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Receta para una tragedia

Es preferible ver a mil delincuentes libres que a un inocente preso.

03.08.2013

(El final del caso de las gringas violadas) Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres y se han omitido algunos datos a
petición de las fuentes.

SALA. El delicioso aroma a “Halston Z-14” invadió la sala, dulcificando el pesado olor a sudor que infectaba la atmósfera, sin lograr, por supuesto, aplacar el penetrante olor a Judas que flotaba sobre más de ciento cincuenta cabezas.

Apenas se abrió la puerta, estas cabezas se volvieron hacia ella como movidas por un resorte, y un murmullo que estremeció al señor presidente se pegó a las paredes.

Moviéndose despacio, Denis Castro Bobadilla, médico, abogado y perito forense de la defensa pública, avanzó hasta la última silla, donde se sentó silenciosamente.

De los más de trescientos ojos que lo siguieron desde su entrada, cuatro quedaron fijos en él, luego de que se hubo acomodado en la silla. Eran los ojillos cansados y perezosos del presidente y los ojos apagados y vidriosos de la abogada Cerna.

El doctor saludó con un gesto a algunos conocidos, y miró hacia el altar donde destacaba el tribunal. En ese momento, la jueza le decía algo al presidente, cuchicheándole al oído.

El gesto del juez fue imperceptible, pero demostró que estaba de acuerdo con lo que la mujer le decía. Suspiró, levantó la frente cansada, en la que parecía pesar una invisible corona de espinas, lanzó su rostro pálido hacia el frente, y dijo, con voz aguda, que retumbó en la sala:

“El doctor Denis Castro, en su condición de consultor técnico de la defensa del acusado, no puede permanecer en la sala hasta el momento en que se le requiera”.

Un murmullo violento, como si del pecho de los presentes se hubiera escapado un enjambre de moscas, hizo eco a aquellas palabras. Sin embargo, se apagó paulatinamente cuando el doctor Castro se puso de pie. Se hizo el silencio, pero una voz agria, tonante, se escuchó entre los restos del murmullo.

“Lo que el juez está haciendo es otro error procesal… Como consultor de la defensa, el doctor bien puede quedarse para escuchar la exposición de la fiscalía… Es la ley… y debe conocer el caso a profundidad en beneficio de su defendido… Los consultores técnicos de la defensa, forman parte del equipo de la defensa, y deben estar con el defendido… ¿Es que el juez no sabe que está violando las garantías del acusado? ¿Con que otra estupidez saldrá ahora este hombre?”.

Quien habló así fue un abogado al que le brillaron los ojos de indignación, sin embargo, sus palabras se las llevó el viento. El presidente pareció no escuchar, y al abogado nadie lo secundó.

El doctor Castro, vestido de pulcra guayabera blanca, de mangas largas, aseguradas en los puños con mancuernillas doradas que lanzaban al cielo destellos de oro, pantalón café oscuro, mocasines del mismo color y anteojos Mont Blanc, desandó el camino y, con la frente en alto, salió de la sala.

Un nuevo murmullo fue acallado por la mirada inexpresiva del señor juez. El abogado que se había atrevido a abrir la boca, concluyó:
“Pobre muchacho; hoy se lo hartan estos jueces”.

HORA. Eran las diez de la mañana de aquel día largo y caluroso en la ciudad de Juticalpa. Era el día en que se definiría la culpabilidad o la inocencia de un hombre que tenía un año de estar preso, acusado de la violación de una norteamericana, maestra de escuela, a la que hemos llamado Chris.

LA SALA. Estaba a reventar. Periodistas, abogados, obreros, campesinos, comerciantes, estudiantes de leyes y hasta jueces del departamento de Olancho estaban presentes.

Los medios habían hecho eco al caso de las gringas violadas y la población estaba pendiente de la decisión de los jueces, sobre todo, de la del presidente, al que muchos ojos veían con furia.

Más al frente, cerca de los fiscales del Ministerio Púbico, cinco personas esperaban en silencio, cinco funcionarios estadounidenses que venían a seguir las incidencias del juicio.

