Este relato narra un caso real. Se han cambiado algunos nombres.
VICTORIANO. Veinte años tenía Victoriano cuando sus padres murieron, dejándolo con una hermana que, desde ese momento, se convirtió en la mejor sustituta de su madre. Su hermana, María Martha, era mayor que él y siendo su único hermano, ella lo amaba sinceramente, y, sinceramente también, se dedicó a cuidarlo.
Victoriano tenía siempre su ropa bien lavada y planchada, su cama arreglada, la comida caliente, sus cosas en orden y solo era que deseara algo para que su hermana lo complaciera. Así, Victoriano vivía feliz y agradecido.
Trabajador incansable, salía al campo desde temprano, a trabajar las tierras que le heredaron sus padres. Nada lo detenía y decía siempre que “al ojo del amo engorda el ganado” y que solo trabajando duro se podía prosperar. Además de esto, Victoriano era cristiano.
En la tarde, al regresar del trabajo, cenaba, se bañaba, se ponía su mejor ropa, agarraba su guitarra y se iba a la iglesia, una iglesia evangélica que desde hacía algunos años se había levantado en Jamastrán y que crecía cada año.
En la iglesia, todos y todas admiraban y respetaban a Victoriano. Tocaba la guitarra para Dios, cantaba para Dios y vivía para Dios. El pastor lo consideraba un evangelista que pronto iría al mundo a llevar el Evangelio a toda criatura. Si hubiera sido católico, seguramente se hubiera pensado que Victoriano llegaría a santo. Así de especial y de devoto era.
En una ocasión, mientras el pastor oraba, ministrando a los enfermos, convirtiendo a los pecadores y sirviendo de intermediario para que los descarriados se reconciliaran con el Señor, todos vieron a Victoriano en éxtasis, con los ojos cerrados, cantando como un ángel, brillante el rostro, la voz más dulce que la miel y casi a punto de elevarse del suelo, esto, si los hermanos y hermanas del Evangelio hubieran creído en la levitación, aunque muchos esperaban verlo subir al cielo como Elías. Sin embargo, Victoriano siguió con los pies bien firmes en el suelo, tocando la guitarra y cantando, y todos entendieron que lo había tomado el espíritu y que adoraba a Dios con el alma. Por supuesto, Dios se complacía con la adoración de Victoriano.
¡Es un hombre de Dios! dijo el pastor, y el Señor se servirá de él para llegar a muchas almas.
Los hermanos, admirados, guardaron silencio; las hermanas, un poco más expresivas, suspiraron. Seguramente será un profeta dijo una. O un apóstol, dijo otra. ¡Dios lo libre de las asechanzas del diablo! exclamó una tercera, levantando las manos al cielo.
En ese momento, el coro empezó a cantar “El poderoso de Israel” y varias de las hermanas se pusieron el chal sobre la cabeza, avanzaron hacia el frente y empezaron a danzar, como danzaba el rey David para agradar a Dios. A pesar del estruendo rocanrolero de la alabanza, Victoriano seguía en éxtasis místico. ¡Era un hombre excepcional!
SERMÓN. Una noche, Victoriano recibió el alto honor de predicar. Habló de todo; de la creación, el pecado original, el éxodo, las plagas de Egipto, la separación de las aguas, el maná que caía del cielo, la fidelidad de Abraham, la sencillez de José, la fe de Daniel, el ascenso de Elías, la caída de los muros de Jericó, la sabiduría y el pecado de Salomón, la rebeldía de Jonás, de los Proverbios, de las Lamentaciones y del Eclesiastés, y siguió con Sansón, víctima de sus pasiones, volvió al Edén y criticó la debilidad de Eva, censuró a la serpiente, fustigó a Satanás y hasta se permitió criticar a Jehová por haber dejado que el diablo lo indispusiera con el más fiel entre los fieles: el fiel Job. Y siguió. Habló de Onán, de Amós, de Isaías, de Sadrac, Mesac y Abednego, del día que se detuvo el sol, del momento en que habló un burro, de la locura de Nabucodonosor, de Jerjes I, a quien consideró “sobrepotente” por haber ordenado que le dieran latigazos al mar de los Dardanelos solo porque en una tormenta las olas destruyeron el puente de barcas que mandó a construir para cruzar el Helesponto, en su guerra contra Grecia. Y saltó al Nuevo Testamento.
