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Los motivos de María

<p>Aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres y se han omitido algunos datos para proteger a los inocentes.</p>
21.04.2013

MARÍA. ¿Qué había en la mente de María que le causaba tantas tristezas? ¿Qué misterioso motivo la ponía de mal humor y la hacía aislarse del mundo? ¿Por qué, de repente, guardaba silencio, como una piedra, y se afanaba en sus quehaceres hasta dejar la casa como un espejo? ¿Por qué se peinaba como su patrona, se ponía su ropa y asumía, casi perfectamente, el papel de la señora? ¿Por qué planchaba y planchaba cuando algo le molestaba? ¿Por qué se vestía de blanco cuando estaba triste, como si fuera una enfermera? ¿Qué extraña obsesión la atormentaba?

Y ¿por qué quiso dormir una noche en la cama con sus patrones, vestida con un camisón de su patrona, peinada como ella y casi tan sensual como ella? Quizás era bipolar la hacendosa María; tal vez necesitaba ayuda; quizás sufría.

María era buena, honesta y trabajadora. Tenía treinta y dos años, era delgada, esbelta, agradable y bonita, piel canela, pelo negro, que le caía a las caderas, ojos grandes y brillantes, y cuando sonreía lo hacía con dulzura. Sin embargo, cuando su personalidad cambiaba, enmudecía, fruncía el ceño y, a veces, lloraba.

¿Qué misterio se encerraba en el corazón de María? ¿Qué tristeza la atormentaba? ¿Cuál era la causa de su extraña conducta?

Tal vez todo esto le interesara a un psiquiatra, como el prestigioso doctor Javier Uclés, pero era algo que a los detectives de la Sección de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) no les interesaba. La única respuesta que les importaba era la que debía contestar a esta pregunta: ¿Qué hacía una huella digital de María en una escena de crimen? Iban a tardar mucho en saberlo.

MISTERIO. Era una escena de crimen especial, por lo ordenada y limpia, por lo extraña. Era tan especial, que el propio Director de la DNIC se impresionó al imaginar al criminal actuando con tanta sangre fría y con tanta meticulosidad, como si estuviera desarrollando un guion escrito estrictamente para aquella ocasión.
La esposa de la víctima dijo que ella había viajado con sus hijos a Comayagua, para pasar el fin de semana con sus padres, y que su esposo decidió quedarse en la casa para descansar un poco. No era la primera vez que aquello sucedía pero en esta ocasión, la tragedia había golpeado a su familia.

¿Cómo habían entrado los asesinos a la casa si su esposo era tan desconfiado?

Los detectives no encontraron puertas ni ventanas forzadas y la señora dijo que no faltaba nada en la casa. Todo estaba bien ordenado, limpio y hasta oloroso. Y en su cuarto todo estaba perfecto, con excepción de la escena que había sobre la cama.

“¿Es posible que su esposo haya tenido visita?”

“No sé; no lo creo. Le gustaba estar solo para meditar, leer la Biblia y descansar”.

“¿Tenía su esposo una amante?”

“No, señor. Mi esposo era fiel. Fue misionero en Guatemala y cuidaba su hogar, su familia y su buen nombre, y yo confiaba en él”.

“¿Por qué imagina usted que lo mataron?”

“¡Ay, señor!, no sé”.

HUELLA. Para los expertos de Dactiloscopia era raro no encontrar más que una huella en toda la casa. Una sola huella. No había huellas digitales de los niños, del esposo, de la señora, de nadie. Era como si alguien hubiera limpiado ex profeso la casa, no solo para dejarla reluciente, sino también para borrar cualquier huella. Sin embargo, había una. Era la huella de un dedo meñique, y estaba marcada claramente cerca de la base de un florero de vidrio que adornaba el comedor. Para los exigentes detectives de homicidios, aquello no era suficiente, pero era algo. Lo demás tenían que encontrarlo en la escena del crimen.

LA ESCENA. ¿Qué esperaban encontrar allí?

Gonzalo Sánchez, el mejor criminalista de Honduras, les había enseñado a los detectives que en la escena del crimen hay suficientes elementos para hacer un perfil psicológico del criminal, y que tiene tantos detalles que un buen investigador puede leer en ella como en un libro abierto. Por supuesto, la investigación criminal científica se complementa con el Laboratorio y con el trabajo de un equipo multidisciplinario que se convierte en el talón de Aquiles del criminal.

