Por Steven Erlanger / The New York Times
Al necesitar el apoyo de Estados Unidos para defenderse de Rusia en Ucrania, los líderes europeos han sido cautos a la hora de criticar al presidente Trump sobre Groenlandia, Irán, Venezuela y otros temas.
Tenía toda la pinta de ser una de las reuniones trasatlánticas más incómodas en mucho tiempo.
En privado, se dice que los líderes europeos están enfadados, e incluso sienten pánico ante las nuevas amenazas del presidente Donald Trump de arrebatar Groenlandia a Dinamarca, aliada de la OTAN, tras su intervención militar en Venezuela. Pero necesitan que Estados Unidos garantice una seguridad creíble para una Ucrania después de la guerra frente a cualquier nueva agresión de Rusia, un interés estratégico vital para Europa.
Con este telón de fondo, los dirigentes europeos se reunieron el martes en París con altos negociadores estadounidenses para debatir cómo garantizar un acuerdo de paz en Ucrania. Anunciaron conjuntamente avances en las garantías de seguridad para una Ucrania posguerra, pero cualquier alto al fuego parece lejano, dado que Rusia no es parte de las conversaciones.
Anteriormente, algunos de los mismos países habían emitido una declaración conjunta de solidaridad con Dinamarca, en la que pedían la seguridad colectiva de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el Ártico, incluido Estados Unidos. No contenía ninguna crítica explícita a Washington, y la reunión de Ucrania tenía por objeto mantener a bordo al gobierno de Trump.
Incluso con esas muestras externas de unidad europeo-estadounidense, lo que subyace a todo es el repentino retorno de Trump a una era más imperialista. Los europeos que consideran la intervención estadounidense en Venezuela una violación del derecho internacional ven a un Trump recién empoderado y cautivado por la acción militar, que él comparó con ver un programa de televisión. Da la impresión de ser una fuerza en gran medida impredecible, capaz de causar enormes trastornos —en la OTAN, en Ucrania, en Irán, en Gaza— mientras su mirada oscila de una recompensa imaginaria a otra.
Tras la reunión sobre Ucrania, cuando se le preguntó por Groenlandia y Venezuela al lado de los enviados estadounidenses, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, declinó responder, calificándolas de “no relacionadas realmente con los asuntos de hoy”. Más tarde dijo a la televisión francesa: “no puedo imaginar una situación en la que los Estados Unidos de América se vean en la posición de violar la soberanía danesa”.
En su mayor parte, los dirigentes europeos han dicho poco, al hacer declaraciones colectivas que evitan criticar a su aliado más importante y ahora más disruptivo, Estados Unidos.
Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, un laboratorio de ideas dijo: “existe una enorme brecha entre las reacciones públicas y privadas de los dirigentes europeos”.
“En privado, tienen pánico a lo que pueda ocurrir a continuación, especialmente en Groenlandia, y a lo que podrían hacer al respecto”, añadió. “Pero públicamente sobre Venezuela, están desesperados por no decir nada crítico o invocar el derecho internacional sobre Trump en un momento de máximo peligro para Ucrania. Quieren utilizar la influencia que tienen en favor de Ucrania”.
La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, ha sido tajante al decir a Washington que se aparte. Un movimiento sobre Groenlandia y Dinamarca, ha dicho, acabará con la OTAN. “Si Estados Unidos decidiera atacar a otro país de la OTAN, todo llegaría a su fin”, declaró Frederiksen a una emisora danesa el lunes. Eso incluiría, añadió, el fin de “la seguridad que se ha proporcionado desde el final de la Segunda Guerra Mundial”.
En Dinamarca sigue existiendo la creencia generalizada de que Trump está aumentando la presión como táctica de negociación, pero que no utilizaría la fuerza contra un aliado de la OTAN dispuesto a colaborar con él tanto en mejoras de la seguridad como en oportunidades de negocio.
En comparación, las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela han sido “horribles durante décadas”, dijo Mikkel Runge Olesen, del Instituto Danés de Estudios Internacionales, una organización de investigación de Copenhague. “Ir a invadir a un aliado de la OTAN es un juego completamente distinto”, con considerables costos que se desconocen, añadió. La presión de Washington continuará, predijo, pero “no veo la invasión militar como la herramienta más probable que Estados Unidos vaya a utilizar”.
Pero nadie lo sabe realmente, sobre todo después de que Trump dijera a los periodistas, aparentemente en tono de broma, que la cuestión se resolvería en 20 días.
Europa colectivamente, a través de la Unión Europea, ha estado dividida en su respuesta. En cuanto a Venezuela, ha pedido que se vigile la situación y que haya una transición democrática. Ha reiterado su apoyo a la integridad territorial de Groenlandia y Dinamarca y ha dicho que cualquier cambio debe ser decidido por los propios ciudadanos. Pero hasta ahora no ha amenazado con tomar ninguna medida si Trump actúa.
