EN LA DNIC. La mujer estaba desesperada. Era una mujer joven, no mayor de veintitrés años, de estatura regular, piel clara, pelo largo, recogido en una cola, y ademanes rápidos y angustiados.
Gritaba las palabras en el colmo de la histeria y el detective que la atendió tuvo que gritarle también, para que se tranquilizara.
“¡Es mi hijo, señor! ¡Mi hijo! ¡Desapareció! ¡Se lo robaron! ¡Ayúdeme, por favor! ¡Quiero volver a ver a mi hijo!”
El niño, un bebé de escasos tres años, había desaparecido de su propia casa y nadie podía dar siquiera una pequeña pista para iniciar una investigación.
La mujer dijo que lo había acostado en su cama la noche anterior, después de bañarlo y de darle de comer, y que el niño se había dormido.
Antes de acostarse, junto a su marido, vio al niño por última vez, y le agradó saber que dormía y que tal vez soñaba porque estaba sonriendo. Entonces apagó la luz y se fue a su cama. No lo volvió a ver. Al amanecer, su hijo ya no estaba en la cama. Lo buscó por todas partes y no lo encontró.
Por eso estaba en la DNIC, denunciando su desaparición. Cada segundo que pasaba era un siglo para ella y semejante tortura era peor que la muerte. A su lado, su esposo trataba de tranquilizarla, con la cara desencajada y los labios resecos. La desaparición del niño era una tragedia.
RUTINA. “¿Usted es el padre del niño?”
“No, señor, pero yo lo he criado desde que tenía un año”.
“¿Es un niño problemático?”
“No lo entiendo”.
“Le estoy hablando claro”.
“Es un niño como todos los niños”.
“¿Usted lo quiere?”
“¡Claro! ¿Por qué me hace esas preguntas?”
“¿Cómo a un hijo?”
El hombre guardó silencio. La mirada del detective era penetrante, como si quisiera taladrarle el cerebro y escarbar en sus pensamientos.
“Sí, como a un hijo”.
Su respuesta sonó apagada. Ahora parecía incómodo.
“¿Lo castigaba usted?”
“Lo corregía, sí…”
“¿Le pegaba?”
“Lo normal… Pero, ¿por qué está hablando en pasado?”
“Es solo una forma de hablar. Dígame, ¿qué quiere decir con eso de que le pegaba lo normal?”
“Eso, lo normal. Usted sabe”.
EN LA CASA. La mujer estaba incontrolable. Era el quinto día que no veía a su hijo. Había envejecido de pronto y estaba demacrada y ojerosa.
Cuando el equipo de Inspecciones Oculares llegó a su casa, estuvo a punto de desmayarse. La fiscal ordenó que detuvieran al marido.
“¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué hacen eso?”
La fiscal contestó de inmediato.
“Estamos investigando la desaparición de su hijo. Tenemos una orden de allanamiento”.
Los técnicos invadieron el patio.
El solar era inmenso, lleno de árboles cargados de fruta, eras sembradas de hortalizas y un rosal lleno de flores que se mecían con el viento.
“¿Qué es lo que buscan?”
La mujer hablaba desesperadamente. Dos detectives habían encadenado a su esposo y le habían ayudado a subirse a la paila de un Toyota doble cabina.
“Señora, creemos que su hijo está muerto, y tenemos indicios de que su esposo es el culpable…”
La mujer ya no escuchó más. Se desmayó y cayó pesadamente al suelo. La fiscal miró hacia otro lado e hizo una seña a sus ayudantes.
En dos horas, la tierra del patio fue removida hasta el último centímetro cuadrado. La actividad principal del sospechoso era la agricultura y había hecho de su casa, mejor dicho, de la casa de su mujer, una finca donde sembraba de todo.
“¿No hay nada?”
“Nada”.
“¿Buscamos otra vez?”
“No servirá de nada. El cuerpo no está aquí”.
