2026: el año de la prueba

El nuevo año no llega como un festejo pleno. Se nos presenta como suelen llegar las verdades incómodas: de frente, con cautela y con la sospecha de que todo puede torcerse otra vez si nos descuidamos. Y, aun así, llega

  • Actualizado: 05 de enero de 2026 a las 00:00

El nuevo año no llega como un festejo pleno. Se nos presenta como suelen llegar las verdades incómodas: de frente, con cautela y con la sospecha de que todo puede torcerse otra vez si nos descuidamos. Y, aun así, llega. En un país como Honduras, que ha aprendido a sobrevivir a la intemperie, que el año comience ya es una forma mínima -pero real- de esperanza.No hablamos de la ilusión repetida de los discursos oficiales, esos que el tiempo se encarga de desmentir. Hablamos de una esperanza áspera y vigilante. De la expectativa de salir del subdesarrollo convertido en rutina: hambre normalizada en estadísticas, migración forzada, violencia heredada y una democracia electoral frágil que, a veces, se disfraza de institucionalidad.

Honduras no necesita redentores; ya tuvo demasiados. Necesita romper el ciclo de la obediencia ciega y la resignación. Comprender que la democracia no es un favor que concede el poder, sino una tensión permanente frente a él. Que no se agota en el voto, sino que se vigila, se exige y se defiende todos los días.

El 2026 puede ser una promesa, sí, pero solo si se le arranca al cinismo, a los pactos de impunidad y a la política convertida en espectáculo. No una promesa de milagros, sino de pasos firmes: menos abuso, menos mentira; más justicia que propaganda, más dignidad que miedo.

Porque salir del subdesarrollo no es solo una tarea económica; es una tarea moral. Implica desmantelar la cultura del “así es Honduras” y del “no se puede hacer nada”. Entender que la pobreza no es natural, que la violencia no es inevitable y que la migración no es destino.

Honduras merece instituciones que funcionen, elecciones que cuenten y palabras que no mientan. Urge un nuevo año que se abra como esperanza, pero no ingenua: una esperanza consciente y organizada. Que entienda que sacar al país adelante no es tarea exclusiva de un gobierno, sino de una ciudadanía que aprendió que el poder sin vigilancia degenera y que el silencio nunca ha sido neutral.

El 2026 no es una fiesta ni una indulgencia colectiva. Es una prueba. La corrupción sigue siendo una cultura enquistada y la impunidad, una arquitectura persistente. Pretender que un solo gobierno lo resuelva todo sería ingenuo; pero negarle responsabilidad es irresponsable.

Con un nuevo año empieza lo más difícil: demostrar qué estamos dispuestos a hacer con él. Y esta vez, Honduras no puede permitirse otro periodo de excusas, sino demostrar que el rumbo del país no se definirá por lo que se anuncie, sino por lo que se cumpla.

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