CHOLUTECA. La Villa de Jerez de la Frontera y mis Reales Tamarindos, Choluteca, es una ciudad hermosa, cálida, llena de gente noble y trabajadora; es una ciudad que encierra en su historia grandes momentos, que le ha dado a Honduras grandes hombres, como Dionisio de Herrera, José Cecilio del Valle y Florencio Xatruch, y que guarda en su casco histórico la esencia colonial que la convierte en un paraíso de la historia del mundo.
Y, como dice Quintín Soriano, el mejor alcalde que ha tenido esta ciudad en siglos, “a Choluteca hay que llevarla en el alma, en la sangre, en la vida misma”. Y, como quizás hubiera dicho José Cecilio del Valle, el Sabio, “Choluteca de día, cuando escribo; Choluteca de noche, cuando pienso”.
Sin embargo, no todo ha sido color de rosa en la Sultana del Sur.
Hace más de veinte años, en el barrio Campo Sol, una tragedia terrible manchó con sangre inocente su historia y dejó en el recuerdo de miles de personas los fantasmas de un asesinato brutal, despiadado y sin sentido.
CASO. Era la madrugada del seis de noviembre de mil novecientos noventa, la noche había sido fresca, el cielo estaba limpio y lleno de estrellas, y la luna brillaba, colgando de la nada, como un hermoso medallón de plata que se movía imperceptiblemente en el espacio.
El silencio era total. De vez en cuando se escuchaba el aullido lastimero de un perro y el canto viril de algún gallo y, a lo lejos, el canto triste y monótono de un pájaro solitario. El viento se había detenido y la oscuridad envolvía las calles de tierra roja por donde se paseaba la muerte.
TESTIGOS. Don Silvino dijo que él fue a buscar a doña Estela para advertirle que su esposo estaba como trastornado, que algo malo le pasaba y que estaba diciendo cosas que a él le parecían imposibles. Todo el día había pasado en su casa, y se había dedicado a afilar un guarizama, un machete de casi metro y medio de largo, en una piedra de afilar; y mientras lo afilaba, murmuraba incoherencias.
“¿Cuáles eran esas incoherencias?”, le preguntó el detective de la Dirección de Investigación Nacional, (DIN). Don Silvino respondió por enésima vez.
“Don Ramón decía que iba a cometer un desastre, que aquel machete le iba a limpiar su honor y que esas put… se las iban a pagar”.
“Y, ¿usted qué hizo?”
“Yo fui a avisarle a la señora pero no estaba; solo estaba su hija, estudiando afuera de la casa…, pero no quise decirle nada a ella”.
“¿Y por qué no le avisó a la Policía?”
Don Silvino se rascó la parte de atrás de la cabeza, miró hacia el suelo, torció un poco la boca y dijo, tras una larga pausa:
“Pues es que yo no creí que don Ramón fuera a hacer eso”.
Don Silvino se había equivocado.
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