Tegucigalpa, Honduras.- Qué mundos, querido Albany, hay en esta casa-árbol-mar que has compartido conmigo; lo he leído con la alegría del tiempo convulsamente detenido. Y me parece que es lo que ocurre en este libro: Una fuerza contenida, que no se desborda debido a la medida trabajada de la escritura.
Repito: libro que reposa y a veces parecería estar a punto de desbordarse por esa misma intensidad. Libro de viaje hacia varios adentros y algunos afueras; mejor decir, libro de múltiples viajes.
Antes me ha sorprendido gratamente la seriedad que encuentro en la poesía que se produce en las Honduras desde hace quizá un par de décadas (el tiempo es impreciso), y también me atrae la impronta individual que advierto en libros como el tuyo.
Esto es bienvenido porque se trata de una poesía empeñada en búsquedas que nos trascienden y que son asumidas con un respeto enorme por el oficio; y en tu libro se siente, además, la relación digna con la palabra y con lo que la palabra toca.
Sabemos que buscamos otras formas de decir con un lenguaje que nos es limitado y que traduce pobre y malamente las velocidades y las angustias que nos habitan. Y me parece que hay en tu libro una traducción de esos mundos, de paisajes, de encuentros y desencuentros, de grandes búsquedas, repito, hacia los adentros y los afueras que somos y que nos acercan y alejan de los otros.
Insisto en lo del viaje porque se va hacia adentro de poemas que forman un solo poema, un solo árbol, una casa llena y vacía de sí misma y de lo que somos y no somos. La búsqueda del poema orgánico no es frecuente en el ejercicio de la poesía hondureña; quizá por eso tu libro me hizo pensar en “Tiempo detenido”, de Óscar Acosta; o quizá pensé en ello por la necesidad que tenemos de anclarnos en lo conocido para alumbrarnos a ciertas horas. El libro de Acosta no es definitivo; es otra búsqueda, como debe ser.
Entrevista
Me complace, y esto es arbitrario, pensar que tu libro converse con una tradición innovadora de nuestra poesía. Tu libro, como los de otros de esas décadas que dijimos, dan para mucha conversación; habrá que sentarlos a la mesa.
Te felicito por este libro sin prisa; así se siente. Uno se tarda lo necesario para llegar a esa casa que termina haciéndose pedazos, deshaciéndonos. Comparto esta idea de que vamos, como esa casa, en pedazos pero enteros; las fraternidades, los cariños, la poesía nos sostienen, como el árbol a los sueños.
Y hay tanta mano que llega a ese “solo llamador”, como a la “aldaba sin puerta” de otro poeta nuestro. Queda, entre tantas, esta lección: el acto de decir en ese esperar impaciente, que solo se cumple en el encuentro de esas manos.