Tegucigalpa, Honduras
El camino recorrido por doña Ángela Adolfina Álvarez, de 67 años de edad, no ha sido nada fácil, pues desde muy joven vivió rodeada de muchas limitaciones al procrear nueve hijos, cuatro de ellos con discapacidad visual.
Pero lejos de ver esta prueba como una carga, doña Ángela, originaria del municipio de Soledad, El Paraíso, admite con orgullo que aunque le ha tocado vivir muchas dificultades con ellos, sin embargo, la mayor recompensa que Dios le pudo dar es el legado que Juan Pablo, Ramón, Juana y Wilson dejarán a las futuras generaciones de su familia.
“El doctor me dijo: lo que Dios no les dio a mis hijos en su vista se los dio en inteligencia”, recuerda la progenitora.
Al no tener acceso ni las condiciones para que ellos recibieran educación especial en su pueblo natal, los trasladó a Tegucigalpa para que iniciaran su formación académica en la Escuela para Ciegos Pilar Salinas.
Y aunque asegura que al principio fue muy duro separarse de ellos, hoy en día agradece a Dios por esa oportunidad: “Fue muy duro ver que cuando ellos comenzaron a caminar tenían problemas en su vista, en mi pueblo no había transporte ni médicos, pero me encontré uno muy bueno que me habló sobre la escuela de ciegos y que miraba la inteligencia de ellos y la pobreza mía, entonces decidió ayudarme para ponerlos a estudiar”, relata la madre.
En su búsqueda de oportunidades para sus hijos, se mantuvo separada de ellos mientras realizaban sus estudios ya que su presupuesto solo le permitía viajar una vez al mes para visitarlos.
¿Cómo fue su niñez?
Pese a esta discapacidad congénita, su hijo Ramón López confiesa que fue una etapa muy bonita mientras convivían con personas sin discapacidad y curiosamente su etapa dura fue adaptarse a un nuevo entorno lejos de su familia y con personas que poseen la misma discapacidad visual que ellos.
“Nuestra niñez fue bonita porque en el pueblo todo mundo nos cuidaba y aprendimos a relacionarnos sin ningún problema, lo duro fue estar en un lugar tan grande, lejos de casa y con personas así como nosotros”, expresó.
Pero en la vida de doña ángela no todo es oscuridad, cada uno de ellos ya formó su propio hogar y son profesionales universitarios.
Juan Pablo López, el mayor de sus hijos no videntes, es promotor social, tiene un programa radial los domingos con enfoque en prevención social y trabaja en la Secretaría de Derechos Humanos, Justicia, Gobernación y Descentralización.
Ramón, el segundo de ellos, es periodista y labora para el canal CHTV como presentador del programa “Denuncias de la gente”.
Juana, la única mujer entre ellos, también se inclinó por el periodismo y actualmente tiene un programa en Cadena Radial Samaritana mientras que Wilson, el menor de sus hijos, figura en los medios de comunicación como presentador del canal Waldivisión, es pastor y músico cristiano, así como licenciado en comunicación.
Una madre guerrera apasionada por la ley y el amor a sus hijos
En la oficina o en la calle luce un impecable uniforme con tres soles en los hombros, insignias que porta con orgullo y que la identifican como comisionada de la Policía Nacional.
Sin embargo, cuando llega a su hogar se pone el overol de madre y acaricia lo que más ama en su vida: sus dos hijos. Ella es Doris Andrea Flores Cárdenas, de 56 años, originaria de Nacaome, Valle, la primera mujer oficial que egresó del Instituto Tecnológico Policial (ITP) con el grado de subinspectora con calificaciones sobresalientes.
La humilde mujer se casó a la edad de 32 años cuando era inspectora. Un año después salió embarazada de su primer hijo, José Antonio Fiallos Flores, actualmente de 23 años, y luego Adolfo José Fiallos Flores, hoy con 21 años, a quienes considera “el amor” de su vida.
“Lo más lindo ha sido ver que mis hijos han recibido sus diplomas en las diferentes etapas de la vida escolar”, dijo.
Comentó que ver que sus dos hijos cursan estudios superiores, uno en la carrera de medicina y el otro en ingeniería, le satisface y le hace sentirse una “orgullosa madre”.
No es fácil ser madre y ser policía, es muy difícil, pero sí vale la pena ser madre, manifestó. “Mis dos hijos son la mejor bendición que Dios me ha dado”, comentó.
