Baja la adrenalina durante aterrizajes en aeropuerto de Palmerola

Los viajeros sienten menos preocupación cuando la aeronave hace el descenso y toca la pista en Comayagua; atrás quedaron los aplausos y las exclamaciones “¡gracias a Dios!” por tocar tierra en Toncontín. El problema es adentro de la terminal y la promesa del transporte gratuito

Los aterrizajes en el Aeropuerto Internacional de Palmerola dan más seguridad a los viajeros, no es la misma sensación de temor que Toncontín, pero se quejan ciertas limitantes adentro de la terminal.

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TEGUCIGALPA, HONDURAS.- A don Carlos no le importó dormir una noche en la ciudad de Panamá para esperar el vuelo que al día siguiente lo traería de regreso a Honduras para aterrizar, por primera vez, en el Aeropuerto Internacional de Palmerola, Comayagua.

“Antes era triste llegar a Toncontín (exaeropuerto internacional de Tegucigalpa) me daba miedo cuando el avión comenzaba a aterrizar, más si era de noche”, expresó el señor que sabía que ahora tenía que recorrer 80 kilómetros para llegar hasta su destino final, en una populosa colonia de Comayagüela.

Una aeronave, tipo Boeing 737-800, con capacidad para cerca de 200 personas con todo y tripulación, comenzó el abordaje por zonas, acomodó a sus pasajeros en las dos filas, de tres asientos cada una, las maletas pequeñas en los depósitos superiores y las de mano abajo de los asientos.

“Va repleto este avión, es un montón de gente que va para Palmerola, antes en Toncontín no los cargaban de esta manera por el peligro del aterrizaje”, recordó un rutinario viajero.

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La aeronave despegó con destino de las coordenadas XPL, las que aparecen en el ticket de vuelo como a Tegucigalpa. Así comenzó a romper las nubes blancas y frías que por momentos generaban fuerte turbulencia.

Pasada una hora y 30 minutos, aproximadamente, la voz robótica del piloto que se escuchaba en los parlantes de todo el avión anunciaba, en inglés y español, que pronto arribarían al destino y que llegarían antes de la hora prevista.

Los viajeros terminaron de tomar su refrigerio, las azafatas y azafatos, con sus carretillas de servicio, pasaron recogiendo la basura. Al instante todos ajustaron los cinturones de seguridad, le solicitaron a una joven que caminaba por el pasillo que buscara su asiento y comenzó el descenso.

La aeronave, con su pesado fuselaje, hizo un giro sobre el inmenso valle de Comayagua para colocar la cabina con dirección a la pista norte. Desde arriba se miraba la colonial Comayagua, sus cultivos y todo la línea de la carretera CA-5 Norte que se perdía por la Cuesta de la Virgen hacia Siguatepeque.

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Aterrizaje

El descenso comenzó de norte a sur, con toda normalidad. Algunas personas siguieron sus pláticas sin la angustia de qué podía pasar y otras abrieron las ventanas para curiosear lo que se veía a los costados.

En un instante el tren de aterrizaje impactó en las señales blancas de frenado en el asfalto oscuro de la pista y el estruendo de las turbinas acompañó el viaje de unos 1,000 metros hasta que se detuvo el avión.

No hubo giros extremos al momento de aproximarse a la pista y tampoco se escucharon los sonoros aplausos, aquellos que se hacían eco entre las exclamaciones: “¡gracias a Dios que aterrizamos bien!”. Ya solo eran remembranzas que durante un siglo acompañaron la historia de Toncontín.

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La aeronave se enfiló a la plataforma de estacionamiento que estaba casi vacía, se colocó en una de las siete puertas de desembarque y la gente comenzó a salir hacia los reducidos pasillos para hacer el ingreso por los controles de sanidad y migratorios.

Una extensa fila provocó las quejas de los usuarios porque el trámite duró una media hora aproximadamente. “¡Qué calor, no es posible que no haya aire acondicionado en el aeropuerto y se supone que es el más moderno de Honduras”, se quejaba una señora, ya que la temperatura era de 26 grados centígrados.

Afuera de la terminal es otra historia... “¿Sabe dónde se agarra el bus gratis que dijeron que iban a poner de aquí para Tegucigalpa?”, preguntó un cansado señor con sus maletas en mano. La pregunta fue abierta a la multitud, pero nadie supo darle una respuesta certera.

El hombre siguió preguntado y buscando la forma más cómoda para llegar a su destino, la capital. Entre los comentarios e indiferencia se perdió entre las maletas y los viajeros en busca de una respuesta y un medio de transporte.

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