SERIE 2/2
Los ojos tristes y desesperados miraban al suelo fijamente. El hombre, de pie, con el rostro pálido y desencajado, murmuraba la misma frase como un estribillo, mientras, a su alrededor, muchos pares de ojos furiosos lo miraban con ansia homicida.
Los vecinos que tuvieron el valor de entrar a la casa salieron conmovidos, unos gritando, otros maldiciendo; estos acusando, aquellos pidiendo la muerte inmediata para el criminal; unos diciendo que aquello era obra del diablo, otros que ya estábamos en los últimos tiempos, y de entre todos ellos, hubo uno que fue a su casa por una pistola que siempre mantenía cargada, ebrio de indignación y de ira, dispuesto a hacer justicia por su propia mano. Su esposa, desde la puerta del porche lo vio venir.
“¿Qué pasó? ¿Ya saben quién los mató?”
“¡Eso ni se pregunta!”
“¿Llamaron a la Policía?”
“Sí, pero yo me les voy a adelantar”.
“¿Qué pensás hacer?”
El hombre miró a su mujer con fuego en los ojos, y respondió, desde el centro de la sala, donde parecía un toro que estaba a punto de lanzar llamas por las narices:
“¿Cómo dejar vivir a una persona que le hace eso a sus propios hijos? ¡Lo voy a matar delante de todo el mundo para que sirva de escarmiento!”
La mujer dio un grito, y su voz chillona y dominante estremeció a su marido:
“¡Vos no salís de aquí con esa pistola! Es más, ya no salís de la casa. ¡Andá para el cuarto! Dejá que la Policía haga lo que tiene que hacer…
¡Ese no es asunto tuyo!”
El hombre dio dos bufidos, miró retadoramente a su mujer, que apenas sí cubría la puerta de salida, de tan menudita que era, y, tras largos segundos, en los que apretó la Taurus de nueve milímetros contra su cintura, dio media vuelta, derrotado, mientras se atrevía a decir sus últimas palabras:
“¡Alguien tiene que matar a esa basura!”
“¡Pero ese alguien no serás vos! Ve que bonito…”
El hombre se detuvo por un momento, antes de cruzar el umbral de la puerta del cuarto; detrás de él, la mujer casi se desmaya.
LA ESCENA. El enjambre de periodistas crecía conforme pasaban los minutos, la DNIC envió a sus mejores detectives de homicidios y el Ministerio Público no se quedó atrás. La noticia ya estaba en boca de todo el mundo y la indignación de toda Honduras no se hizo esperar. El fiscal dio una orden y varios policías se acercaron a Percy. Era un crimen abominable.
Adentro olía a muerte.
En una habitación, colgando del cuello por sogas que habían amarrado a una viga, y dispuestos en fila india, cerca uno del otro, estaban cuatro cadáveres inmóviles, con la cabeza tirada hacia un lado, los párpados cerrados, los brazos caídos sobre los costados y las piernas juntas.
Primero estaba la niña mayor, le seguía su hermana y después estaba el niño. Un poco más allá estaba ella, la mujer, con la lengua a punto de salírsele entre los dientes, la cabeza sobre el pecho y los ojos casi brotados. El sentimiento de indignación era más fuerte que el olor a carne podrida que ya empezaba a inundar el ambiente y la Policía tardó algún tiempo en controlar a los curiosos y a los que deseaban tomar justicia por su propia mano.
El fotógrafo de la DNIC empezó a hacer su trabajo. Una foto tras otra, hasta que agotó el tercer rollo. Cuando salió de la habitación, alguien dijo que lloraba. En la escena estaban muertos, por ahorcamiento, una madre y sus tres hijos, y eso era algo que no se había visto en Honduras, desde el doloroso caso de Sarita Bertot.
PREGUNTAS. ¿Quién podía ser el asesino? ¿Qué motivos siniestros llevaron al criminal a cometer semejante barbaridad? ¿Por dónde empezaría las investigaciones la Policía? ¿Estaba el asesino cerca? ¿Podrían hacerse a un lado las leyes del Estado para que los indignados y furiosos pudieran aplicar la ley del Talión? ¿Tenían razón los que acusaban del crimen al jefe de familia? ¿Qué había más allá de los sentimientos que revolvían las entrañas del público? ¿Repudio? ¿Odio? ¿Justicia? O, por el contrario, ¿estaban acusando a un inocente? Para muchos, todo estaba claro, y así se lo hicieron ver a los detectives:
“él los mató; él es el asesino. Todos los días peleaban y la mujer siempre terminaba llorando. No pierdan el tiempo; agarren a ese antes de que se les escape, o dejen que lo ajusticiemos nosotros…”.