“No es posible… El padrastro es el principal sospechoso de la desaparición… Los vecinos que entrevistamos dicen que maltrataba al niño, que no lo soportaba y que en muchas ocasiones trató de obligar a su mujer a que se lo entregara a su verdadero padre… Es más, en dos ocasiones el niño fue llevado al médico con golpes severos. Aunque la madre dijo que el niño se había caído, el informe del doctor asegura otra cosa: violencia. Y el único capaz de hacerlo es el padrastro. ¿Qué dicen? ¿Buscamos otra vez?”
Un técnico se rascó la cabeza.
LA FISCAL. Los ojos del hombre echaban chispas y cada una de sus palabras tenía el filo de una navaja. Su cólera era incontrolable.
“¡Voy a matar a esa hija de p…! El marido mató a mi niño. No lo soportaba, ustedes tienen pruebas de que lo maltrataba, pero mi exmujer lo protege. Los voy a matar a los dos. ¡Los voy a matar!”.
La fiscal, tan fácil de impresionar como una piedra, dejó el lápiz sobre la hoja de papel en que estaba escribiendo, se apoyó en el respaldar del sillón y miró impasible al hombre, mientras entrelazaba los dedos de las manos sobre el abdomen.
“Si se trata de matarlos, ese es un asunto muy suyo; mátelos si quiere. Usted cree que es su derecho, pues también es asunto suyo, pero tenga la seguridad de que nosotros lo vamos a capturar y lo vamos a refundir en la cárcel por lo menos unos treinta años”.
El hombre se apaciguó de pronto, hizo una larga pausa, se puso de pie, y dijo:
“Si ya no tiene nada más que preguntarme me voy. No quiero estar más tiempo cerca del asesino de mi hijo”.
La fiscal no le dijo nada pero cuando estaba abriendo la puerta de salida, la voz pausada del detective lo detuvo.
“¿Por qué está usted tan seguro de que su hijo está muerto?”
El hombre no dijo nada. Tardó en responder:
“Es lo más seguro. El niño no aparece por ningún lado. Él aprovechó que mi exmujer estaba durmiendo y se llevó al niño. Lo hubieran de torturar para que les diga dónde lo enterró”.
El detective soltó un suspiro movió despacio la cabeza hacia adelante varias veces, como si estuviera de acuerdo con aquellas palabras, y luego levantó los hombros, mientras enseñaba las palmas de las manos y sus labios se fruncían en un gesto de decepción. Le dijo:
“Si pudiera estaría de acuerdo con usted. Ya veo como amaba usted a su hijo”.
Los ojos del hombre se iluminaron con un brillo extraño y algo parecido a una sonrisa se dibujó en sus labios. El detective había dicho la palabra “amaba” en pasado y estaba claro que él la había captado perfectamente. El detective sonrió, tratando de imprimir a ese gesto un halo de tristeza, pero sin despegar su mirada del rostro del hombre.
“Yo creo que haría exactamente lo mismo que usted si un maldito me matara un hijo…, y ¡ay! de la mujer que permita que otro hombre le haga daño a mis hijos. ¡Líbrela Dios!”.
El rostro del hombre tomó un poco de color; ahora su sonrisa enseñaba los dientes y ya no tenía tanta prisa por irse. La fiscal tenía las manos sobre los brazos del sillón, como si estuviera preparándose para saltar, y sus ojos, de ordinario impasibles, parecían querer fulminar al detective.
Este la miró una sola vez y no hizo caso de aquella máscara que, en ese momento, hubiera intimidado a cualquiera. El detective volvió a mirar al hombre, y le disparó esta pregunta:
“Y, ¿cómo supone usted que murió su hijito?”
El hombre respondió de inmediato.
“Asfixiado, es lo más seguro, porque era de noche y tenía que llevarse al niño sin que nadie se diera cuenta. A lo mejor el niño lloró...”
“¿Y qué cree usted que hizo con el cuerpo de la criatura?”
“¡Seguro lo enterró!”
El detective chupó los dientes, bajó la mirada, movió la cabeza hacia los lados y levantó las manos en un gesto de desesperación, luego dijo, con voz suave:
“Es un maldito ese hombre. ¿Cómo es posible que le haya hecho eso a un niño inocente solo porque no es suyo? El que quiere a la gallina quiere a los pollitos, y nadie obliga a un hombre a estar a la fuerza con una mujer que tiene hijos ajenos. ¿Qué cree usted?”
