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Un caso del doctor Cruz

<p>El doctor Cruz y sus dos asistentes encuentran un nido de zompopos y resuelven un misterio.</p>
17.08.2013

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y se han omitido algunos datos a petición de las fuentes.

OLANCHO. Viajar a Olancho ha sido una experiencia agradable, a pesar de la tensión que los casos investigados provocan en las fuentes entrevistadas.

Hay momentos en que el miedo puede palparse, sin embargo, los seguidores y las seguidoras de esta sección de diario EL HERALDO en el departamento de Olancho, desean que casos criminales emblemáticos de su conocimiento no queden en la oscuridad, por lo cual, su colaboración ha sido tan espontánea como entusiasta, a pesar del temor natural y de su desconfianza inicial.

Nuestro agradecimiento sincero a los hombres y mujeres de Juticalpa que conversaron con nosotros. Periodistas, maestros, funcionarios judiciales, abogados, taxistas, choferes de bus, enfermeras, bomberos, policías penitenciarios y preventivos, privados de libertad del presidio de Juticalpa, pastores evangélicos, comerciantes del mercado, detectives de la DNIC, personal de la Fiscalía, empleados de la Defensa Pública, políticos de varios partidos y estudiantes de la carrera de Derecho de la Universidad Católica de la ciudad. Muchas gracias.

Sin su apoyo no hubiera sido posible documentar estos casos que, inevitablemente, forman parte de la historia negra del país, la historia criminal que es también parte de la historia de Honduras.

DOCTOR. Pablo desapareció de repente de su casa y, en los primeros días, parece que nadie se dio cuenta de ello, o a nadie le importó. Su pick up 22R no se encontraba por ningún lado y nadie recordaba haberlo visto el día de su desaparición.

Cuando los detectives de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) llegaron a su casa para hacer las diligencias preliminares de la investigación, se encontraron con una mujer hermosa, de ojos nerviosos y llenos de lágrimas que apenas pudo responderles el saludo. Era la esposa de Pablo.

“¿Cuándo fue la última vez que vio a su marido?”

La pregunta fue directa, como si los detectives no estuvieran allí para perder el tiempo.

“Hoy hace cuatro días. Salió de la casa y ni siquiera se despidió de mí”.

“¿Le dijo a donde iba?”

“No”.

“¿Sabía usted que haría algún viaje?”

“No”.

“¿Fue a visitar a alguien?”

“Quería vender una pistola que tenía y solo dijo que alguien la quería ver…”

“¿Le dijo quién era ese alguien?”

“No”.

“¿Usted no se lo preguntó?”

“No. Casi no me metía en sus asuntos…”

“¿Por qué?”

“Porque a él no le gustaba”.

“Se comunicó con él por teléfono en estos días?”

“No”.

“¿La llamó él?”

“No”.

“¿Y usted a él?”

La mujer no pudo más. Aquel interrogatorio se estaba convirtiendo en hostigamiento y los detectives se dieron cuenta de que estaban yendo demasiado rápido en aquel asunto.

PREGUNTA. “Por qué no denunció usted la desaparición de su marido?”

“Porque no me imaginé que estaba desaparecido. Creí que estaba de viaje y nada más…”

“¿Nada más?”

De nuevo se hizo el silencio.

¿Dónde estaba Pablo? ¿A quién fue a enseñarle la pistola que estaba vendiendo? ¿Dónde estaba su carro? ¿Por qué la esposa no denunció su desaparición? ¿Por qué no lo llamó por teléfono los tres días que estaba desaparecido? Y Pablo, ¿por qué no la llamó a ella ni una sola vez?

Los detectives iban entusiasmándose conforme se metían en el caso.

“¿Tenemos los números de teléfono?”

“Sí”.

“¿Los dos?”

“Sí, el de Pablo y el de la esposa.”

“Bien. Pidan apoyo a Tegucigalpa y que nos ayuden con el vaciado… Vamos a ver con quién se hablaban los esposos desde hace una semana…”.