Existe confusión y ansiedad en todo el mundo acerca de hacia dónde se dirige Trump, quien prometió reducir la participación estadounidense en guerras en el extranjero, cuando solo ha transcurrido un año de su actual mandato. Sembrar esa confusión puede caracterizarse incluso como una estrategia estadounidense, dijo Leonard.
“Les gusta mantener a la gente en la incertidumbre”, dijo.
Sin embargo, parece haber un principio organizador, dijo Nathalie Tocci, directora del Instituto de Asuntos Internacionales, un laboratorio de ideas con sede en Italia. “La política exterior estadounidense actual es imperial, y sistemáticamente imperial”, dijo. “No persigue simplemente un imperio estadounidense en el hemisferio occidental, sino que Trump acepta la noción misma de imperio, por lo que pueden existir otros imperios”.
Esa visión del mundo permite no solo un imperio estadounidense, sino también los rusos y chinos, dijo. Pueden gestionar sus propias regiones como consideren oportuno, “y pueden coexistir sin pisarse mutuamente” o incluso optar por cooperar, dijo Tocci. “Ciertamente”, añadió, “es más cómodo para Putin y Xi Jinping ser sus seres imperiales allí donde esa es la nueva norma”.
Resulta extremadamente incómodo para los europeos, quienes hace tiempo abandonaron la construcción de imperios, verse atrapados entre Estados Unidos y Rusia.
François Heisbourg, analista de defensa francés, dijo que la política exterior de Trump era “muy coherente, pero extremadamente peligrosa”. Trump, señaló, “hace lo que dice”, ya con la confrontación con Frederiksen por Groenlandia en 2019.
“Es un mundo de poder, de correlación de fuerzas, y los europeos aún no lo han asumido”, añadió Heisbourg.
Por lo general, los líderes europeos han aceptado las exigencias de Trump en su último mandato, por ejemplo, al elegir no ir tras las empresas tecnológicas estadounidenses en la primera ronda de negociaciones arancelarias. Heisbourg, al referirse a un documento del gobierno de Trump publicado el mes pasado que retrataba a los europeos como débiles y en declive, dijo: “Nos tomaron la medida, y esa medida se describió en la Estrategia de Seguridad Nacional con cierta exactitud, desafortunadamente”.
Del mismo modo, Europa desaprovechó en diciembre un momento importante para demostrar tanto a Moscú como a Washington que estaba dispuesta a ayudar agresivamente a Ucrania, negándose a utilizar los activos rusos congelados y comprometiéndose, en cambio, a un préstamo colectivo mucho menor.
Algunos, como Bruno Maçães, exsecretario de Estado portugués para Asuntos Europeos, han llamado de manera abierta a la Unión Europea a preparar una posible contraofensiva en caso de que Trump actúe en Groenlandia, incluidas sanciones a empresas estadounidenses, la expulsión de personal militar estadounidense y restricciones a los viajes de estadounidenses a Europa. Raphaël Glucksmann, diputado francés del Parlamento Europeo, ha sugerido establecer una base militar europea en Groenlandia, como señal a Washington y compromiso con la seguridad de la isla.
Amanda Sloat, ex funcionaria de seguridad nacional del gobierno de Biden, dijo que los líderes mundiales deberían tomar nota de lo que está detrás del interés de Trump por Venezuela cuando respondan a su amenaza de Groenlandia. Trump dijo que Venezuela estaba relacionada con las drogas, pero ahora habla sobre todo de apoderarse de la industria petrolera, señaló.
Del mismo modo, dijo, Trump habla de Groenlandia en términos de seguridad, algo que los daneses y groenlandeses comprenden. “Estarían abiertos a una mayor presencia estadounidense en Groenlandia”, dijo. “Pero, ¿la verdadera motivación está relacionada con sacar provecho de los minerales raros que hay allí, o es solo caer en lo de la doctrina Monroe de que Estados Unidos amplíe su poder regional?”.
Los europeos y otros siguen intentando meter a Trump en una caja estratégica conocida, pero en un segundo mandato, “deberíamos haber comprendido que no entra en una caja”, dijo Claudia Major, experta en defensa de la German Marshall Fund de Berlín. “Parece dispuesto a hacer lo que dice, pero ¿qué y cuándo? Los europeos siguen intentando encontrarle sentido cuando no hay mucha coherencia”.
Major señaló que los europeos comprenden cada vez mejor que “Trump actúa en algunos ámbitos de forma antagónica” y que el orden liberal basado en normas está hecho trizas. “Pero”, añadió, “dada su dependencia en materia de seguridad, los europeos sienten que no pueden alzar la voz ni decir lo que piensan. No podemos permitírnoslo”.
Amelia Nierenberg colaboró con reportería.
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