CAPTURA.
La sociedad estaba conmocionada. El velatorio estuvo lleno de periodistas que buscaban la nota más estremecedora en medio de los amigos y parientes que lloraban ante los ataúdes. Cerca de ellos, Percy guardaba silencio, baja la mirada, triste el rostro y aislado del mundo. Walter, que había bebido más de la cuenta, se le acercó con los ojos llorosos, y con una noticia a flor de labio:
“Allí están los de la fiscalía… Esas basuras te van a acusar… Dicen que vos los mataste”.
Percy levantó los ojos. El fiscal se detuvo delante de él.
LA FISCALÍA.
“¿Ya lo agarraron?”
“Sí; lo tienen en la DNIC”.
“De allí no sale vivo”.
La mujer guardó silencio, miró a su marido con el ceño fruncido, y él se mordió la lengua.
“Si lo sueltan es que aquí no hay justicia…”.
La mujer no le dijo nada. El Ministerio Público estaba manejando el caso, acusaban a Percy de parricidio y ya se decía que pedirían al juez una condena de más de ciento veinte años, sin embargo, Rassel Tomé, el abogado defensor, estaba exigiendo la libertad para el acusado, y decía que estaba en capacidad de probar su inocencia. Y los enormes ojos azules del abogado mostraban una gran confianza en sí mismo. Pero enfrentarse al Ministerio Público era como pelear contra Goliat, al que apoyaba una opinión pública enardecida y sedienta de venganza, más que de justicia, aunque Rassel Tomé creía tener en sus manos la honda de David.
DESCONFIANZA.
La voz suave y pausada del hombre resonó, no obstante, en la pequeña oficina del Ministerio Público. La acusación contra Percy era una obra maestra y la cárcel esperaba al acusado para toda la vida.
“El trabajo de la Fiscalía es acusar –dijo el hombre, sin preocuparse por levantar la voz o porque sus palabras fueran como dardos para algunos oídos–. Los fiscales tienen un caso que ha estremecido a la opinión pública y van a hacer todo lo posible por mandar a la cárcel a Percy Escobar…, así y estén mil veces seguros de que es inocente. Sabemos que la fiscalía no es tan objetiva como le conviene al pueblo hondureño y que serán capaces de todo con tal de ganar este caso. Por desgracia, sabemos de casos en los que algunos malos funcionarios han plantado pruebas, en los que han perdido, convenientemente, evidencias, y en otros en que engavetan los expedientes para salvar ciertos intereses… Me apena decirlo pero, como diría Roberto Sosa, también el Ministerio Público es como la Casa de Justicia de mi país…
Y en este punto recuerdo una anécdota que viene como anillo al dedo a lo que estoy diciendo, y sé que el señor Fiscal General estará de acuerdo conmigo, si es, como sé que es, un hombre digno de ocupar el cargo”.
La incomodidad de los presentes era más que notoria, sin embargo, estaban trabajando en un caso que le daría un crédito invaluable al Ministerio Público y tenían que mantenerse en sus lugares un poco más. Además, el fiscal general, Leonidas Rosa Bautista, estaba demasiado presionado y deseaba que aquel caso se concluyera lo más pronto posible. Solo deseaba que se hiciera justicia.
El hombre continuó, seguro del indeseable efecto de sus palabras:
“Un árabe muy viejo estaba agonizando y llamó a su lecho de muerte a su único hijo, para darle su último consejo; tomó la mano vigorosa del muchacho entre sus manos cadavéricas y heladas y, viéndolo con infinito amor, le dijo, casi en un murmullo: Hijo, en la vida, haz dinero. Si puedes, honradamente, y si no, haz dinero”.
Siguió a esto un momento de silencio. Poco después, el hombre agregó:
“Este el consejo para muchos malos fiscales: Acusa, si puedes, con evidencias reales, y si no, acusa”.
GONZALO. El fiscal general parecía cansado; sus ojos, casi siempre serenos, se notaban ansiosos y esperaban a que Gonzalo Sánchez empezara a hablar para poner fin a aquella pesadilla.
Los fiscales estaban atentos, el director de la DNIC se mostraba inquieto y los asesores del Ministerio Público parecían de palo. Gonzalo empezó a hablar:
“Señor fiscal –dijo, con voz parsimoniosa y como si estuviera hablándole a niños de kínder–, Percy Escobar es inocente. Él no mató a su familia…”.
