Los años que aprendí a sobrevivir (II)

Cuando uno es joven no piensa que está viviendo momentos que algún día se convertirán en recuerdos.

  • Actualizado: 01 de noviembre de 2026 a las 10:01

Hay recuerdos de mi infancia que todavía me dan vergüenza. Una vez me quedé sin zapatos. No tenía que ponerme y fui donde mi padre a robarle un par que él tenía. Me los llevé. Pero unos tres días después regresé y se los fui a tirar a la puerta de su casa.—Ahí están esos zapatos, viejo basura —le grité.Hoy puedo decirlo con sinceridad: aquella escena no me hace sentir orgullo. Lo único que me dejó fue pena. Porque uno puede culpar a la pobreza, a la calle, a los amigos, al alcohol o a las circunstancias. Pero llega un momento en la vida en que tiene que mirarse al espejo y reconocer también sus propios errores.Yo fui ese cipote.Fui el muchacho que anduvo perdido, que conoció demasiado pronto la violencia, que vio morir a compañeros, que se equivocó y que muchas veces hizo cosas de las que después tuvo que arrepentirse.Pero también fui ese muchacho que, de alguna manera, sobrevivió. Y quizá por eso, cuando hoy miro hacia atrás, no quiero borrar aquella parte de mi historia. Quiero entenderla. Porque antes de ser quien soy, fui aquel cipote de dieciséis años que aprendió a soldar, a trabajar, a defenderse en la calle y, sobre todo, a sobrevivir.

Los personajes de aquella épocaEn aquellos años también conocí a muchos personajes que todavía recuerdo por sus nombres, sus apodos y, sobre todo, por la forma de ser que tenía cada uno.

Estaba Mario Edgardo Moreno, Mario “el perrero” hijo de don Mario y doña Aurora, una familia de mucho carácter. También conocí a José Adalberto, “iki” hijo de doña Liliana Zúñiga, y a sus primos José Conrado y José Antonio, a quien le decían “El Sapo”. No era porque fuera lengón, como alguien podría imaginarse. El apodo tenía otra razón: cuando se enojaba se inflaba, se ponía como un sapo.Estaba también José Aguinaldo, “El Papas Grande”; Luis, “El Enano”; Yobani, “El Vato”; El Caracol; El Chileno; El Chepe; Chema; Javier, “El Marciano”; Walter, “El Muerto”; Germán, “El Terminador”. Cada uno tenía su propia historia y su propia manera de hacerse notar en aquel mundo de muchachos donde los apodos terminaban siendo casi como el nombre verdadero.

El Terminador porque era un joven muy delgado que fumaba muchísimo. Con el tiempo, su cuerpo se fue deteriorando y terminó muriendo, según recuerdo, por tanto, fumar. Era tan flaco que algunos también le decían “el hombre del futuro”, y así quedó en mi memoria: aquel muchacho delgado, siempre con un cigarro, caminando entre nosotros como uno más de aquella generación.

Cuando uno es joven no piensa que está viviendo momentos que algún día se convertirán en recuerdos. Para nosotros aquello era simplemente la vida. Éramos los cipotes de la colonia, los que nos conocíamos por los apodos, los que nos encontrábamos en las esquinas, los que reíamos, peleábamos, tomábamos y, muchas veces, no sabíamos qué iba a ser de nosotros al día siguiente.

Con los años comprendí que aquellos nombres no eran solamente una lista de apodos. Detrás de cada uno había una vida, una familia, una historia y, en algunos casos, un final que llegó demasiado pronto.Muchos de aquellos muchachos se quedaron atrás, atrapados en aquella época. Otros logramos seguir caminando.Y cuando regreso con la memoria a aquellos años, vuelven también sus rostros, sus voces y sus apodos.Porque hay personas que uno olvida con el tiempo, pero hay otras que se quedan viviendo para siempre en algún rincón de la memoria.

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