Casos como el de Vicenzzina Trimarchi y el de Altagracia Fuentes, para citar dos ejemplos, son una muestra clara de que la DNIC sí puede ser una policía científica que dé respuestas a la población. Y si a la capacidad de los investigadores agregamos un apoyo efectivo y los estímulos necesarios, la DNIC sería el orgullo de la Policía Nacional, aunque le duela al “Tigre”.

LA VíCTIMA. Estaba tendido en el centro de la cama, amarrado de pies y manos con gruesas sogas de nailon, como si fuera el hombre de Vitruvio de Da Vinci, (Vitruvio, con “v” dental, en honor de Marco Vitruvio Polión, arquitecto romano del siglo I en cuyo honor bautizó Leonardo uno de sus más famosos dibujos).

Tenía, además, una mordaza asegurada alrededor de la cabeza que se hundía con fuerza entre los dientes, aplastando la lengua; estaba desnudo y, sin derramar una gota de sangre, le habían cortado los testículos. En la autopsia, el forense dijo que aquel corte era casi perfecto y que había sido hecho después de muerto. No los encontraron jamás.

Pero lo que hacía especial aquel crimen fue la forma de muerte. No había ni una sola mancha de sangre en la escena, a pesar de que no quedaba una tan sola gota en el cuerpo del hombre. Toda estaba sobre su mesita de noche, coagulada en cinco recipientes de plástico transparente de un litro cada uno.

La jeringa con que lo habían desangrado seguía conectada al centro del brazo, asegurada con gasas y esparadrapo, y a un lado de la mesita de noche, cerca uno del otro, estaban un pichel grande de plástico, de color rojo, y un embudo, metido en una bolsa de plástico transparente. El director estaba impresionado.

El asesino no solo había planificado bien su crimen, sino también, había esperado con paciencia la oportunidad de llevarlo a cabo. ¿Cuál era el motivo si el modus operandi era casi perfecto? Estaba claro: venganza pasional llevada al extremo del sadismo psicológico. ¿Por qué razón? Aquella muerte debió ser aterradora.

Para empezar, el hombre tenía que conocer a su asesino, de otra forma no lo habría dejado entrar a su casa. Y en este punto se deducía que el asesino había entrado a la casa con la venia del dueño porque no había señales de violencia en puertas ni ventanas. Pero algo intrigaba a los detectives.

¿Cómo habían sometido, sin violencia, a aquel hombre de casi un metro ochenta y cinco de alto, recio y pesado, de rápidos ademanes y extremadamente receloso y desconfiado? El forense dijo que lo habían dormido con un narcótico poderoso, posiblemente Fentanilo.

Era posible que se lo hubieran inyectado en la espalda, en un descuido, porque bajo el omóplato izquierdo tenía una herida que bien pudo ser producida por el pinchazo de una aguja hipodérmica gruesa.

Entonces los detectives recordaron que en la camisa que encontraron doblada sobre una silla, en el dormitorio, había una pequeña mancha de sangre, justo a la altura del omóplato izquierdo. Ya sabían cómo sometieron al hombre. Ahora quedaba saber quién lo había hecho.

El por qué estaba claro. Se trataba de una venganza con motivos pasionales, planificada y esperada por largo tiempo. La castración decía que el crimen tenía una connotación sexual, y la forma de muerte, un componente sádico que debía satisfacer el odio del asesino. Pero, ¿era asesino o asesina? Fuera quien fuera, tenía suficientes motivos para odiar al hombre, y para ejecutar su venganza. Y los motivos tenían matices sexuales.

LA ESPOSA. “¿Tenía amante su esposo?”

“No”.

“¿Está segura?”

“Sí”.

“¿Sabe de alguien que quisiera hacerle daño?”

“No”.

“¿Algún enemigo?”

“Ninguno”.

“¿Qué conocía usted del pasado de su esposo?”

“Todo”.

“Y todo era bueno, supongo”.

“Supone usted bien. Su papá es pastor, retirado ya del ministerio; su madre, profeta; él mismo fue misionero… Era un buen hombre. No conozco a nadie que lo odiara, si él se hacía querer de todo el mundo”.

