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'Uno no muere cuando quiere, muere cuando puede”

La joven narradora, que considera que las escritoras hondureñas han sido encasilladas en lo erótico, habla sobre la liberación femenina, su vida y su libro de cuentos, Infinito cercano.

07.07.2012

Jessica Sánchez caminaba descalza bajo la lluvia por las calles de San Pedro Sula, hacía equilibro sobre una delgada línea de ladrillos, a cuatro metros del suelo, y en algún momento fue novia de un cura, luego recapacitó y decidió irse a vivir con él. Estas cosas pasaron cuando estudiaba Literatura en la universidad. Estas cosas eran pequeños ejercicios de libertad.

En 2009 publicó Infinito cercano, un libro de cuentos donde todas las protagonistas viven en un infierno doméstico creado por los hombres. En estos relatos, contados con la intensidad de quien confiesa experiencias dolorosas, la imaginación le da sentido a una realidad opresiva donde para la mujer las únicas formas de verdadera libertad son la locura y la muerte.

La narradora Jessica Sánchez, con pasión y sin complejos, habla en esta entrevista sobre cómo el erotismo ha encasillado a sus compañeras escritoras, el sentido de la liberación femenina, la locura y la muerte. Estas son sus palabras, dichas con la misma libertad de la muchacha que hace 15 años caminaba descalza bajo la lluvia.

¿Por qué tu libro, cuya temática central es la represión y opresión femenina, se llama Infinito cercano? El tema del análisis y la opresión de la mujer salió después, los cuentos fueron hechos desde experiencias vividas, desde lo que yo quería escribir… aunque claramente hay
una línea feminista allí porque, claro, he leído teoría, crítica feminista. Infinito cercano es por el título del último cuento, porque creo que es un conjunto de cuentos que no es como muy esperanzador, y el título contrasta con ese infinito que mediante estos cuentos no está tan lejano, sino que está allí cerca, y el último cuento se llama Infinito por esas posibilidades de acercamiento, de perdón y de solidaridad que podemos tener las mujeres aun en relaciones tan difíciles como las de madre-hija y abuela-nieta. Es un poco eso.

Durante la lectura de tu libro en algún momento identifiqué infinito con la muerte. ¿Podrías hablarnos del significado que tiene la muerte para tus personajes? La muerte es una constante en mi libro. Algunas veces la ves acercándose, otras está más oculta. El último cuento sí tiene una cuestión más vivencial.

Es sobre una mujer enferma de alzhéimer y lo duro que es ver a una persona, en este caso mi abuela, deteriorándose día con día y queriendo morir, y la muerte que no llega, entonces allí yo aprendí una lección: la gente no se muere cuando quiere, se muere cuando puede. Entonces tenés, sentís a la muerte allí, en una persona que ha pasado cinco, seis años postrada en una cama, y todo huele a muerte, y no muere físicamente, pero la muerte ya está allí y lo único que falta es ese acto final, y eso te hace pensar en qué momento el sufrimiento puede llegar a ser tanto que la muerte es una liberación, la deseás y la ansiás y no te toca.

Es en ese infinito donde está esa posibilidad de liberación. Pero también en estos cuentos, con estas mujeres, particularmente en el caso de la abuela, que lleva una vida de cárcel, de prisión, vos te preguntás qué hubiera sido mejor. Que viviera así encarcelada toda una vida, una mujer que solo salió cinco veces de su casa, que lo más que iba es al parque, ¿acaso eso no es una muerte, una pequeña muerte? Esa reflexión es este cuento.

Todos tus protagonistas son mujeres y a veces tus cuentos son tan íntimos que parecen confesiones... ¿cuánto de lo que les sucede a los personajes te ocurrió a vos? Yo creo que un escritor o escritora escribe desde lo que vive, entonces sí, algunas cosas son vivencias mías, otras, como el cuento de Margarita, son vivencias de otras compañeras. La idea de transformarlas en algo literario, en un cuento, viene porque lo que para mí fue realidad, para otra gente puede ser ficción…

Hay mujeres que no pueden terminar de leer algunos de estos cuentos porque para ellas es demasiado terrible. Por ejemplo: sobre el cuento del incesto, el de La máscara, hay quienes dicen “no puedo leerlo”, incluso me han dicho: “deberías escribir otro libro, pero menos duro, más alegre”. Sin embargo, en estos momentos autobiográficos hay también elementos de ficción, hay cosas que no son tan ciertas, porque hay un momento en que entre lo imaginario y la realidad yo no podemos hacer una escisión, porque creo que conviven diariamente.