ELLA. Pablo era un hombre de sesenta años, de carácter apacible, apariencia campesina, trabajador, buen vecino y envidiable esposo.

En toda una vida de trabajo acumuló una pequeña fortuna y era dueño de fincas, bodegas de granos, ganado y una que otra propiedad ganada con el sudor de su frente.

Fiel creyente en las palabras de Jehová que dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo, se casó muy enamorado con Domitila, una mujer bonita treinta años menor que él.

Pablo lo tenía todo para ser feliz. El amor sincero rejuvenece, da nuevas fuerzas y alarga la vida, y Domitila era para él como el elixir de la eterna juventud.

Pero un día la dejó sola. Salió a vender una pistola y no regresó. Domitila no imaginó jamás que Pablo le fuera infiel y que se hubiera escapado de la casa para disfrutar de alguna aventura prohibida.

Pablo no era así. Con ella tenía de sobra. Además, Pablo la amaba. Sin embargo, no se inquietó porque no regresara a su casa ese día, ni el siguiente ni el tercero.

Los hombres de Olancho son muy hombres y no hay que preguntarles nada, ni adónde van ni de dónde vienen. Son hombres y ya. Pero con la Policía en su casa las cosas cambiaban. Era muy posible que algo malo le hubiera sucedido a su esposo.

DENUNCIA. Pablo tenía familia, y esta familia se estaba preocupando por él. No verlo por tres días era demasiado extraño ya que Pablo era un hombre de costumbres invariables y no se alejaba nunca de su casa.

Toda su vida fue así y no había motivo para pensar que había cambiado de pronto su manera de ser. No. Pablo no iba a salir de la ciudad sin avisarle a nadie, y menos a su esposa. ¿Entonces? Lo más seguro era que le había pasado algo.

“¿Algo?”

El detective pareció no entender, o se hacía el sordo. La rutina embrutece.

“Sí, algo… Eso dije… Algo malo…”

“¿Cómo qué?”

“Algún accidente”.

“No hemos tenido notificación de algún accidente en estos tres días, al menos no en el que haya sucedido alguna tragedia…”

“¿Y si lo mataron?”

El detective enarcó las cejas y sus ojos abotagados por la pereza se fijaron pesadamente en los ojos indignados y desesperados del denunciante.

“¿Conoce a alguien que desee la muerte de don Pablo?”

“No, pero yo digo…”

“Déjenos a nosotros… Vamos a investigar”.

“¿Van a ocupar dinero?”

El detective abrió los ojos, separó los labios y miró hacia los lados…

LA DNIC. Los “genios” de la Policía Preventiva que dirigen la DNIC saben, con certeza absoluta, que suspendiendo a los agentes y detectives, la investigación criminal en Honduras irá de éxito en éxito cada día, que la criminalidad se reducirá de inmediato y que la mora investigativa desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos.

Además, saben que hostigar a los detectives de la DNIC es la mejor manera para obtener resultados positivos, que enseñarles a saludar a sus superiores con la mano tiesa en la frente es tan importante como la psicología criminal que enseña al investigador a elaborar perfil psicológico del criminal a partir del estudio científico de la simbología de la escena del crimen, y que enseñarles a marchar y llevarlos todas las tardes al campo de parada Marte a realizar Ejercicios de Orden Cerrado (EDOC) es más útil para la formación del detective que la leche materna para el recién nacido.

Además, saben a ciencia cierta que mantener a los policías, clases y suboficiales preventivos en postas de mala muerte, durmiendo en el suelo, comiendo lo que pueden con los sueldos de hambre que les pagan y obligándolos a patrullar noches y días eternos con las botas rotas y los uniformes remendados es la mejor forma de enfrentar al delito, ese fenómeno cobarde que tiembla ante policías desmotivados, presionados, explotados y escasamente valorados…

Aun así, los buenos policías, como los que llegó a dejar el presidente Lobo en la colonia Nueva Esperanza, se esfuerzan por hacer un buen trabajo, servir y proteger a la comunidad y esperar mejores tiempos porque la Policía se lleva en la sangre, porque la Institución se ama… Y aun así, siguen adelante. Como los detectives de Juticalpa que se imaginaron ver algo extraño en la ausencia de don Pablo.