Para muchos, la presencia de los gringos en el tribunal era una especie de presión invasiva e indeseable a la justicia hondureña, y los comentarios iban de boca en boca.

Aquel caso, único en la historia de Juticalpa, llamaba la atención por muchas razones, entre las que destacaba el hecho de que diez de cada diez olanchanos con cuatro dedos de frente, estaban seguros de que en aquel tribunal se estaba martirizando a un inocente.

LOS HECHOS. Dos mujeres, dos norteamericanas, fueron violadas en una madrugada fresca de Juticalpa, cerca del río; la denuncia se puso en la Dirección Nacional de Investigación (DNIC) y solo una de ellas declaró; luego, la Policía las retuvo en el aeropuerto y las llevaron a Medicina Forense para los respectivos exámenes; después, las pusieron ante un juez de turno para que dieran de nuevo su versión de los hechos.

A esto, varios detectives tenían en su poder a un hombre que, por ser dueño de una moto azul y un arma blanca, se les hizo sospechoso, lo llevaron a las oficinas, le tomaron fotografías, en triste competencia con la cámara del teléfono celular de la fiscal Trejo, y las enviaron a Tegucigalpa para mostrárselas a las ofendidas.

Estas, sin poder ponerse de acuerdo, fueron llevadas a un reconocimiento en rueda. Una de ellas dijo que no se parecía al atacante, y la otra, insegura, señaló al hombre de la fotografía. Una detective dijo que las gringas “reconocieron las fotos y no al violador, y así no se hace justicia”.

Ahora, un año después, el tribunal, presidido por el juez Alvarado Rodríguez, acompañado por los funcionarios estadounidenses, estaba listo para hacer justicia.

El acusado esperaba, la fiscalía mostraba los dientes, el juez, sereno entre sus dos compañeras, como Dimas y Gestas, estaba a punto de iniciar aquel sacrosanto espectáculo.

ABSURDO. Mientras esto sucedía, cuatro familias humildes, cubiertas por el olvido de la justicia, cargaban sobre sus hombros el recuerdo de las hijas muertas, las niñas que fueron violadas y asesinadas por unos depredadores sexuales que aún siguen en libertad.

Además, otra familia vive aterrorizada… Su hija fue violada y herida de bala, pero sobrevivió para vivir en medio del miedo, de las amenazas y de la decepción que produce no recibir justicia.

PALABRAS. El hombre, despojado del manto que lo convertía en juzgador de hombres, de apariencia sencilla, mirada nerviosa y víctima de una repentina ansiedad, bajó la vista, tragó el bocado que estuvo masticando por largos segundos, y dijo:

“Mire, Olancho es un departamento difícil… Aquí se impone la ley del fusil, de la 3.57… y del narco. Este no es el único caso de violación que tenemos en nuestros tribunales… Hace algún tiempo, dos muchachas aparecieron muertas, violadas, y se sabe que es la misma banda que violó, hace más o menos un año, a otras dos menores…A una la asesinaron a balazos… A la otra, aunque la hirieron, sobrevivió, y se tiene su testimonio… Un sospechoso está preso, un pariente del propio presidente, y hay miedo alrededor de estos casos, lo que hace difícil que la verdad salga a la luz… De otro sospechoso, el que menciona la víctima que sobrevivió, se dice que se esconde en Estados Unidos… Entonces, dígame, ¿qué debe hacer un juez ante un enredo como este? A veces los jueces tenemos miedo de impartir justicia porque nuestra propia seguridad y la de nuestras familias están en riesgo… Olancho es difícil…, bien difícil…”.

El hombre calló. No era juez en ese momento, era solo un ser humano, de carne y hueso, con sentimientos, con miedo, con indecisiones…

“A veces creo que no debí escoger esta profesión… y creo que tampoco debí comer con usted, pero ya no hablemos de eso… Se supone que los jueces debemos mantener la boca cerrada sobre ciertos asuntos… Dígame, a usted el caso que le interesa es el de las gringas, ¿verdad?”.

“Me interesan todos… y ahora me llama la atención el del pariente del presidente… ¿Cómo dijo que se llama? ¿Alonso?”.
El abogado sonrió, débilmente. Mordió otro pedazo de carne como si quisiera morderse la lengua.