En tu libro hay tres generaciones de mujeres, abuela-madre-nieta, todas oprimidas, todas lastimadas. ¿Realmente te parece que la sociedad hondureña sigue siendo igual de injusta con las mujeres que hace 60 años? Yo creo que se ha avanzado, que se ha logrado mucho en poco tiempo. El movimiento feminista surge de los años 80 para acá y se ha logrado muchísimo. Tal vez no es que yo así vea el mundo, es que así vi mi realidad. Te puedo hablar de estos cuentos, como dice Antonio Skármeta, con la mirada del miope, solo te puedo hablar de mi mirada, y de mi mirada corta.

Sí se ha avanzado, sin embargo, los asesinatos de mujeres se han disparado y se han disparado de una forma brutal. Ahora yo no solo la matan, le quitan los senos, le quitan la vagina, la violan, la ponen en escenas rituales, son cosas que vos decís hace 30 o 40 años no eran tan fuertes. Ha habido un movimiento de mujeres que ha logrado y que ha conquistado muchas cosas, pero la represión y la violencia ahora son más fuertes. Nos enfrentamos a contextos más complejos de lo que eran hace 20 años y eso tiene que ver con la violencia.

Lo que yo quería transmitir en estos cuentos es que, a pesar de que somos mujeres modernas, o posmodernas, y que supuestamente tenemos que estar liberadas y ser la supermujer que trabaja, que tiene una familia y si es posible tiene un amante por ahí, esa mujer, en realidad es esta mujer de los cuentos. Una mujer que trabaja, que aparentemente es superexitosa, puede llegar a su casa y sufrir violencia doméstica, puede llegar a morir en la pobreza, en la indigencia más absoluta. Una cosa es el deber ser, lo que la sociedad te dice, los aparentes logros de los que nos enorgullecemos como sociedad civilizada, y otra cosa es lo que es.

Ejemplo: lo de las cárceles. En el tiempo de Carías, Carías mataba a sus enemigos, esa es una cosa clara, pero meterles fuego a las cárceles, que tantas personas mueran quemadas, eso es como de la Edad Media. Nos pensamos en la modernidad, pero estamos con poses de la Colonia, y esa complejidad es la que quieren mostrar mis cuentos, no tanto que las mujeres son pobrecitas y están deprimidas. Ha habido avances, ha habido logros, pero hay casos como el de una promotora formada, educada, una estudiante, que te dice “tengo que dejar este diplomado porque mi marido no me da permiso”.

¿Han sido engañadas…? ¿Hemos sido engañados? Totalmente. Vivimos en un supuesto estado de democracia que no lo es, en una supuesta guerra que no estamos viviendo y que sí es. El tema es que las resistencias siempre han estado allí, de eso habla este libro, de que seguimos luchando porque las cosas cambien. Te hablaba antes del contexto, qué pasa ahora, que ahora lo denunciamos, que ahora protestamos, porque hace algún tiempo ¿una mujer se hubiera atrevido a escribir sobre estas cosas? En los mismos cuentos de María Eugenia Ramos, ¿realmente esto hubiera ocurrido a inicios del siglo pasado, que una mujer se atreviera a escribir sobre estas cosas? Estas son las resistencias que vamos haciendo y las luchas y las denuncias que vamos haciendo.

Uno de tus cuentos, Punto g, es erótico. Muchas escritoras reaccionan contra la represión escogiendo este tema para sus obras. ¿Qué relación encontrás entre feminismo, erotismo y literatura escrita por mujeres? Te lo voy a dar desde dos perspectivas. Una de las iniciadoras del erotismo en Honduras, lo que no hacía por ser mujer sino por ser ella, es Clementina Suárez. Yo al principio desconfiaba de ella, pero en la época en que ella hizo esto, durante la dictadura, cuando Carías planteaba cómo era la moral, que ella haya escrito “sexo” realmente es una ruptura con esa moral de la época. Porque de Clementina se habla mucho sobre su personalidad y poco de su obra, que si andaba en bares, que si era esto o lo otro…

Qué nos interesa eso, eso es irrelevante para mí. Pero que en esa época se haya atrevido a escribir “sexo” y haberlo declamado en el Manuel Bonilla, con Carías encima, para mí esa es una gran vertiente del erotismo, de ruptura. El otro caso es en Guatemala, durante lo duro de la represión de Ríos Montt, si no me equivoco, aparece Ana María Rodas con Poemas de la izquierda erótica, y a quién se le ocurre que la izquierda es erótica, a nadie, si la izquierda es cuadrada, y ella sale con esa rebeldía en un ambiente de represión, donde ni sus propios compañeros la apoyaban y se referían a ella como “esta loca”.

