Revistas

Un asesinato entre las rejas (1/2)

<p class=' text-justify'>Un hombre es asesinado en su propia cama. La DNIC resuelve un misterio entre los muros de la prisión.</p>
24.12.2011

MARCOS.
En el expediente del juicio contra Marcos se pueden leer las declaraciones de los testigos de la defensa que aseguraron ante el juez que conocían a Marcos desde muy niño, que supieron de la vida de horrores y privaciones a que lo sometió su padre, y que juraron que, si cometió aquel delito, solo pudo ser posible por la nefasta influencia del diablo que se metió en el cuerpo del muchacho, obligándolo a hacer algo que, como alma de Dios que era, no hubiera hecho jamás.

El juez, humano y sensible, estaba conmovido.

Tenía el enorme expediente abierto sobre su escritorio y, de vez en cuando, veía la fotografía de Marcos, todavía muy joven (acababa de cumplir los veintitrés años), con el sexto grado de escolaridad, con las manos endurecidas por los cayos que le dejó su trabajo en las milpas y con aquella mirada triste que reflejaban sus enormes ojos verdes. El juez se tomaba su tiempo para tomar una decisión que, forzosamente, tenía que afectar la vida de un hombre, para bien o para mal (por lo general era para mal). Y Marcos había cumplido veinticinco años en la cárcel apenas unos días después de que inició su juicio.

Al juez siempre le gustaba ver en persona a los acusados que atendía en su juzgado, y recordaba esa tarde que Marcos, con la cabeza baja, las esposas hundidas en sus muñecas y los ojos desesperados, lloraba en el banquillo de los acusados, y por un momento sintió que aquellas lágrimas eran tan sinceras, que podrían derretir el corazón de piedra del más duro y severo de los jueces.

EXPEDIENTE.
¿Había confesado Marcos su delito? Pues de esto nada está claro en el expediente. Las palabras de Marcos, las pocas palabras que salieron de su boca delante del juez, son confusas. Dice que él no sabe por qué lo tienen preso, que lo acusan de algo que no sabe si cometió, que él se ha dedicado a trabajar la tierra, que esa noche, la noche en que los policías lo fueron a traer a su casa, él estaba con fiebre, sudaba, a pesar del frío, y que su madre, su santa madre, le dio unos calmantes con Tatascán para que se le bajara la calentura porque a las cuatro de la mañana del día siguiente tenía que estar de pie para ir a tapiscar la milpa y, ¡ay! de él si su papá se tiraba primero de la cama, o del catre que era la cama conyugal.

¿No era medicina el Tatascán? Eso él no lo sabía. Su madre siempre lo cuidaba, es más, siempre lo protegió, y a él le conmovía que recibiera en su rostro y en su espalda los golpes salvajes de su padre, que siempre que estaba borracho, se sacaba su cólera y sus frustraciones con ellos y con sus cinco hermanas.

Él llegó a detestar a su padre, pero se arrepintió de aquel sentimiento con el que el diablo quería descarriarlo porque el pastor, el buen hermano en Cristo que siempre consolaba a su madre, sobre todo cuando quedaba sola, le había dicho que Dios mandaba a los hijos honrar a su padre y a su madre, y él era un fiel siervo del Señor.

Más.
Y Marcos declaró muchas cosas más, pero no reconoció haber cometido delito alguno. No, él no era un criminal, y aquel suplicio por el que estaba pasando era una dura prueba que le imponía el Señor para moldear su vida, para purificarlo como se purifica el oro con fuego, y él estaba resignado porque todo pasaba porque a Dios le placía que pasara. El juez no sabía qué hacer. Las preguntas directas recibían respuestas indirectas, y a veces sin sentido. ¿Qué pasaba en la mente de aquel hombre? ¿Era retrasado mental o había enloquecido en la cárcel? Su abogado defensor estaba al borde del llanto. El corazón del juez se iba formando su propia opinión. ¡Fiat iustitia et pere at mundus!

LA MADRE.
La mujer, un esqueleto vestido con piel y harapos, dijo que ese criminal le destrozó la vida desde que violó a su muchachita y la estranguló en aquel recodo arenoso del río Guayambre; y su muchachita tenía solamente nueve años. 'Hoy quería hacerse el loco para que la justicia se olvidara de él, pero que le pedía a Dios, a todos los santos del cielo, a Satanás en persona y a todos los demonios del averno que la ley castigara a semejante animal'. Si nadie escuchaba sus ruegos, ella vería la forma de convertirse en instrumento de castigo, fuera de Dios o fuera del diablo.