“Yo no he dicho nada…”

Dijo esto y sonrió para mitigar su ansiedad.

EDWIN. Había desesperación en su rostro. La fiscalía acababa de exponer el caso y el juez, vestido con la toga negra, la sagrada toga de la justicia -a la que uno de sus estudiantes comparó, irreverentemente, con el traje de Drácula-, y que acentuaba la palidez de su rostro, parecía aburrido.

Era como si le pesara tanto el bla, bla, bla de los fiscales. Pero sus ojos se avivaron de pronto y el tribunal llamó al doctor Castro.

¿Qué pruebas presentaba la fiscalía contra el acusado? ¿En qué se sustentaban aquellas pruebas? ¿Eran suficientes para sostener el juicio? ¿Por qué los gringos que estaban en la sala parecían deprimidos y cansados?

¿A qué se debía la agresividad de la fiscalía? Era hora de defender el caso. ¿La
moto azul? ¿Cuántas motos azules hay en Juticalpa? ¿Reconocieron las víctimas plenamente la moto que vieron al final del río?

¿Quién recordaba que las gringas primero dijeron que un hombre a pie se les apareció por detrás y las obligó a caminar hacia el río donde estaba el otro violador con una moto?

¿Quién recordaba que dijeron después que llegaron dos hombres en una moto azul, que uno de ellos se bajó y las amenazó con un arma blanca? ¿Las placas de la moto? ¿La marca de la moto? ¿Era la moto del repartidor de pizza la moto que vieron las víctimas aquella noche?

Ellas mencionaron una moto grande. La del repartidor de pizza es pequeña. ¿Y el arma?

BALÍSTICA. “Señor perito -le dijo el doctor Castro al perito en balística llamado por la fiscalía-, en el análisis macroscópico del arma a la que usted realizó el peritaje, encontró alguna huella digital…”

El fiscal saltó desde su asiento.

“Objeción, señor juez; esa pregunta es impertinente”.

El doctor defendió su posición.

“Señor juez, lo que pretendemos con esta pregunta es conocer si el perito balístico encontró alguna huella digital en el arma… Lo que debe contestar es sí o no…”

“Objeción…”

“Ha lugar la objeción”.

“¿Qué hizo entonces el perito balístico con el arma?”

“Solo quería comprobar que no le faltara ningún tornillo y que funcionara bien”.

Un murmullo de indignación recorrió la sala, acompañado de algunas risas burlescas. Los gringos se movieron inquietos en sus asientos y uno de ellos bajó la cabeza para ocultar su sonrisa. Era el turno de la doctora García, perito forense.

“Doctora García -le dijo el doctor Castro-, ¿examinó usted a las víctimas de este caso?”

“Así es”.

La doctora estaba nerviosa.

Dijo que examinó a las mujeres. Siendo que estas no se habían bañado desde el momento de la violación, como ellas mismas confesaron, era posible que se encontrara en sus vaginas restos de fluidos que podrían servir para la fiscalía. Dijo que en una de las mujeres encontró espermatozoides. Once, para ser exactos.

“¿Examinó la vagina?”

La pregunta del doctor Castro la tomó por sorpresa.

“No”.

“¿Usó espéculo para examinar la vagina?”

“No”.

“¿Por qué no?”

“Porque no tenemos”.

“¿Cómo, entonces, encontró los espermatozoides?”

“Le metí un palo, un hisopo”.

“¡Ah! ¿Y que más encontró?”

“El laboratorio me demostró que había fosfatasa ácida en la muestra”.

“¡Ah!.. Y eso, ¿qué significa, doctora?

“Que la mujer produce semen y tiene próstata…”

El doctor se sorprendió. El presidente abrió los ojos. Los fiscales se quedaron quietos y los gringos se rieron.

“¿Está segura, doctora, de que la mujer produce semen?”

La pregunta del doctor fue directa.

“Sí -contestó ella-; hay estudios que demuestran esto…”

Reírse en la cara de la doctora podría considerarse un insulto al alto tribunal, sin embargo, el público dio un grito ante tan magna muestra de sabiduría.