“Vamos a vigilar a una persona. Creo que vamos a desenredar el misterio…”

La vigilancia duró algún tiempo. El primer día los detectives no sospecharon nada, a pesar de que la persona vigilada estuvo demasiado tiempo en aquella finca cercana a la de don Pablo.

Pero al segundo día empezaron a hacerse algunas preguntas. Al tercero se imaginaron algunas respuestas y, cinco días después, creyeron confirmarlas. ¿Qué hacía esa persona en esa finca todos los días? ¿A qué iba? ¿Qué intereses tenía allí? ¿Por qué se tardaba tanto con cada visita?

Los detectives, un poco inquietos, se miraban entre sí. ¿Sería posible lo que se estaban imaginando? Todo podía suceder.

“¿Qué hacemos?”

“Entrevistar a alguien que sepa a qué se debe tanta visitadera?”

“¿Y adónde vamos a encontrar a ese alguien?”

“Si es cierto lo que me imagino, ¡Dios proveerá!”

PLÁTICAS. “Mirá, el señor desapareció hace mucho tiempo…”

“Si hizo algún viaje ya hubiera regresado o, al menos, se hubiera comunicado con la esposa”.

“Y ella dice que todavía no la ha llamado por teléfono”.

“Y, a lo mejor, ella no lo llama porque tiene miedo que se enoje…”

El otro detective sonrió. Era una sonrisa indescifrable.

“Mirá, para mí que la señora Domitila tiene mucho que esconder… Esa visitadera a la finca de Luis no me la hace buena… ¿Has visto cómo es él?”

“Sí. Con el debido respeto, mil veces mejor que don Pablo”.

“Y está más que claro que entre estos dos hay algo más que simple vecindad”.

“¿Creés que ellos tienen algo que ver en la desaparición del señor?”

“No creo. Estoy seguro. ¿A qué salió don Pablo la última vez que lo vio su mujer?”

“A enseñar una pistola a un cliente…, una pistola que quería vender”.

“¿Quién podía ser el cliente?”

“No sé…”

“Pensá”.

“No sé…”

“Veamos… Don Pablo quería vender una pistola, ¿cierto?”

“Cierto”.

“¿Quién sabía de este deseo?”

“La esposa”.

“Bien…”

“¿Es posible que don Pablo ya le estorbara a la esposa y que esta estaba enamorada de Luis desde hace algún tiempo…?”

“Es posible…”

“Bien… Supongamos, solo supongamos que Luis y Domitilita sienten que ya no pueden vivir el uno sin el otro y que don Pablo estorba… Ellos están enamorados… Don Pablo quiere vender la pistola, no sé para qué porque no tenía necesidad… Domitila se lo comenta a Luis, este, que quiere a Tila solo para él, le dice que don Pablo no debe existir más, que ya no quiere compartirla, que siente celos de que don Pablo le ponga una mano encima, que se desespera porque ella duerme al lado del señor, tal vez le dijo ‘viejo’ y que la quiere solo para él y punto… Ella se siente amada, Luis tiene la virilidad de los treinta años, ella la necesidad de amor que don Pablo ya no puede satisfacer plenamente y, en fin, y para dejar de morbosear, se ponen de acuerdo en un punto sencillo: don Pablo estorba; don Pablo debe morir. Y planifican su muerte”.

“¿Cómo?”

“¿Ves que Tilita viene a diario a la finca de Luisito? ¿A qué creés que viene? ¡A hacer el amor! A ser feliz… Tilita le dice a don Pablo que Luis quiere ver la pistola, el señor viene a enseñarla y no sale vivo de aquí… ¿Estás entendiendo?”

“Lo que entiendo es que tenés más imaginación que un político”.

“Vamos a presionar a Tilita”.