Los detectives estaban en un callejón sin salida, hasta que una técnica en Dactiloscopia dio un grito:

“¡Tenemos algo!”

Era la huella digital de un dedo meñique, una huella larga y delgada que estaba perfectamente impresa en la base del florero de vidrio. Parecía la huella de un niño.

ELLA. Dactiloscopia no tardó en identificarla. Era el dedo de una mujer que se llamaba Juana María, originaria de Corquín, Copán, y que, por esas casualidades de la vida, el día del crimen había cumplido treinta años. Era un detalle morboso que agregaba un elemento más a aquel misterio.

En Corquín, la abuela de María la recordaba como la vio la última vez. Alta, delgada, triste por la despedida y tierna, tierna a sus quince años. Acababa de salir de sexto grado y su pobreza la obligaba a emigrar. En San Pedro Sula encontró una oportunidad, como sirvienta, y podría estudiar enfermería, carrera que la apasionaba. La anciana no la había vuelto a ver, y habían pasado quince años desde la última vez. Pero, ¿por qué la buscaba la Policía?

“Solo queremos hacerle unas preguntas, señora; nada más?”

Pero aquellas preguntas esperarían dos largos años.

La esposa dijo que no conocía a ninguna Juana María, y menos de Copán, que su esposo jamás le habló de ella y que no sabía quién podría ser.

Además, no imaginaba cómo había llegado su huella digital a su florero. Los detectives empezaron a dudar de la honorabilidad del esposo. Tal vez era infiel.

Sin embargo, tenían algunas dudas.

¿Quién inyectó la droga por la espalda a la víctima? ¿Hombre o mujer? Si se trataba de un hombre, tal vez le hubiera bastado con amenazarlo con un arma y someterlo; o quizás hubiera usado la fuerza. Pero un hombre no hubiera sido tan cuidadoso. La viuda dijo que ella no había dejado su casa así de limpia como la encontraron y que su esposo no era tan ordenado como ella misma hubiera deseado. Entonces los detectives pensaron que aquello era obra de una mujer, y la huella digital fortalecía su hipótesis.

Sin embargo, el forense dijo que el asesino tenía conocimientos médicos, y que quizás tuviera obsesión con el orden y la limpieza. Además, sabía manejar bien el bisturí, o el cuchillo, según fuera el caso. Lo cierto era que la castración era perfecta. ¿Se trataba entonces de una mujer?

¿Qué motivos tenía para cometer el crimen? ¿Por qué vengarse de un hombre al que todos conocían como un dechado de virtudes? Y ¿por qué asesinarlo de aquella forma? ¿Era Juana María, la dueña de la huella digital del florero, la asesina? ¿Qué relación existió entre ella y la víctima? Nadie podía decirlo. Era hora de escarbar en el pasado del muerto.

HISTORIA. La esposa, vestida de negro, con los ojos tristes todavía, llegó a la DNIC a buscar a los detectives que investigaban el caso de su marido. Habían pasado seis meses y todo estaba como al inicio. Pero la mujer traía una noticia que quizás sirviera a los detectives.

Desde la muerte de su esposo, la madre, su suegra, había cambiado mucho; lloraba todo el
tiempo, se lamentaba y pedía perdón a Dios permanentemente. Su esposo, un anciano que moría cada día después de la tragedia, no podía consolarla.

“¿Por qué pide perdón su suegra?”

“No sé, pero se ha vuelto una obsesión en ella, y hasta llegó a decir que ella fue la que mató a su hijo”.

“¿Ella? ¿Quién es ella? ¿A quien se refiere la señora?”

“A ella misma. Dice: Yo lo maté, Dios; yo lo maté. Perdóname, Señor”.

“¿Cuándo la escuchó decir eso?”

“Yo no la escuché, fue su esposo, mi suegro, y él me lo contó”.

“¿Por qué se imagina usted que se culpa su suegra?”

“Eso es lo que ustedes deben averiguar. Yo no sé nada del pasado de mi marido”.

LA MADRE. No se trata de Pelagia, la martirizada mujer de Mijaíl Vlásov, en la novela de Gorki; se trata de la anciana profetisa que se acusaba a sí misma por la muerte de su hijo.