El juez apretaba los labios, el expediente había pasado entero ante sus ojos enrojecidos por el cansancio, el hambre y el sueño, y movía la cabeza hacia los lados, casi a punto de tomar una decisión.

Las fotografías de la niña estrangulada, de su cadáver desnudo, de la sangre que había entre sus escuálidas piernas, de su ropita desgarrada y de la rosa que adornaba la parte de atrás de su calzoncito rosado, hecho pedazos, fueron suficientes para endurecer de nuevo su corazón de juez. Además, las fotografías de la sangre que manchaba los genitales, la entrepierna, el calzoncillo y el pantalón del sospechoso eran evidencias que no podía pasar por alto jamás.

Pero por si el juez dudaba al emitir su juicio, allí estaba el informe que le envió Medicina Forense. El semen que encontraron en la vagina de la niña y entre sus piernas, era de Marcos, sin lugar a dudas, y la sangre que encontraron en los genitales del muchacho era de la niña. No había nada más que decir. El juez decidió esa misma madrugada. Treinta años en la cárcel no eran suficientes para castigar aquel delito, pero la ley no permitía más. Y condenó a Marcos a treinta años de cárcel. Lo bueno para el imputado era que, si se portaba bien, después de cumplir veintiún años de prisión, podría salir en libertad, y tomando en cuenta que era muy joven cuando los expertos de Medicina Forense le abrieron los ojos al juez, estaría en la calle a los cuarenta y cuatro años, todavía con muchas posibilidades de rehacer su vida. Eso fue lo que le dijo el juez. Pero a él no le importó. Como Galileo, cuando dijo 'Eppur si muove' (Pero se mueve), luego que los jueces lo obligaron a negar que la Tierra se movía alrededor del sol, Marcos dijo, con la cabeza baja, a media voz y con los ojos chispeantes: 'Iudicis fillium canis' (Juez, hijo de la gran p…), aunque se sobreentiende que no lo dijo en latín. Era la forma en que Marcos se quitaba la máscara.

ESCENA.
Marcos estaba sobre su cama, una cama unipersonal, de un solo colchón, vestido con su ropa del domingo, bien afeitado y sin zapatos pero con calcetines. Veinte años habían pasado y, a sus cuarenta y tres años, Marcos era un hombre nuevo. Cierto que su carácter era de cuidado, pero se justificaba aquella parte de su personalidad con la pregunta: ¿A quién no cambian veinte años de cárcel?

Había recobrado lo blanco de su piel, su cuerpo era atlético y sus ojos brillaban más, con llamas y con furia, sin embargo, aquel brillo maligno no podía salir de los muros de la prisión. La antigüedad le da derechos a un hombre en la cárcel, y él tenía su cuarto privado, una pequeña y cómoda habitación con baño, ropero, televisor y espejo, un pequeñísimo espejo. Esto era, además de su hogar, su nido de amor, ¡y había que tener más dedos en las manos para contar las enamoradas que pasaron por ahí en todo aquel tiempo! Porque hay que estar claros en que el amor nace en cualquier rincón donde palpite un corazón humano.

El problema era que Marcos era violento, grosero y hasta cruel con sus mujeres. Pero algo había en él que las esclavizaba a sus caprichos y a sus abusos.

Por supuesto, aquella conducta era censurable, y en la cárcel, nada es más valioso para el privado de libertad que la mujer. Sencillamente, porque por la mujer viven, y el código de respeto a la mujer que se impone en prisión es estricto.

La primera vez que se lo aplicaron a Marcos, le afeitaron las cejas, le colgaron una mochila llena de piedras y arena en la espalda, lo desnudaron y lo obligaron a caminar descalzo todo el día, sin comer ni beber. Era la primera advertencia. La segunda era el adiós definitivo de esta Tierra. El código se cumplía. Y Marcos calmó su temperamento.

LA CELDA.

A la hora de pasar lista, en la mañana, Marcos no salió, como hizo religiosamente los pasados siete mil trescientos días, y fueron a buscarlo a su celda. Abrir la puerta no fue problema. No estaba asegurada por dentro. Y allí estaba Marcos, vestido con la ropa del día anterior, pulcro, nítido, tendido sobre su cama. Pero algo raro había en él. Se veía pálido, extremadamente pálido, sus ojos verdes ya no brillaban, se veían helados, y estaban abiertos en un gesto de terror; su boca estaba entreabierta y sus manos estaban a los lados, como si estuvieran descansando sobre las sábanas.