“Mejor hagamos algo más lógico…”

“¿Qué?”

“Si don Pablo está muerto…”

“No lo dudés”.

“Busquemos el cuerpo”.

“¿Dónde?”

“¿Dónde pudieron enterrarlo?”

“En algún lugar que ellos conocen bien”.

“Así actúan los asesinos…”

“Entonces busquemos ayuda en Tegus…”

ZOMPOPOS. Buscar un cadáver es un trabajo cansado y azaroso. Pero hay que buscarlo.

Los detectives elaboraron un perfil geográfico a partir de la posible escena del crimen, esto es, la finca de Luis, situada a dos kilómetros de la finca de Pablo, y de allí iniciaron la búsqueda. Los primeros días fueron infructuosos hasta que encontraron a un campesino que les dijo que en cierto lugar él había visto un nido de zompopos que le pareció extraño, pero que había oído que los zompopos hacen grandes edificios de tierra. Además, los zompopos iban y venían en torno a aquel montón de tierra…

“Llévenos”.

“No tengo tiempo; voy a arriar unas reses”.

“Llévenos… La autoridad se lo dice…”

El hombre no esperó a que se lo rogaran más. Caminó una hora delante de los detectives y estos no tardaron en darse cuenta que el nido de zompopos era una tumba abierta casi a flor de tierra. Llamaron a Medicina Forense. El doctor Cruz, Walter y Alfredo, llegaron al lugar. Eran los expertos en exhumación de cadáveres del Ministerio Público.

Jorge Quan iba con ellos, buscando siempre la nota roja. No tardaron en descubrir que debajo de aquel montículo de tierra estaba el cadáver de un hombre. Tenía tres orificios de bala en la cabeza. Aunque ya no tenía ojos y aunque ya solo se le notaban los dientes en la cara hinchada y llena de gusanos, no cabía duda que se tratara de don Pablo.

“¡Vamos por la mujer! ¡Que un equipo capture al hombre! ¡Vamos!”

DOMITILA. La mujer no se inmutó cuando vio llegar a la Policía. Luis, sin embargo, se estremeció y, en su cara bonita y varonil se marcó el miedo. No opusieron resistencia al arresto. Cuando les dijeron por qué los detenían, la mujer pareció que le quitaban un peso de encima.

“¿Por qué lo mataron?”

“Porque nos queremos”.

“Y él estorbaba”.

Nadie contestó.

“Usted le dijo a sus esposo que Luis quería ver la pistola para comprársela… Su esposo fue donde Luis y este lo mató… Luego lo enterraron… Empezamos a sospechar de usted porque vimos que sus lágrimas eran de mentira, porque no se preocupó en llamar a su marido ni una sola vez y porque la vimos ir y venir de la finca de Luis casi todos los días…

Imaginamos que estaban enamorados y que quizás ustedes tuvieran mucho que ver en la desaparición de don Pablo… Hoy encontramos el cadáver, vemos que tiene tres balazos en la cabeza y venimos donde ustedes… ¿Ahora ve usted que los policías de la DNIC no somos majes como dicen?”

FINAL. Domitila y Luis están detenidos y a la espera de juicio. Dicen que lo hicieron por amor. Ahora deberán amarse con los cuerpos separados y los espíritus juntos.

La fiscalía pedirá al juez treinta años para cada uno, aunque dicen que ella merece más, por parricidio. Saldrían en libertad allá por dos mil sesenta… Y faltan muchos casos más del doctor Cruz.

NOTA. A petición expresa de “Virginia” tenemos que esperar algún tiempo para escribir el final de su trágica historia. La Fiscalía también ha solicitado un espacio de tiempo para concluir este terrible caso.

En su calidad de testigo protegido, el Ministerio Público ha cambiado el domicilio de “Virginia” y su deseo personal es esperar en Canadá el momento en que los Tribunales necesiten escuchar su testimonio.

Su miedo es comprensible y pido sinceras disculpas a quienes esperaban el desenlace de este doloroso caso.