Alguien dijo: “Y esta doctora es la sobrina de aquella fiscal que se fue… ¿De verdad produce semen una mujer?”

Un estudiante de derecho, alumno del señor presidente, se rió y dijo: “Y tiene próstata… Ya lo dijo la eminencia… Ahora solo falta que descubran que la mujer tiene testículos y que los hombres tenemos ovarios… ¡Qué payasada de juicio! Lo que me entristece es que el juez es mi maestro”.

El alguacil le dirigió una mirada siniestra al irrespetuoso, aunque parecía que con aquella cara terrible, el alguacil lo que trataba era de reprimir las carcajadas que se alborotaban en su propio pecho. El doctor habló de nuevo.

“Señores del tribunal, la fosfatasa ácida está presente, de forma natural, en toda vagina humana, y el ácido sirve para controlar las bacterias…”

Pareció que a nadie le importaba aquella explicación. El doctor siguió: “¿Encontró lesiones en la vagina de la víctima llamada Chris?”

“No”.

“¿Alguna señal que indicara que fue violada, que la obligaron a tener sexo…?”

“No, ninguna”.

“¿Golpes en el cuerpo? ¿Señales de violencia?”

“No, excepto un moretón en un seno por mordida”.

“Es lo que la víctima dijo, que había sido mordida en un pezón. Si la víctima no se había bañado, usted, como perito forense, podía encontrar restos de saliva en el seno, restos que quedan en la piel después de una mordida y que perduran si la víctima no se ha lavado. ¿Tomó usted la muestra para hacer el examen de saliva?”

“No”.

“¿Hizo el examen obligatorio para hacer la prueba odontológica? ¿Levantó la muestra del seno, del pezón mordido?

“No”.

“En la segunda víctima, ¿encontró señales de violencia?”

“No”.

“¿Golpes, moretes, aruñones, raspones?”

“No”.

“¿Examinó la vagina?”

“Sí”.

“¿Qué encontró?”

“Himen intacto, sin señales de violencia ni de ruptura…”

“¡Ah!”

“¿Lo examinó bien?”

“Sí, le metí dos de mis dedos y el himen dejó pasar los dos”.

“Dos de sus dedos…”

“Sí.”

“¿Eso qué significa, doctora?”

“Que bien pudo ser violada?”

“Pero no tenía huellas o señales de que la violación se haya dado y el himen estaba intacto, ¿no es así?”

“Sí”.

“¿Tienen sus dedos el diámetro y el largo de un pene como para asegurar que sí hubo penetración forzada?”

“Sí”.

Alguien que estaba más cerca de la doctora dice que esta, en un movimiento maquinal, escondió las manos para que no notaran lo pequeño y delgado de sus dedos, hacia donde iban todas las miradas.

“Entonces esta segunda víctima, que es la que supuestamente violó el acusado Edwin Guifarro, no tenía señales de haber sido ultrajada, violada?”

“No”.

“Objeción”.

“¿Podríamos decir, entonces, que esta víctima no fue violada?”

“Objeción, señor juez. Esa pregunta es impertinente”.

El doctor reprimió una sonrisa. Los gringos suspiraban.

“Doctora, en el examen, ¿pidió usted la ropa que vestían las víctimas en el momento de la violación?”

“A mí no me importa la ropa ni la marca ni la calidad…”.

“Pero la ropa que vestían las víctimas es la misma que llevaban puestas cuando las llevaron a que usted les realizara los exámenes… No se bañaron ni se cambiaron de ropa… Estas mujeres fueron violadas sobre la grama, sobre vegetales, y en el roce con la grama seguramente quedó clorofila en la ropa, lo que debió comprobarse en el laboratorio… ¿Hizo ese examen usted?”

“No”.

“Objeción”.

“Ha lugar”.

La voz del juez sonó cansada y molesta. Alguien que lo veía de frente dijo que miró por un momento fugaz a los gringos que adornaban su sala y que una gota de sudor brillaba en su frente. Es algo que no podremos comprobar.

“¿Se confirmó la propiedad del blúmer sucio que se encontró en la escena del crimen?”

“No”.

