Allá por los años 60´del siglo pasado, Hollywood lanzó una película titulada “El mundo está loco, loco, loco, loco...”. Por cierto, en aquella lejana época –en la que, por supuesto, yo era muy pequeño–, un largometraje podía tardar meses o años en llegar a las salas de cine de nuestros países. Hoy es simultáneo. De todas maneras, es seguro que las nuevas generaciones no sepan de este filme, del que únicamente quiero tomar su nombre como referencia.
Hoy en día sabemos, porque se ha comprobado plenamente, que las redes sociales son adictivas –por el famoso algoritmo– y una fuente dinámica y permanente de desinformación. Cuando parecía que era suficiente cargar con las “fake news” y el mundo irreal que pueden llegar a construir, vino entonces un nuevo “éxito” de la “era tecnológica”: la inteligencia artificial, esa que puede ayudar en diversos aspectos a la humanidad, pero, como sucede con muchas medicinas, provoca “efectos secundarios” que, a veces, son peor que la enfermedad misma.
Por lo que se ha visto hasta ahora, las IA en el mercado –entre las que destacan ChatGPT, Gemini, Claude y DeepSeek, entre otras– tienen la capacidad de provocar aceleraciones científicas y médicas, optimizar la productividad y son capaces de funcionar como herramientas trabajo en casi todas las áreas.
En educación, aunque pueden ser de ayuda, han demostrado, hasta la fecha, que provocan una baja en la calidad educativa de los jóvenes, como lo muestra el último informe PISA, la institución que mide el nivel de educación global.
Pero hay algo más complicado. Expertos alertan sobre graves peligros. El más inmediato y fuerte será una explosión gigantesca de desempleo, el cual ha principiado ya en las gigantes estadounidenses como Microsoft, Amazon, Oracle, Meta, Snap y General Motors.
A principios de 2026 se hablaba del “peligro” de desempleo que traerían las IA. Hoy, es una realidad que pronto se sentirá en prácticamente todos los países latinoamericanos, en menor o mayor medida.En febrero pasado, en el Foro Económico Mundial de Davos, se destacó que la IA viene a agravar el gigantesco problema existente de la desinformación.
Ahora, cualquier “fake news” –esas que mienten y/o engañan– puede ser retocada de manera que parezca real y manipule a más gente. Es decir, la IA puede aumentar credibilidad de lo falso.
Un peligro mayúsculo para la sociedad y, en particular, para la democracia, como ya se ha visto en recientes procesos electorales y pronto su abuso será más aprovechado con fines aviesos.
Su impacto se hace sentir –y subirá de tono– en el debilitamiento de la información auténtica y periodística, el debate político, y los ataques sin fundamento a personajes políticos, sociales o actores importantes de la vida nacional.
Finalmente, mientras el desempleo afectará a millones de personas por todo el planeta, la concentración de poder económicos se centrará en ese oligopolio tecnológico que se está creando y que causará una erosión muy grande en el tejido social y en la democracia misma.
Por último, entre lo más destacado, está el daño ambiental que produce su exagerado consumo de agua, con su consiguiente daño ecológico. Visto de manera sencilla se podría decir que lo vital ahora es detener a la IA. Sin embargo, como sucedió con la Revolución Industrial entre el siglo XIX y principios del XX, eso es ya imposible. El problema de esta “Revolución de la IA”, es que su progreso es demasiado acelerado y no hay tiempo para adaptarse.
Ya las voces de alerta empiezan a escucharse, pero no parecen con la fuerza necesaria para iniciar un movimiento de contrapeso.
Recordemos que las redes sociales, aliadas en muchos sentidos de las IA, están creando un mundo polarizado, en donde el poder radica en quien utiliza mejor esa enorme, efectiva y veloz desinformación... que por cierto son, igualmente, gigantes tecnológicos que se alimentan unos a otros y están destinados a ser parte de los grupos más poderosos e influyentes en el futuro inmediato.
La buena noticia es que OpenAI, la propietaria de ChatGPT, ha reconocido que gran parte de las críticas y alarmas tienen fundamento y que se debe desacelerar el desarrollo de las IA, mientras se logran acuerdos éticos y de control a nivel global.
Esta postura es más valiosa de lo que nos imaginamos, pues en la práctica, se ha demostrado que la reacción de los gobiernos, organismos internacionales, sociedades y otros que debieran proteger los derechos de las personas, reaccionan más bien tarde, mal o nunca.
Las guerras –militares y comerciales–, autoritarismos, choques diplomáticos, destrucción de la justicia internacional, confrontación entre países que antes fueron aliados, polarización ideológica y la lucha de bloques de naciones, son parte de la realidad compleja del mundo ultramoderno, este mundo que está “loco, loco, loco, loco...”Los cambios y controles para frenar el avance de las IA pueden venir, pero ¡ojalá!, lleguen a tiempo y permitan que se aprovechen sus beneficios y se controlen sus daños y abusos.