Ella se mantiene con eso, ella contaba que tres editoriales no la quisieron publicar… para mí eso es ruptura. La utilización de lo erótico ha sido una vertiente de la que nos hemos alimentado, pero la utilización de lo erótico simplemente como lo erótico, que ha sido un recurso literario muy utilizado aquí, mayormente en poesía, me parece que ha debido trabajarse más, y de alguna manera ha encasillado a las escritoras, porque ya no podés escribir siendo mujer si no es sobre lo erótico, o no podés llamar la atención si no es sobre lo erótico. Punto g es el único cuento que hay sobre ese tema en mi libro, por lo mismo, porque siento que las mujeres, después de Clementina, están encasilladas. Roberto Sosa decía una cosa con la que no estoy de acuerdo: ninguna mujer ha podido insertarse en la poesía nacional, además masculina, como Clementina, y cómo lo hizo, mediante el erotismo, mediante sus figuras eróticas. Pero yo también siento que lo hizo desde Canto a la encontrada patria y a su héroe. Y no solo se le encasilla en lo erótico, sino también como la mujer de mundo, la mujer pública, la mujer a la que le gustaban los hombres…

Y así dice en los textos: “a Clementina le gustaban los hombres, ojo con que fuera lesbiana, se vestía con estas ropas…”, y eso qué nos interesa. Yo creo que esa gran figura de Clementina hay que recuperarla desde una perspectiva mucho más sería, mucho más cercana, y que sirva para que otras mujeres escritoras puedan construirse no tanto desde su personalidad, sino desde su obra, y cómo su obra en ese contexto, el de la dictadura, rompe con esa moral, porque para mí el valor del erotismo está en cómo rompe con la moral.

¿Cómo evitar que lo erótico se convierta en algo vulgar, como en el caso de algunas de nuestras escritoras? Ese es el tema fundamental. Es el trabajo que hay que hacer. Yo siento que las mujeres escritoras, y te hablo de mujeres porque yo siento que nuestra realidad es un poco distinta, tenemos que empezar a hacer escuelas de escritura. Y no es que esté sesgada, porque cuántas mujeres había estudiando Letras cuando nosotros estudiábamos, y la mayoría de las que había era porque les interesaba dedicarse al magisterio, pero cuántas eligen voluntariamente estudiar Letras por amor a la palabra. Yo creo que una cosa fundamental para nosotras las mujeres es la lectura, leer a otras mujeres, leer a hombres y leerlos de forma seria.

O sea, cuántas compañeras han leído a Coetzee, a Doris Lessing, yo sé que algunas y que algunas escriben, y algunas han leído a Lucila Gamero, pero el reto es: ¿cuando leemos Blanco Olmedo, hacemos un análisis crítico de esa obra o nos quedamos con el tema del amor romántico? Yo siento que lo que no se ha hecho es el análisis crítico de las obras. Vos ves a Clementina, a Lucila Gamero, a Argentina Díaz Lozano, están allí, encasilladas en lo romántico, que es parte del erotismo, porque para mí el erotismo es parte de ese amor romántico que nos han vendido como lo ideal en esta sociedad y aún en la literatura.
En el cuento Infinito, la abuela, que ha sido toda su vida sumisa, se vuelve senil y empieza a irrespetar la figura del abuelo, y la narradora, orgullosa, la compara con una furia griega. Hablanos un poco de la relación que hay en este relato entre el ejercicio de la libertad de la mujer y la locura o la pérdida de la razón. Yo no creo que sea propio de las mujeres. Yo creo que la locura, el estado alterado de conciencia, en cualquier persona, te lleva a tener poder, porque realmente a una persona loca, loca, loca no sabés cómo tratarla, nuestro sistema de normalidad no está preparado para eso.

En el caso de este personaje, la locura la destapó, pero puede ser que para otros sea el ejercicio de su sexualidad. Pienso en un caso concreto que podría ser fantástico, en el caso de una mujer que se encuentra por primera vez como lesbiana y empieza a sacar todo lo que ha tenido guardado por mucho tiempo… qué sé yo… hay tanto, tanto. Yo siento que el término liberación femenina no está bien usado… porque es como si te lograras liberar de una vez, estás preso en un ataúd y te liberás para siempre, y eso no es cierto porque siempre vas con ataduras por la vida y eso es para hombres y para mujeres, porque yo soy medianamente libre, pero tampoco tan libre, porque yo no puedo hacer lo que quiero, yo no puedo acostarme con quien quiera a cada rato.

¿Qué es eso de la liberación femenina? Lo que sucede es que vamos conquistando ciertos derechos, pero siempre tenemos ataduras, porque vivimos en un mundo mixto donde tenemos compañeros, hijos, novios, compañeros, amantes, padres, etc. Yo siento que la locura es un elemento más de esa posible liberación.