Habló de Juan el Bautista, de los soldados extorsionadores, de la lujuriosa Salomé, del nacimiento en Belén, de los reyes magos, del burro, de la vaca y del buey, del Sermón del Monte, del buen samaritano, de María Magdalena, de la mujer adúltera, encontrada en pleno acto de “putrefacto pecado”, de la hipocresía de los judíos, de las treinta monedas, del beso, de la crucifixión, del descenso a los infiernos, de la resurrección, del ascenso al cielo, “donde estaremos todos adorando al Rey”, y llegó hasta las puertas del Apocalipsis. Se detuvo aquí porque, extrañamente, algunos hermanos se habían ido a sus casas y, los fieles que quedaban en la iglesia, se estaban durmiendo, incluido el pastor.
De no ser así, hubiera empezado de nuevo. ¡Tan grande era su conocimiento de la Biblia y tan grande su entusiasmo! Realmente, Victoriano era un hombre de Dios.
RETIRO. Al día siguiente de esta kilométrica predicación, Victoriano, vestido con excesiva elegancia, llegó a la casa del pastor a comunicarle la decisión que había tomado en aquella noche de vigilia, ayuno y oración.
- ¿Qué decisión es esa, hermano?
- Deseo estar más cerca del Señor, le dijo Victoriano.
- Pero si usted es un siervo fiel…
- Pero me hace falta algo más.
- No lo entiendo, hermano.
- Hay pecado en mí, hermano pastor, y quiero que Dios me limpie y me deje tan blanco como el armiño.
- Amén, hermano.
- Me voy a la montaña.
- ¿A la montaña?
- Sí, voy a hacer un retiro de una semana, para orar, alejarme de las tentaciones, resistir al maligno, y adorar al Señor.
- Me parece bien, hermano. Me gustaría acompañarlo.
- Debo estar solo, hermano pastor. Como el Señor cuando ayunó los cuarenta días.
- Entiendo. ¡Vaya con Dios, hermano!
- Él lo prometió, hermano. Él dijo que estaría con nosotros hasta el fin del mundo.
El pastor lo despidió, bendiciéndolo, y Victoriano salió de Jamastrán.
- ¡Ah!, suspiró el pastor, viéndolo alejarse, cantando un corito, Dios elige bien a sus siervos. El Espíritu me dice que el hermano Victoriano irá a las naciones y tendrá el don de la profecía, de la sanación y el don de lenguas. ¡Bendito sea el Señor!
REGRESO. Una semana había pasado y en la iglesia esperaban con impaciencia el regreso del hermano Victoriano. Vendría santificado, de eso no había dudas, pero algunos se oponían a que diera su testimonio.
- Es algo entre él y Dios.
Pero, al terminar el séptimo día, Victoriano no apareció. Tres días después, un hermano llegó a la casa del pastor a decirle que algo extraño estaba pasando en la casa del hermano.
- ¿Qué quiere decir?, le preguntó el pastor.
- Mire, hermano pastor, dijo el hombre, rascándose la parte de atrás de una oreja, a mí me parece que algo raro pasa allí porque las puertas y las ventanas están cerradas desde hace días y los perros están rabiando de hambre, se acercan a la puerta, rascan la madera con las uñas y aúllan… No sé si esa sea cosa del diablo, pero me parece extraño.
El pastor, recordando el pasaje en que Satanás venía de rodear la Tierra, dudó, pero, al fin, decidió ir a ver qué era lo que pasaba en la casa del hermano Victoriano que, fiel al Señor, había prolongado su retiro espiritual varios días más.
LA CASA. Nada raro se notaba desde dos cuadras pero el pastor siguió adelante, apurado por el hermano chismoso. Cruzó el portón de alambre de púas, avanzó por el caminito de grava, que estaba descuidado, algo que no había sucedido nunca pues Victoriano era el orden personificado y, de pronto, se detuvo, al ver a los perros cayéndose de hambre, flacos y con los ojos hundidos. Aun así, movieron la cola para saludarlo y, si hubieran podido sonreír, le hubieran sonreído.
Dio varios pasos más y se detuvo una vez más, esta vez, llevándose una mano a la nariz violentamente.