El amor de una madre quebranta todos los estereotipos
“Una mujer en un mundo de hombres” es la frase perfecta para describir el trabajo que hace Ligia Elena Espinoza, una madre soltera de 30 años que se gana la vida lavando autos desde hace diez años.
Todos los días esta madre ejemplar se levanta muy temprano, se pone sus botas de hule y sale a enfrentar el mundo como una guerrera.
Ligia quedó embarazada siendo muy joven, hoy su hijo tiene 15 años. “Yo inicié a trabajar en un car wash cuando a mi mamá la despidieron del trabajo y necesitábamos cómo mover la plata. Mi primera opción fue ir al mercado a trabajar, pero con lo que ganaba no era suficiente, entonces decidí buscar otro empleo”, dijo esta madre luchadora.
“Junto a un amigo vine a buscar trabajo aquí y gracias a Dios el dueño me dio la oportunidad, esto hace 10 años”, narró con nostalgia.
Espinoza es la única fuente de ingreso para su familia, conformada por su madre, hijo y una sobrina; esta última es a quien cría y cuida desde que era una bebé de tan solo dos años.
Al tocar el tema de su madre, sus ojos se enrojecieron. Su mirada se volvió tierna, pero al mismo tiempo pesarosa, su voz comenzó a entrecortarse y dijo: “Mi madre significa mucho para mí, es mi inspiración, por ella y mis hijos trabajo lavando autos”.
Y así, entre el lodo y jornadas extenuantes de trabajo, sus ganas de luchar por su seres amados pesan más que su vanidad de mujer.
Una madre que ha luchado por casi 60 años en los mercados
“¿Qué desea? Pregunte”, son las palabras con que Emilia López Zelaya, de 97 años, conquista a sus clientes. Ella es madre de dos hijas y es la vendedora más longeva del mercado San Isidro de Comayagüela.
Cabello corto, ojos rasgados por casi un siglo de vida, piel arrugada que muestra el recorrido de su vida y un carisma como solo ella lo posee, así es doña Emilia, considerada y nombrada por todos como la mamá de los vendedores.
Su puesto se ubica en una de las esquinas de los pasillos que parecen laberintos en la plaza de ventas, que alberga productos curiosos. “Con este negocio logré sacar adelante a mis dos hijas, a Silvia y Julieta López, desde que se murió mi esposo cuando yo tenía 40 años. Desde entonces me vine a trabajar”, recordó López moviendo sus manos.
Con dicho esfuerzo una se convirtió en docente y la otra en secretaria, que hoy vive en los Estados Unidos.
Al consultarle sobre si se volvió a acompañar luego de la muerte de su esposo, respondió que “no, me buscaban, pero eso era darle un mal ejemplo a mis hijas”, recalcó la longeva mientras acomodaba unas bolsas que contenían hierbas aromáticas.
La sonrisa detrás de sus arrugas no se puede ocultar, ella es una amante del trabajo. “Me aburro estando en mi casa, aunque no venda nada, pero tengo que estar en mi negocio”, dijo.
Migró a la capital en busca de un mejor futuro para sus hijos
Motivada por el amor a sus siete hijos y las ganas de salir adelante, a finales de los años ochenta decidió dejar las vicisitudes vividas en su natal Langue, en el departamento de Valle, para buscar un futuro mejor en la capital de Honduras.
María Elena Osorio partió junto a cinco de sus hijos y uno que cargaba en su vientre con destino a la gran ciudad, donde les esperaban un sinnúmero de obstáculos y nuevas experiencias.
Para ese entonces, la protagonista de esta historia apenas había cumplido sus 33 años.
“Yo quería educar a mis hijos y sabía que en el pueblo no iba a poder hacerlo. Llegué a Tegucigalpa y vine a vivir a la colonia Las Palmas, vivíamos en un cuartito, todos mis siete hijos y yo; pagaba 40 lempiras de alquiler al mes, comentó.
“Lo más difícil cuando llegamos era no tener dónde refugiarnos, pero una amiga que yo tenía me apoyó bastante”, rememoró.
Mi primera hija se graduó de maestra, otra es licenciada en trabajo social, dos más son enfermeras, una es ingeniera en negocios, otro es bachiller y el último está estudiando mercadotecnia.
Después de ardua lucha, las cosas comenzaron a mejorar, junto a su actual esposo emprendieron un negocio de venta de comida a inicios de los años noventa en la popular colonia Kennedy.