El murmullo de protesta lo interrumpió. El fiscal levantó una mano y se hizo el silencio.
“¿Por qué dice eso, abogado?”.
“Porque el Ministerio Público está persiguiendo a un inocente, a pesar de que los fiscales saben perfectamente que Percy no es el criminal”.
“Explíquese mejor”.
“Eso intento, señor”.
“Bien. Adelante”.
La voz del fiscal general sonó cansada. Gonzalo siguió hablando.
LA EXPOSICIÓN. “Lamentablemente yo no estuve en la escena del crimen, y me he valido de las fotografías para analizar el caso”.
En ese momento, el pizarrón que estaba enfrente quedó a la vista de todos. En él, en un orden lógico, estaban pegadas muchas fotografías.
“Para empezar –dijo Gonzalo–, tenemos testigos que vieron salir a Percy de su casa el lunes en la mañana. Hay quienes aseguran que la mujer mandó a traer a los niños a la casa de su suegra y que más tarde, una de las niñas fue a una pulpería cercana a comprar un rollo de cabuya o lazo de nailon, de los que se usan para tender ropa. Esa fue la última vez que alguien vio a la niña”.
“Además, hay testigos que confirman la coartada de Percy Escobar cuando dice que el lunes en la noche él llegó a su casa, que quiso abrir la puerta principal con su propia llave y que la puerta no se abrió. Entonces, como él mismo declara, pensó que su esposa seguía enojada y se fue a dormir donde su mamá.
“Dice él que esa mañana discutieron porque el niño vomitó la sábana y que su mujer quería lavarla en la lavadora de su suegra pero que esta estaba ocupada, y que por eso estaba alterada; dice que él trató de calmarla y que le dijo que él mismo lavaría la sábana. Dice que ella le reclamó por un dinero, exactamente, trescientos nueve lempiras, que él se enojó y que se los tiró en la cara, después de romperlos. Como podemos ver en estas fotografías, el dinero está regado en el piso, debajo de los
cuerpos… Luego él, tratando de calmarla, la llevó a la pila y la mojó; si le hundió la cara en el agua, no sabemos, pero luego de esto llamó a una cuñada para que le ayudara con su esposa, él durmió un poco y se fue a trabajar”.
“La acusación de la fiscalía dice, tomando en cuenta la opinión del forense, que el crimen se dio entre las once de la noche y las dos de la madrugada del día siguiente; yo digo que no fue así”.
“¿Por qué?”
La voz del fiscal general sonó inquieta y sus ojos severos se pasearon por sus fiscales.
“Creo que el crimen sucedió entre las nueve y las doce del día, por una sencilla razón: fijémonos bien. Los niños están vestidos con ropa del día, y no con ropa de dormir, tienen los zapatos puestos y están vestidos como si fueran a salir de paseo. Si el crimen hubiera sucedido la noche anterior, en esas horas, los niños estarían vestidos con pijamas y estarían descalzos, o con pantuflas o chancletas”.
“Y si nos fijamos bien en la mujer, la madre, está vestida elegantemente, con su pantalón bien planchado, su blusa o camisa nítida y con una pañoleta en el hombro. Este detalle es importante”.
“Sabemos que la mujer tenía antecedentes suicidas, y hay testigos que pueden confirmarlo. Pues bien, debemos entender que el hombre que se suicida lo hace desorganizadamente, sin tomar en cuenta los detalles o el aspecto en que va a ser encontrado su cuerpo. La mujer es todo lo contrario. La mujer lleva la vanidad hasta la misma muerte. La mujer cuida muy bien su aspecto y quiere que su imagen sea la más correcta al momento en que encuentran su cadáver. Además, la mujer elige una manera de muerte menos dolorosa y, sobre todo, menos grotesca”.
“En este caso, vemos a la mujer bien vestida, aunque descalza, su pelo recogido, su ropa nítida y la pañoleta como adorno sobre el hombro”.
“En esta fotografía vemos el planchador sobre el que se apoyó, se paró, para ahorcarse. Es, seguramente, el mismo que sirvió de apoyo para colgar a los niños. Y digo colgar porque no estamos seguros de que murieran por ahorcamiento. Por desgracia, las autopsias no nos dicen nada claro sobre lo que había en sus estómagos ya que había pasado mucho tiempo y estaban descomponiéndose. Creo que los niños fueron envenenados antes de ser colgados”.
