países –The New York Times, Washington Post, La Nación, el Comercio, El País, El Mercurio, Listín Diario, La Prensa Gráfica, La Tribuna, La República o El Heraldo, para citar algunos de los más importantes en América–, construyeron su nombre en base al pilar más fuerte que siempre ha sostenido al periodismo: la CREDIBILIDAD.Con la llegada del internet a finales del siglo pasado, la prensa en general pensó que se abría un mundo de oportunidades.
Los periodistas llegamos a creer que no solo se rompían fronteras, sino que el potencial de audiencias crecería exponencialmente. Eso significaba que, si la mentira siempre era alcanzada por la verdad, la fuerza de la prensa sería avasalladora y la verdad prevalecería con el ímpetu de un periodismo dinámico, de investigación y, sobre todo, veraz.
Había pues argumentos para recibir el nuevo milenio con optimismo. Pronto surgió lo que algunos llamaron la era de la conectividad romántica con las redes sociales –Facebook, Twitter y demás–, diseñadas en principio como plataformas de comunicación entre amigos, para compartir pensamientos, fotografías y la vida misma de las personas.
La prensa aplaudió lo que parecía una expansión para la libertad de expresión. Además, eran un canal más para multiplicar la información. Prensa, internet y redes sociales parecían entrar en la era de la información. Y así fue por un tiempo, hasta qué, por el año 2012 empezó a moverse un monstruo llamado algoritmo, ese que mueve y promueve las noticias ciertas o falsas, a la vez de crear adicción por parte de los usuarios –le llaman dopamina intermitente–. El algoritmo privilegia también el odio o la mentira, porque sabe que el usuario dedica más tiempo a esas noticias que al contenido, veraz y educativo.
El algoritmo es para las redes sociales como la nicotina para el tabaco. Según un estudio de la prestigiosa universidad estadounidense MIT, las noticias falsas, mentirosas o engañosas corren seis veces más rápido que las noticias verdaderas que los medios serios publican en las redes. La mentira ya no tiene patas cortas.
El algoritmo se convirtió en un negocio global, mientras la prensa sufre los embates de aquel tsunami, que ha destruido medios de todos los tamaños.
Estamos en un momento en que la DESINFORMACIÓN se ha convertido en uno de los problemas que más afecta a la humanidad. No lo digo yo, se dijo con mucha fuerza en el Foro Económico Mundial de Davos en febrero pasado.Estamos entonces ante un gran desafío para la prensa que logra sobrevivir.
Los periodistas nos dimos cuenta tarde de esa marejada de desinformación causa. Hoy, el debate está abierto.
La desinformación y manipulación de las noticias con medias verdades o peligrosas mentiras, impactan en campañas electorales y provocan polarización en nuestras sociedades, pues no se puede negar que influyen en el pensar y actuar de las personas.
En estos días estuve en Asunción, Paraguay, por invitación del diario La tribuna en mi calidad de expresidente de la SIP, precisamente para hablar sobre los valores de la prensa. No tuve que meditarlo mucho. El valor más importante que debe defender y mantener la prensa es su CREDIBILIDAD.
Los medios deben estar al servicio de la ciudadanía –audiencia–, y la búsqueda de la verdad debe ser un compromiso diario. La CREDIBILIDAD es el principal antídoto contra la desinformación, en una guerra que llegó para ser permanente.
Por cierto, cabe destacar que el diario La Tribuna hizo algo insólito: después de convertirse, como tantos otros, en un diario digital, es el primero en el continente que retorna parapublicarse en papel. Sobrevivir como periódico impreso es un reto que no se puede enfrentar sin esa palabra que encierra tanto: CREDIBILIDAD, más CREDIBILIDAD y siempre CREDIBILIDAD.