Un hedor insoportable salía por debajo de la puerta y en la separación de las paredes y el artesón.
- ¡Dios del cielo!, exclamó el pastor.
- ¡Bendito sea su nombre!, exclamó el siervo que lo acompañaba.
EL HERMANO. El pastor tuvo que forzar la puerta, luego de llamar varias veces y no recibir contestación. Y lo que descubrieron sus ojos lo hizo detenerse aterrorizado.
- ¡Dios bendito!
El siervo se desmayó a sus pies.
- ¡Hermano Victoriano, ¿qué es lo que ha hecho?
Frente a él, con los ojos desorbitados de un loco, la boca abierta, llena de carne, las manos sucias, la ropa blanca llena de manchas oscuras, y sentado en el suelo, el hermano Victoriano se limitó a mirarlo como si no lo reconociera.
Ante él, y entre sus rodillas, estaba una enorme palangana de plástico, llena de recortes de carne apestosa y llena de gusanos que se movían unos sobre otros en un vaivén grotesco. Más allá, estaba una cabeza descarnada, con varios mechones de pelo largo adheridos todavía al cráneo. A un lado estaba el tronco al que había estado unida la cabeza, desnudo, con dos grandes senos podridos, de los que se desprendía la piel azulada y verdosa; un poco a la izquierda, estaban los huesos de lo que fueron dos piernas, aunque con los pies pegados y los tendones rotos, como cuerdas de guitarra.
Dos brazos y dos manos hinchadas y podridas estaban a la derecha. Debajo de todo esto había un mar de sangre seca. Más allá, colgando de un clavo en una pared, estaba la guitarra y, más abajo, sobre una mesita en la que se habían marchitado algunas flores, estaba la Biblia, empastada en cuero negro. Las moscas formaban una nube en la sala, zumbando con un eco que parecía salir del infierno. Sobre el techo y en algunas ramas bajas de los árboles cercanos, empezaban a aterrizar los zopilotes.
El pastor estuvo a punto de vomitar. Levantó la Biblia hacia el cielo y gritó varias veces el nombre de Dios.
- ¿Qué es lo que ha hecho, hermano?,―preguntó de nuevo.
El hermano, desde su sitio en el suelo, sacó otro pedazo de carne de la palangana y se lo llevó a la boca, mientras los gusanos caían sobre sus rodillas y otros empezaban a moverse en su cara.
- ¡Dios me dijo que lo hiciera, pastor!, dijo Victoriano, de repente. Y yo le cumplí a mi Dios.
- No blasfeme, hermano. ¡Esto es obra del demonio!
- Es la verdad, pastor, replicó Victoriano. Escuché la voz de Dios en mi retiro, me dijo que regresara a la casa y que, como Abraham, le ofreciera en sacrificio santo a mi hermana María Martha, que la matara, que la descuartizara y que me la comiera. ¡Y yo le cumplí a mi Dios, hermano pastor!
- ¡Atrás de mí, Satanás!
Dijo esto el pastor y salió corriendo de la casa. Poco después regresó con varios policías. Los curiosos llegaron primero. El siervo que se había desmayado, parecía haber enloquecido.
Cuando los policías entraron a la sala, el hermano Victoriano seguía comiéndose a su hermana y, entre bocado y bocado, cantaba.
JUICIO. Victoriano se presentó ante el juez vestido pulcramente con la última mudada que le planchó María Martha. Estaba tranquilo y sereno, tenía una Biblia en sus manos y no dejó trabajar a su abogado defensor. Dijo que Dios le pidió que sacrificara a su hermana y que se la comiera, y él le cumplió a su Dios. Eso era todo.
El juez lo condenó a veinte años de cárcel. Victoriano fue un reo modelo. Veinte años después, salió en libertad. Hoy canta en el coro de una iglesia. Su canción favorita es “El tren de la vida”:
En el tren de la vida
que va para Sión,
sin comprar boleto
en ese me voy.
En aquel glorioso y gozoso
yo estoy,
porque Cristo
es el conductor.
Si en el tren de la vida deseas viajar,
date prisa, amigo, y haz la señal.
Todavía hay tiempo
porque asientos hay,
solo espera tu llamar.
Los que van de viaje,
gozosos están…