“Si vemos bien, el planchador está tirado sobre el piso y tiene las patas en la dirección del cadáver de la mujer”.
“¿Quién podría suponer que un asesino planificara este crimen y se fijara hasta en el detalle más mínimo para despistar a la Policía? Ustedes y yo sabemos que no existe un criminal de este tipo”.
“Percy dice que llegó al segundo día, en la mañana, y que trató de abrir la puerta con su llave, pero no abrió; entonces se fue a trabajar. En la noche regresó, quiso abrir y tampoco pudo hacerlo. Y a la tercera mañana volvió y lo mismo. Pero antes del mediodía decidió venir a ver qué era lo que pasaba. Su mujer estaba enojada pero no podía creer que su enojo le durara tanto tiempo. Vino con Walter a la casa, quiso abrir con la llave pero no pudo, entonces le pidió permiso a un vecino para entrar por su techo al patio de su propia casa. El vecino confirma esta declaración. Subió con Walter, él quitó un pedazo del techo y entró a la casa. Cuando encontró los cuerpos colgando, empezó a gritar y a insultar a su esposa. Walter le dijo que le abriera la puerta del patio, y entró también. Cuando vio la puerta de la sala, esta estaba con llave y tenía los pasadores corridos. Era imposible que pudiera abrirse desde afuera”.
“Estas son las declaraciones del imputado. Ahora, si unimos estas declaraciones con los hechos que se ven en estas fotografías, nos damos cuenta de que es inocente. Él no mató a su familia”.
“¿Entonces…?”
“Ella lo hizo”.
“Primero, mató y colgó a los niños; luego se ahorcó dejándose caer desde el planchador”.
“¿Y los hematomas que se ven en el cuello de la mujer?”
“Son arañazos que se dio ella misma al no soportar la presión del lazo en su cuello…”.
“¿Está seguro de lo que nos está diciendo?”
“Seguro, señor; esta es una investigación científica, y los resultados son casi matemáticos… La mujer es la culpable de este crimen”.
“¿Algo más?”
“Sí. Si nos fijamos bien, el dinero estaba tirado en el suelo; nadie se preocupó por recogerlo, ni ella misma. Ya no le serviría de nada, pues había tomado la decisión de acabar con todo. Los técnicos de Inspecciones Oculares recogieron los trescientos nueve lempiras y los guardaron en una bolsita que pusieron en un estante, tal y como puede verse en esta fotografía. Lo malo de esto es que en una segunda inspección el dinero no aparece por ninguna parte, o sea, señor fiscal, que alguien se lo robó. Y esto no debe sorprendernos porque… Bueno… Hay un detalle más que debemos tomar en cuenta”.
“¿Y es?”
“Los nudos de las sogas. El suicida que se ahorca, sin excepción, pone el nudo justo detrás de la nuca, en la parte de en medio, como un detalle estético que lo satisface personalmente. Quien se encargue de colgar a alguien no se fija en este detalle. Amarra la soga al cuello y ahorca a su víctima, sin fijarse en la estética”.
“En este punto es importante tomar en cuenta lo que dicen los expertos Boy Scouts que vinieron a estudiar los nudos de las víctimas: concluyeron en que son nudos comunes, y que no los hizo un profesional, como ha querido hacer ver la fiscalía, basándose en el hecho de que
Percy fue boy scout en su niñez”.
“¿Entonces?”
“Percy Escobar es inocente, señor fiscal general. La defensa podrá probar eso más allá de toda duda, y el abogado Rassel Tomé sabe que dejará en ridículo al Ministerio Público, si insisten en esta acusación”.
“¿Cuál es su interés en este caso, señor Sánchez?”
“En este, y en todos los casos en que Dios me ha permitido trabajar, mi único interés es la justicia”.
“¿Cree que este caso está perdido para el Ministerio Público?”
“He expuesto el resultado de mi trabajo, señor; es un resultado científico y que se puede comprobar científicamente. No defiendo ni acuso a nadie. Solo sé que en este caso se persigue a un inocente. Nada más”.
Gonzalo Sánchez concluyó su exposición con aquellas palabras. Nadie se atrevió a contradecirlo. No en vano es uno de los criminalistas más sabios de Centroamérica.
Siete años después, Percy Escobar fue sobreseído definitivamente, y el Ministerio Público sigue en silencio. Gonzalo Sánchez, una vez más, tenía razón.