Como nuevo alcalde

Aunque ya la mayoría no lo recuerda, los ocupantes de nuestra antigua Casa Presidencial se dieron a la tarea de cambiarle colores a la fachada

  • Actualizado: 17 de julio de 2026 a las 00:00

Para demostrar que hay nuevo “alcalde en el pueblo”, muchos recién estrenados funcionarios municipales suelen cambiar la orientación de las calles y hasta el nombre con que fueron bautizadas por sus antecesores. Así ejercen algunos el poder cuando lo detentan: hay que lucirlo, demostrar que se tiene en cada oportunidad, así se trate de menudencias. Cambiar el color de las paredes del ayuntamiento, los logos que identifican a la corporación, el diseño del uniforme de los empleados, para crear nuevas “tradiciones y costumbres” -nótese la ironía- es apenas una pequeña lista de acciones ideadas para mostrar “quién es el jefe” que hoy recomiendan los asesores de imagen, ganadores indiscutibles de esa nueva tendencia que lo “mercadea” todo, incluso la egolatría.

Aunque ya la mayoría no lo recuerda, los ocupantes de nuestra antigua Casa Presidencial se dieron a la tarea de cambiarle colores a la fachada, según fuera el partido que gobernaba: rosada y azul celeste, de forma intermitente, y otras veces verde (de moda en gobiernos militares). Antes de tener el color actual y su condición de museo, el palacete construido por Augusto Bressani pasó por múltiples modificaciones, afortunadamente ninguna fatal. La que hoy es sede del Ejecutivo no fue construida con ese propósito y sigue en ciernes el nuevo proyecto para albergar la presidencia en el futuro. Que no podamos presumir de una edificación con larga tradición e historia con esta honorable función (como la Casa Blanca o Rosada y Carondelet) habla de la debilidad institucional del país como de la falta de visión de quienes las ocuparon.

Tratándose de Secretarías de Estado y su denominación, no hay tanto capricho como ocurre con nombres de calles y avenidas. La complejidad de los asuntos públicos no podría hoy atenderse con los tres ministros (de Relaciones, de Guerra y de Hacienda) que se estipulaban en la Constitución de 1839. Con el paso del tiempo, fueron sumándose más y más carteras ministeriales, debido a las necesidades que iban surgiendo con el crecimiento del nuevo Estado, hasta superar la veintena.

El afán de simplificar o especializar la administración ha obligado muchas veces a reducir Secretarias de Estado, aumentando las atribuciones y competencias de ministros y la cantidad de viceministros, siendo todavía un lío cómo llamarlas (un buen ejemplo es la que en otros lugares se conoce como ministerio de Interior o de Gobernación, que tiene acá un nombre casi imposible de repetir por largo). Y si a eso se agrega la inevitable -e incontenible- tentación de cambiarles logotipo y eslogan, puede terminarse no solo con un galimatías en el rótulo sino con desperdicio de papelería y presupuesto.

Esa tendencia a reinventar la rueda hizo que el “gobierno refundador”, modificara a conveniencia desde la tonalidad del azul de la bandera y la línea gráfica estatal hasta la apariencia del blasón nacional, demostrando que ese pequeño alcalde que muchos tienen dentro, está presto a emerger apenas tenga la oportunidad de hacerlo.

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