“Las víctimas no lo reconocieron como de ellas… ¿Se encontró semen en el blúmer? ¿Espermatozoides? ¿Hizo los exámenes respectivos en el blúmer?”

“No”.

Un murmullo violento rompió la tensión de la sala. El juez suspiró, una de sus compañeras bostezó. Los fiscales estaban furiosos.

Uno de ellos, atacando al doctor Castro hasta el irrespeto, sudaba. El público estaba furioso. Varios alumnos del señor juez estaban decepcionados y uno de ellos dijo que quería cambiarse a la Autónoma y cambiar de maestro (no quiso dar el nombre al entrevistarlo).

CONCLUSIONES. ¿Qué pruebas acusan entonces a Edwin Guifarro?

Uno de los detectives que llevaron el caso desde Tegucigalpa dice que este se basa en el reconocimiento en rueda, “un reconocimiento viciado”, en su opinión, “violador del debido proceso y de las garantías del acusado”. Pero el juez es el más sabio de los hombres y en su cerebro nace la justicia.

En el receso, los estadounidenses que seguían el juicio estaban intranquilos, como si estuvieran decepcionados.

¿Qué más valorarían el juez y sus compañeras para dar su veredicto?

La confesión de las gringas, en papel, un papel notariado que enviaron desde Estados Unidos, supuestamente, por medio del Departamento de Estado. Entonces, ¿dónde queda aquello que solo cuenta, que solo vale la confesión ante juez competente?

Para muchos, declarar culpable a Edwin Guifarro sin una tan sola prueba científica es una aberración del tribunal, y muchos, también, se refieren al presidente y a las juezas despectivamente, incluso dicen que están quedando bien con los gringos, aunque Favio Vallecillo, responsablemente, dice que el juez jamás ha dicho que tiene que condenar al muchacho, como dicen algunos de los muchos que entrevistamos para escribir este relato.

Entonces, ¿en donde está la injusticia en este caso, si es que la hay? Si Edwin Guifarro es inocente, ¿quién violó a las gringas? ¿Quién es el hombre de barba calzada? ¿Quién es el violador pelón? ¿Por qué David dejó a las gringas en la calle y no esperó a que entraran a la casa?

Si Edwin durmió en su casa esa noche, ¿por qué no puede la justicia demostrar sin lugar a dudas su culpabilidad? ¿Por qué en Medicina Forense no le encontraron a Edwin huellas de golpes, de mordiscos, de aruñones o de raspones en las rodillas, o de secreciones vaginales en su pene? Y se sabe que este tipo de huellas siempre quedan en el perpetrador de una violación ante la defensa de la víctima.

Estando preso Edwin fueron violadas otras dos muchachas, casi un mes después. Una de ellas fue asesinada. La otra, a la que llamaremos Virginia, sobrevivió.

Dice que reconoció al asesino de su amiga y que el juez lo sabe porque ella se lo dijo, aunque no sabe si le interese o no. Aunque se supone que es “testigo protegido”, tiene miedo y habla del caso con lágrimas en los ojos, aterrorizada y con odio. Cuando le preguntamos por el sospechoso que está preso por su caso, dice que no fue él el que mató a su amiga, que fue Raúl.

Dice: “Ese chavo se quedó en el carro…, el que dicen que es sobrino o primo de “Pepe”. Él sabe quienes son los asesinos. Que lo diga”. Llora y habla poco del caso. Le preguntamos si conoce a Edwin Guifarro y contesta con otra pregunta: “¿El de las gringas? ¡Ay!, si usted supiera… ¡Pobrecito! Pero tengo miedo…”

“Una última pregunta”.

“Vamos a hablar después…, cuando escriba mi caso… No se le olvide la promesa”.

NOTA FINAL. Edwin Guifarro fue declarado culpable y está esperando sentencia. La Defensa Pública hizo un excelente trabajo, el doctor Castro destrozó las pruebas de la fiscalía y el mismo tribunal dice que solo tienen el reconocimiento en rueda…

Una fiscal de Tegucigalpa, que pidió que la llamáramos Laura, dice que le preguntó al juez que cómo iban con el caso de las gringas violadas. Ella dice que le contestó: “No tenemos nada”.

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