“Es un castigo de Dios –dijo, entre lágrimas y con acento de resignación–. Yo sé quién es Juan María.”

“¿Por qué no lo dijo antes?”

“No estaba dispuesta a decirlo nunca, pero si ustedes están aquí es por voluntad de Dios.”

La señora se limpió las mejillas bañadas en lágrimas, cerró por largos segundos sus hermosos ojos verdes, suspiró, y dijo:

“Ella tenía quince años cuando mi hijo la violó… Yo le prometí que él se casaría con ella… Todo para que no se destruyera el ministerio de mi esposo…, y la engañé. Un día traje a una partera que me ayudó a sacarle del vientre el hijo que había concebido con mi hijo, y que era mi propio nieto. Ella no quería pero la dominamos. Y la partera le sacó el niño con una sonda. El feto salió de su vientre en pedazos, y la sonda le destruyó las entrañas a la muchacha. Quedó inservible. Nunca iba a tener familia. Sé que ella soñaba con ser enfermera. Yo le ayudé los primeros años. Nadie supo nada, hasta que le perdí la pista. Sé que ella mató a mi hijo, en venganza por lo que le hicimos. Ella era una muchacha buena”.

“¿Sabe dónde la podemos localizar?”

“No. Tal vez en Tegucigalpa”.

“¿Sábe si trabaja como enfermera?”

“No sé”.

Pasaron dieciocho meses más. La anciana se llevó su pena a la tumba. María seguía sin aparecer.

Los detectives esperaban.

SQUEDA. “¿Conoce usted a una enfermera que se llama Juana María, de Corquín, Copán?”

Junto a esta pregunta, los detectives daban una descripción de la mujer y enseñaban un retrato hablado. Y la pregunta resonó de Santa Rosa de Copán a La Ceiba, de Trujillo a Choluteca, de Juticalpa a Danlí, de Santa Bárbara a Nacaome, de Comayagua a Puerto Cortés. Nadie la conocía.

Entonces, los detectives tuvieron una idea, una idea que debió ocurrírseles desde el inicio: visitar las escuelas de enfermería. En San Pedro Sula la reconocieron.

Una antigua profesora dijo que era retraída y extraña, pero era una excelente alumna. Dijo, además, que la vio siempre sola, que nunca le conoció novio o pareja y que jamás la escuchó hablar de su vida personal. Pero después de graduarse la perdió de vista. Era posible que estuviera en Tegucigalpa. Una vez la escuchó decir que le gustaría vivir y trabajar en la capital.

A pesar de esto, los detectives seguían como al inicio: sin nada.

¿Dónde estaba María? Los detectives estaban seguros de que ella era la asesina.

BODA. A pesar de las dificultades, la vida tiene que seguir. La viuda se casó de nuevo, se trasladó a vivir a Comayagüela y no tardó en embarazarse, pero en su mente había echado raíces el rostro de Juana María, el rostro que había dibujado el artista en el retrato hablado hacía mucho tiempo.
Era el cuarto mes de su matrimonio y el número veinticinco de su viudez, cuando se encontró con ella en el supermercado La Colonia. Al menos, aquella mujer alta y delgada, piel trigueña, de grandes ojos negros y tristes y pelo largo hasta las caderas, se le perecía mucho. Andaba de compras con una señora madura que caminaba al lado del esposo.

La mujer la siguió. Le dijo a su marido que podía ser Juana María y el hombre accedió a esperar para seguirla. No tardaron mucho en saber donde trabajaba Juana María. Era la sirvienta en una casa enorme de Loma Linda. La DNIC no tardó en visitar la casa.

Esa misma tarde, Juana María tuvo su primer encuentro con la Policía. Pero ni una palabra salió de su boca. Aun así, el juez la envió a la penitenciaría de mujeres y, una semana después, la remitieron a San Pedro Sula. La fiscalía no pudo probar su acusación y la muchacha salió en libertad diez años después. ¿Cómo salió? Una ONG católica le ayudó. Nadie sabe qué ha sido de ella. Se cree que trabaja como doméstica en alguna casa, pero nadie la ha vuelto a ver. Los detectives dicen que este es uno de los casos más raros que han resuelto en su carrera y están seguros de que María es la asesina. Ella tenía los motivos para planificar y ejecutar una venganza así.