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Las invendibles 'ciudades modelo'

a pretensión es entregarle una parte del territorio hondureño a un grupo de empresarios extranjeros para que lo desarrollen a su gusto: con sus propias leyes, sus jueces, sus policías, su gobierno.

    07.10.2012

    Claro que no es la primera vez que a alguien se le ocurre construir un lugar donde todo sea orden, prosperidad, seguridad y felicidad. Eso sí, ha quedado solo en las ficciones de extraordinarios escritores y en la propuesta del Congreso Nacional hondureño, que a pesar de una oposición pocas veces vista, apuesta desenfrenadamente por estas “ciudades modelo”.

    La pretensión es entregarle una parte del territorio hondureño a un grupo de empresarios extranjeros para que lo desarrollen a su gusto: con sus propias leyes, sus jueces, sus policías, su gobierno. Decidirán quién entra y sale, y para completar la aventura, tendrán derecho a firmar convenios internacionales. Será un paisito dentro de otro.

    Pero así llegará por fin el tan esperado desarrollo de nuestro país, según las explicaciones del presidente del Congreso Nacional, Juan Hernández, el principal promotor de esta idea separatista, que no ha logrado conseguir la estrategia que convenza a los hondureños con sus proyectos.

    La teoría urbanista que parece acompañar las “ciudades modelo” que nos quieren vender es que dentro de este territorio se alcanzará lo máximo de la civilización; la pobreza, la delincuencia, la suciedad, el desorden, el desempleo, se reducirán a lo mínimo. Por eso se parece mucho a las novelas fantásticas.

    LAS CIUDADES DE FICCIÓN. Es probable que la más recordada de las ciudades ideales sea Utopía, la isla que inventó para su obra Tomás Moro y que publicó en 1516. Aquel libro de ficción era una crítica aguijoneante contra la Inglaterra de la época, dominada por Enrique VIII.

    Utopo conquista un territorio que estaba unido al continente por un istmo de 15 millas y, luego de separarla con la ayuda de los ciudadanos, crea la isla artificial fantástica de Utopía. Tenía 54 ciudades, todas iguales, y con una población que había alcanzado la dicha través de una organización de Estado que defendía el bien común sobre el privado. No hay guerras, ni pobreza, ni criminalidad ni discriminación, hay pocos sacerdotes y ningún abogado; lo que más estudian sus filósofos es cómo alcanzar la felicidad sin afectar a los demás.

    Cuatro siglos después, en 1932, otro inglés, Aldous Huxley, publica “Un mundo feliz”. Otra sociedad que por perfecta, llega a una imperfección criminal. En un tiempo, ya no fijado en edad de Cristo, si no de la industria, la historia ocurre en el año 632 de la era Ford.

    Se trata de una sociedad en la que las personas no nacían, se creaban en probetas de laboratorios controlados por el gobierno, y se les condicionaba para creyeran que eran felices, que les gustaba el trabajo y disfrutaban como nadie del ocio. A cambio se sacrificaban esas pequeñas cosas que amalgaman a la gente: la familia, los amigos, el arte, la cultura y la religión.

    Estas ciudades utópicas se soñaron mucho durante el Renacimiento, era fácil creer que al desarrollar un espacio perfecto emergería una sociedad perfecta. Todo estaría previamente establecido: las personas, las cosas y las actividades coexistirían en armonía, para crear una sociedad absolutamente sana y extraordinariamente feliz.

    También se ocupó de las “ciudades modelo” o del mundo perfecto George Orwell, en su obra “1984”; y, cómo no, se acordó del tema el maestro de la ciencia ficción H. G. Wells en su libro “Cuando el dormido despierte”; y el estadounidense Frederik Pohl, con su antiutopía “Mercaderes del espacio”. Todos hablaban de una sociedad con individuos felices, organizados por instituciones funcionales y justas, aunque casi siempre, la trabajosa organización termina desmoronándose por esa extraña inquietud que mueve a cada ser humano.

    Y todos hemos oído hablar de Atlántida, la ciudad que Platón incluyó en sus “Diálogos”, donde existía una sociedad poderosa, que solo pudo ser derrotada por Atenas, y a la que después los dioses castigaron por su soberbia y la hundieron en el fondo del mar.

    Pero también Batman tenía una menos agradable Ciudad Gótica y a Superman le dejaron Metrópolis, cargadas de bandidos que justificaran su existencia y como contraste brutal a las pretenciosas ciudades de la alegría y la felicidad que promovían los utópicos.

    UN ESTADO DENTRO DE OTRO. Con un poco menos de ficción, el proyecto de ciudad modelo se asemeja a esas organizaciones políticas y territoriales, que han permitido crear un Estado dentro de otro, más por razones históricas y sociales que comerciales.

    El Vaticano se apunta entre los más reconocidos Estados dentro de otro, el más pequeño del mundo con apenas 0.44 kilómetros cuadrados, un poco más de dos mil habitantes y mucho dinero. Se acomoda dentro de Roma y ejerce su autoridad sobre todo el mundo católico.

    Ahí mismo en Italia también se aloja San Marino, la república libre más antigua del planeta, con una entidad política medieval y sus 26 mil pobladores se viven en 61 kilómetros cuadrados. Aunque es un Estado soberano depende de alguna manera de Italia, sobre todo del sistema de aduanas.

    Mientras, Andorra parece perderse en los Pirineos, en la frontera entre Francia y España. Aprobaron su constitución desde 1993, que abolió un régimen feudal de siete siglos, y en sus 468 kilómetros cuadrados viven 72 mil andorranos.

    Uno de los enclaves más grandes es Lesotho, está dentro de Sudáfrica, pero tiene 30,355 kilómetros cuadrados y una población que supera los dos millones de personas, y administrado por una monarquía constitucional que tampoco logra sacarlo de la pobreza.
    En fin, el proyecto de las “ciudades modelo” podría enmarcarse entre las sociedades de la utopía, o como un Estado dentro de otro Estado, o como las antiguas ciudades-estado de Atenas y Esparta, o a saber qué, nadie lo sabe, porque se ha movido con los vaivenes de intereses desconocidos.

    Pero queda la duda de si será un buen plan, porque también consideraron una locura construir el Canal de Panamá, la ciudad de Brasilia o el túnel submarino que une a Francia e Inglaterra; pero no encontró Juan Hernández, desde su atalaya privilegiada en el Congreso Nacional, la forma de decirle a todo el mundo que hay sueños posibles.