El país y la comunidad periodística y universitaria están de luto. Honduras ha perdido a un hombre íntegro, a un caballero respetable cuya vida estuvo marcada por la vocación de enseñar, comunicar y formar criterio.
René Orlando Gavarrete no fue solo un periodista con amplia trayectoria o un catedrático universitario comprometido; fue, ante todo, un maestro en el sentido más profundo de la palabra. Durante décadas, su voz acompañó a generaciones de estudiantes que llegaban por primera vez a las aulas universitarias con más dudas que certezas.
En esas clases iniciales, donde se forman los cimientos del oficio periodístico, René Gavarrete lograba algo poco común: despertar respeto por la noticia, amor por la redacción y conciencia ética sobre el poder de la palabra.
Su forma de hablar serena, firme y apasionada transmitía la idea de que el periodismo no era solo una profesión, sino una responsabilidad con la sociedad. Su experiencia en los medios de comunicación le permitió liderar equipos, editar contenidos y guiar procesos con una mezcla equilibrada de exigencia y humanidad.
Quienes trabajaron con él coinciden en que tenía un don especial para confiar en las personas, para ver potencial donde otros solo veían inexperiencia. A muchos les dio la primera oportunidad, y a todos les exigió lo mejor. Con orgullo sincero, solía decir que su equipo era el mejor, no por vanidad, sino porque creía en la excelencia como una construcción colectiva.
En el aula, su enseñanza iba más allá de la teoría. Vinculaba la realidad del país con el ejercicio periodístico cotidiano y recordaba, una y otra vez, que detrás de cada historia hay personas, contextos y consecuencias. Para quienes tuvieron la fortuna de recibir clases con él, esa mirada dejó una huella duradera: la convicción de que informar también es un acto humano.
En lo personal, fue un padre y esposo dedicado, un hombre que supo equilibrar la vida familiar con el compromiso profesional. Esa coherencia entre lo que enseñaba y lo que vivía reforzaba su autoridad moral y su credibilidad como formador.
Honduras ha perdido a un gran ser humano, pero su legado permanece. Vive en las aulas que ayudó a construir, en las redacciones que formó y, sobre todo, en las semillas que sembró en una generación de periodistas y comunicadores que hoy ejercen con criterio, ética y pasión. Porque los verdaderos maestros no se van del todo, continúan hablando a través de quienes aprendieron a escucharle.