Claro, cuando alguien está senil, como en el caso de la abuela, ya no tiene mucho que perder y puede soltarse y decir todo lo que ha tenido guardado durante mucho tiempo. Para mí, que he bordeado varias veces la locura, la locura es una cosa muy poderosa que además te rompe los diques, que además te traslada a otro nivel, casi de dios, porque nadie sabe cómo tratarte.

Pero también es un estigma. Si una mujer por el ejercicio de su libertad es tratada como loca, esto es una forma de reprimirla.
Yo me acuerdo que cuando estudiaba Letras yo era vista como la loca…

El pelo, la vestimenta, el personaje que era se perdonaba porque yo estaba loquita… y es eso: cuánta libertad podés ejercer realmente. Ahora, yo siento que la locura es más permitida para la mujer que para el hombre, porque el “hombre es el responsable de que la sociedad camine, de las familias”, etc. Fijate, ahora que me preguntás eso me doy cuenta, en el caso mío, en el caso de mi familia, las mujeres han logrado libertad a través de la locura. Yo tuve una tía a la que le mataron el novio, la misma familia, y a la semana se volvió loca.

Era una maestra, te estoy hablando de 1930 tal vez, y ella se desnudaba, salía a la calle y empezaba a tirarle el calzón a cualquiera y el brassiere a cualquiera.

Era una mujer súper conservadora, se enamora de un hombre y le dicen no puede andar con ese hombre y se lo matan en una semana, y entonces ella dice a la mierda, ahora le voy a dar mi sexualidad a quien putas quiera. No sé si realmente perdió la razón, lo que sí sé es que fue una forma de revelarse.

Qué hicieron, hubo un castigo, claro. El fantasma de la locura siempre nos ronda a algunas personas y algunas mujeres, porque bueno, tengo que estar loca para decir tal y tal cosa… incluso en la familia se dice es que esa se pone loca a veces, le agarra la locura.

¿Recordás el cuento La máscara, sobre una niña agredida? Hablanos un poco de esa máscara o coraza que construyen algunas mujeres. A vos, para el caso, ¿cómo te limita? Primero te digo que la del cuento soy yo. Esa máscara yo la construí durante mucho tiempo… eh… es difícil hablar de experiencia personales, por eso la literatura te da ese extrañamiento, y creo que es también una realidad de muchas mujeres que poco lo hablan, y más de muchas niñas, y cuando ves en los periódicos niñas de 11 años embarazadas… eso es incesto. Para mí la literatura fue una tabla de salvación, me salvó la vida, y no solo físicamente, sino emocionalmente, con la lectura, con esa posibilidad de trasladarte a otro mundo y, además, crear otro mundo diferente.

Esa máscara, fundamentalmente la máscara de la violencia, de la violencia sexual, física, doméstica, la he ido trabajando poco a poco; yo creo que una cosa fundamental para las mujeres es encontrar espacios de autoayuda, de apoyo psicológico, de acompañamiento con otras mujeres.

Esto es una realidad, y alguien que pasa incesto, por ejemplo, está marcada, y hay un responsable y hay muy poca sanción social.

En este sentido el truco, la magia es cómo no perder la alegría de vivir, cómo encontrar esta alegría entre tanta tristeza, cómo sobrevivir.

Yo encuentro la magia precisamente en la locura, en la literatura, en la medio locura que me dan ciertos espacios, en mis compañeros, compañeras, amigas, en esos otros mundos posibles, y también creo que en los amores. Saber y amar desde otro sitio te da esa alegría de vida, encontrar alguien que te ame, que te ame bien, los hijos, las hijas. De eso se trata, de cómo no dejás que esas cosas te venzan, destruyan todo lo positivo que podás tener.

Se oye como muy autoayuda, muy Paulo Coelho, pero se trata de cómo te agarras… te agarras de la vida, porque querés estar viva, yo quiero estar viva y feliz. Respecto a lo de la máscara, hablando del tema de literatura, siento que me ha costado mucho, que me ha costado construirme no solo como escritora, sino como feminista; estas deberían ser dos cosas aparte, pero incluso se me ataca en eventos públicos, literarios, por mi condición de feminista, cuando no tiene nada que ver una cosa con la otra. Eso es para que veás que pijeado es.

Me ha costado mucho, porque se dice que las mujeres no pueden escribir, y vos tenés que demostrar que lo podés hacer, sin embargo, para mí se trata de cuánto amás lo que hacés y para mí la literatura es mi amante, la amo, le saco horas del tiempo que no tengo, así que para mí es una relación como cuando tenés un amante, a escondidas, en la noche, es una relación totalmente pasional.