El coordinador lo vio, y su primera impresión fue que Marcos dormía. La noche anterior fue agitada para él. Su nueva conquista, aquella mujer trigueña, hermosa, a pesar de sus años, de exuberantes formas y ojos color miel, de sonrisa agradable y de pocas palabras, era un volcán que difícilmente se podía apagar, y Marcos estaba enamorado.

El coordinador lo llamó por su nombre. Marcos no contestó. Se acercó a la cama, la movió con el pie, le recordó que quedar faltista en la mañana tenía un castigo y, de pronto, vio aquella cosa sobresaliendo de su sien derecha. Era negra, estaba cubierta con cinta aislante negra y tenía unas seis pulgadas de largo y una y media de diámetro. Y no tardó en reconocerla. Al ver sus ojos apagados se dio cuenta de lo que había sucedido. Se dio vuelta al oficial de la prisión y le dijo:

'Avise a la Dirección. Marcos está muerto. Lo mataron con su propio punzón. Alguien se lo empujó hasta el fondo en el sentido derecho'.

Cuando los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) llegaron a la escena del crimen, las moscas volaban sobre el cadáver.

INVESTIGACIÓN.

'¿Quién podría tener motivos para asesinar al recluso?'

La pregunta la hizo el detective a cargo del caso, dirigiéndose a sus compañeros.

'La víctima era un reo ejemplar, no daba problemas, era servicial, respetuoso con las autoridades de la penitenciaría y, además, se estaba preparando para solicitar su libertad condicional… Había cumplido las tres cuartas partes de su condena. Nadie le conocía enemigos, tenía algunas amigas especiales… ¿Por qué estaba condenado?'

'Violación y asesinato. Treinta años'.

'Y ya había cumplido un poco más de veinte años de la pena'.

'Así es'.

'¿Por qué matarlo entonces?'

'No tenía enemigos; al menos no aquí en la cárcel. ¿Entonces?'

'Estuvo con una mujer desde el viernes pasado. Según el Control de Visitas, la mujer entró a la cárcel a las tres de la tarde del viernes, y salió a las ocho de la noche del domingo. Dos reos la escucharon despedirse de Marcos, la vieron cerrar la puerta, y después no supieron nada de ella'.

'¿Tenemos un nombre?'

'Sí, Nohelia Maribel Santos Solórzano'.

'Bien. Es algo. Que el dibujante consiga información para un retrato hablado… Por cualquier cosa… ¿Tenemos el número de identidad?'

'Sí'.

'Bien. Ustedes dos vayan al Registro. Quiero datos antes del almuerzo. ¿Es todo?'.

'Es todo. Nadie más quiere hablar con nosotros. Estamos en tierra de mudos'.

'¡Omertá!'

'Así es'.

'Entonces, vámonos'.

RESULTADOS.

A las dos de la tarde, los detectives que regresaban del Registro Nacional de las Personas enseñaron las manos vacías.

'Ese nombre no existe; ni ese número de identidad'.

'¿Están seguros?'

'Sí'.

'Pero la mujer enseñó una identidad en la cárcel'.

'Falsa'.

'Tenemos el retrato hablado.'

'Tal vez sirva de algo'.

'¿Será ella la asesina?'

'Es posible'.

'¿Lo mató dormido? Dicen los reos que el punzón era el arma que cargaba siempre la víctima…

Entonces, el asesino, o asesina, lo mató con su propia arma… Creo que ingresar un punzón a la penitenciaría no es cosa fácil…'

'¡Ja, ja, ja! Si meten hasta granadas…'

'Bien. ¿Cuál es el motivo del crimen? Nadie los escuchó pelear o discutir… Se llevaban muy bien y Marcos estaba enamorado… Es más, nunca pelearon…

Quiero saber cuándo fue la primera vez que esta mujer entró o visitó la penitenciaría… Si esta mujer presentó una identidad falsa, lo hizo con un motivo especial… ¿Qué edad aparenta?'

'Entre treinta y treinta y cinco años'.

'Bien. Empecemos por el principio'.

'En el principio Dios creó los cielos y la Tierra…'

'No. En el principio, Marcos violó y asesinó a una quinceañera…'

'Era una niña, y solo tenía nueve años'.

'Ya lo sé. Solo es para que las frases rimen… Vamos a la penitenciaría... Creo que podemos encontrar algo que nos sirva en la celda...'

'¿Qué cosa?'

'Huellas digitales... Inspecciones Oculares va con nosotros...'

Continuará LA Próxima SEMANA

Tags: