A mediados del siglo pasado, el cigarrillo se convirtió en un símbolo de estatus, sofisticación y hasta de libertad. Las tabacaleras se convirtieron en una de las industrias más productivas. Lo que no se sabía es que detrás de aquel “boom”, que alcanzaba a personas de todas las edades, condiciones y razas, se escondía una realidad terrible: la nicotina hacía que los cigarrillos fueran adictivos, además de causar un profundo daño a sus consumidores.
Tuvieron que pasar cerca de 40 años para que se descubriera la realidad: las tabacaleras invertían miles de millones de dólares para silenciar a la ciencia y evitar que el mundo supiera que se trataba de un producto altamente adictivo y peligros para la salud. Durante ese tiempo, el tabaco no fue regulado y el daño causado fue generacional.
Hoy, la historia se repite con una precisión que puede ser escalofriante, aunque con los tiempos recortados, porque estamos en la era de la inmediatez, y todo ocurre en plazos cortos. El tema son las redes sociales, esas que, como los cigarrillos en el siglo XX, se han vuelto populares y son utilizadas por niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad, sin importar su lugar de origen, sexo, raza o religión. Pero el punto es: ¡son altamente adictivas y peligrosas!
Ya hay científicos advirtiendo que, como el cigarrillo tenía la nicotina para crear adicción, las redes sociales utilizan un mecanismo que logra los mismos fines: cuando se realizan movimientos de selección de contenidos, se responde a los likes, y se manifiesta por cualquier medio interés en lo que se mira, se crea una adicción por la dopamina que provoca una descarga que crea una dependencia química en el cerebro.
Según neurocientíficos de Harvard esa interacción en las redes sociales es “especialmente devastadora en cerebros que aún no han terminado en desarrollarse”.
Toda esta información ha salido a luz en medio del juicio que se sigue en Estados Unidos contra Meta (Facebook e Instagram) y Google (YouTube). En el tribunal se destapó una verdad atroz que muchos sabían a medias, intuían o temían: esas empresas diseñaron algoritmos específicamente para maximizar la permanencia de menores, sabiendo que esto disparaba ansiedad, depresión y dismorfia, un trastorno de salud mental que hace que el niño y/o joven se preocupe de sus defectos físicos.
Pero lo más dramático son los testimonios que se dieron alrededor del juicio. Una madre cuya hija se suicidó, dijo lo siguiente: “No perdí a mi hija en un callejón peligroso; la perdí en su habitación, a plena luz del día, frente a su teléfono”.
Como periodista de la tercera edad, debo reconocer que he sido demasiado complaciente con mis nietos menores sobre este tema. Sí creía que se creaba cierta adicción, pero sin alcanzar a ver el peligro al que son sometidos los pequeños.Los adolescentes pueden perder la capacidad de dormir bien, socializar cara a cara o vivir situaciones más graves y hasta peligrosas.
Lo positivo de todo lo que está saliendo a luz por parte de científicos serios y responsables, es que no deberán pasar 40 años para reconocer el daño que causa esta nueva adicción del siglo XXI. Lo negativo es que, aún con las evidencias sobre los peligros, no son demasiados los países que están buscando restringir, al menos, la edad para interactuar en las redes sociales y no son suficientes los padres que tienen plena conciencia de lo que sucede.
Australia es el país pionero en este tema. Desde diciembre pasado tiene prohibido el acceso de menores de 16 años a las redes sociales y se imponen obligaciones a las plataformas proveedoras como Facebook, YouTube, Instagram y demás, para que no permitan la creación de perfiles de menores o falsos. No es sencillo, pero se ha legislado.
Luego ha empezado a crecer la lista de países que están en la misma senda: España, Malasia, Francia, Grecia, Dinamarca, el Reino Unido y Chile avanzan, mientras que algunos estados de Estados Unidos han aprobado legislaciones restrictivas de la misma manera.
Esta columna se lee en República Dominicana, El Salvador, Honduras, Perú y Guatemala. Ninguno de estos países tiene una ley al respecto, aunque en los tres primeros hay manifestaciones de preocupación y se toman algunas medidas no legislativas. Perú avanza más e incluye el tema de la discusión de la Ley de Salud Mental. En Guatemala, apenas si es producto de discusión a nivel escolar, y esto, de manera muy limitada.
Lo importante, es que el tema ya no está escondido bajo la alfombra. Lo que con para el tabaco tardó cuatro décadas, con las redes sociales ha sucedido en pocos años. Mientras no haya una legislación, la responsabilidad recae en los padres y educadores.
Si el siglo XX nos enseñó a limitar los espacios para fumar y que el tabaco asesina, en este siglo XXI debemos aprender a establecer “espacios libres de algoritmos”, sobre todo, para nuestros hijos y nietos.