Escrito por: Eily Judith Morales
Hoy en día los apellidos pueden definir si se te abrirán puertas más fácil que a otros, o si te tocará esforzarte un poco más. El “poder” que tiene su mención puede lograr que te atiendan más rápido en un restaurante, que te traten mejor en un vuelo, o incluso que tengas más apoyo en tus negocios.
Ante los ojos de Dios, ciertamente todos somos iguales y no hay familia que haga mejor o peor a una persona, pero en muchas ocasiones estos apellidos menos “comunes” que otros, pueden producir efectos impensados.
En las redes sociales, en una reunión con amistades, familiares, en las oficinas corporativas es común observar cómo se resalta con orgullo un apellido extranjero a la hora de presentarse, mientras se intenta ocultar u omitir uno criollo, incluso hay quien ubica el foráneo primero, desplazando al que de verdad ocupa ese lugar. Esto se hace aunque a veces coexista con historias de ausencia y tragedias de abandono que rara vez se cuentan.
Podría ser como la historia de Juan K. un joven que creció en Honduras con el nombre que le heredó su madre, pues su padre (un ciudadano europeo) nunca le reconoció civilmente, y más bien les abandonó. Este individuo no estuvo presente ni en su infancia ni en su adolescencia, tampoco compartió cumpleaños, apoyo económico ni acompañamiento emocional.
Fueron sus abuelos maternos y su madre quienes sostuvieron su vida, siendo ella quien trabajó por años para brindarle educación y oportunidades, siempre con enormes sacrificios, Juan K. pudo estudiar en una universidad privada, en la que otros compañeros presumían viajes, herencias o conexiones familiares ligadas a su origen foráneo. Era él quien tenía una historia distinta: la de un joven formado por el esfuerzo de una familia hondureña trabajadora.
Sin embargo, un día todo cambió pues Juan K. iba a convertirse en padre. Feliz por su primogénito, Juan quiso que ese primer hijo naciera con el apellido extranjero que él no había podido disfrutar y rastreó a su padre biológico para modificar legalmente suapellido, lo cual consiguió no sin mucho insistir: su hijo podría nacer portando ese apellido europeo que durante tanto tiempo observó desde lejos.
Pero Juan K. no calculó que a partir de entonces cada vez que necesitara hacer un trámite, adquirir un bien y hasta lograr su título universitario, debería probar con un documento legal de que su nombre con el nuevo apellido era la misma persona con la cual él se identificaba en sus documentos.
¿Por qué un apellido extranjero sigue teniendo tanto peso, admiración, y “respeto” simbólico en Honduras? La respuesta probablemente está ligada a nuestra propia historia social durante décadas: lo europeo o norteamericano ha sido asociado con estatus, prestigio y poder económico.
En un país profundamente desigual, el nombre de la familia funciona como una especie de “escalón para ascenso social” que puede no solo provocar admiración automática entre la población local, sino también abrir espacios que otros tardan en conquistar después de años de esfuerzo.
La historia de Juan K no habla por ello únicamente de un cambio legal. Nos habla también de crisis de identidad, del deseo humano de pertenecer a una realidad alternativa que brinda una seguridad ficticia.
Ningún apellido, por exótico que suene al oído, puede valer más que la presencia, el amor y la responsabilidad reales y tangibles, ni más que el esfuerzo de quien verdaderamente estuvo allí tendiendo una mano. Y es que si tu apellido no es común, será siempre su historia la que lo haga trascendente.