El detective se había acercado al hombre, que seguía con una mano en el pomo de la puerta. Llevaba una sonrisa en el rostro, pero el brillo que iluminaba sus ojos no era la misma luz amable de hacía unos minutos. Le extendió una mano y el hombre la estrechó de inmediato. La despedida sonó hueca, nada simpática.
“Váyase, amigo y deje que nosotros le saquemos la verdad a ese asesino de niños; no se manche las manos matando a esa basura. Ya lo van a arreglar en la penitenciaria. Allí odian a los violadores y asesinos de niños. ¿Ha oído hablar del Código Rojo de las prisiones? ¿Usted sabe lo que le hacen allí a los que matan niños?”
Mientras decía esto, mantenía la mano del hombre entre la suya. Le sonrió una vez más y terminó de despedirse dándole una palmada en el hombro. Luego cerró la puerta. Cuando se volvió a la fiscal le mostró un rostro enojado.
“¿Por qué hiciste eso?”
El detective contestó de inmediato, y su acento no fue el más amable:
“¿Hace cuánto desapareció el niño?”
“Dos días”.
“Entonces estamos a tiempo de encontrar el cadáver”.
“¿El cadáver? ¿Estás seguro de que el niño está muerto?”
“Tan seguro como ese hombre que acaba de irse de aquí. Estaba más helado que una de las cervecitas de Oswaldo. Creo que vamos a necesitar una orden de allanamiento. Podés pedírsela al juez para esta misma tarde”.
“¿Basándome en qué?”
“Tengo una corazonada”.
“¡Ja! ¿Y es que ahora las órdenes de allanamiento las firman los jueces solo porque un bendito detective de la DNIC tiene una corazonada?”
La fiscal estaba molesta. El detective se acercó a ella, le rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano levantó su falda hasta detenerse en la entrepierna; luego le plantó un beso violento en los labios rojos y carnosos. Retiró un poco su rostro, sin quitar las manos de donde las tenía, y le dijo, en un susurro:
“Conseguí la orden. Mi corazón casi nunca se equivoca. Creo que ese hombrecito sabe más de lo que aparenta. Y como cree que los policías y los fiscales somos majes…”
Le dio otro beso y, dos segundos después, salió de la oficina. La mujer estaba agitada, bajó la falda, alisándola sobre sus piernas, y con un espejo se revisó la pintura de sus labios.
LA TENTATIVA. La mañana era calurosa. Los Juzgados Unificados de La Granja estaban rodeados por manifestantes y policías, y a lo largo de la trocha derecha del bulevar Comunidad Económica Europea, dos filas de carros contaminaban la zona con un ruido infernal y con el humo pestilente de los escapes.
Por la puerta de salida, guardada por guardias de la Corte Suprema y por agentes Cobras, salió un hombre pálido pero sonriente, que iba precedido por una mujer de baja estatura, de rostro triste y ojeroso y que lo llevaba tomado de una mano. Detrás de ellos, el abogado de la Defensa Pública sonreía de satisfacción. Su cliente estaba en libertad, el niño seguía desaparecido y, por desgracia para la fiscalía, no podían imputarle su desaparición al padrastro, no sin las evidencias necesarias.
Es más, decir que el niño estaba muerto era demasiado temerario, y los jueces no fundamentaban sus casos en vana palabrería. El detective de la DNIC fumaba tranquilamente en la esquina, escuchando las consignas, sin que aquella manifestación le importara gran cosa. Su presencia allí tenía otros motivos.
“¡Hijuep…! ¡Vos mataste a mi hijo! ¡Vos sabés dónde está enterrado! ¡Te voy a matar! ¡A vos y a esa perra!”
Aquellos gritos sobresalían sobre el escándalo de los manifestantes. El hombre que gritaba apareció de pronto sobre la acera, se abrió paso a empujones entre gritones y policías, y de repente se detuvo, sus palabras se ahogaron en su boca y sus ojos se movieron inquietos.
A cinco pasos de él estaba su exesposa con el nuevo marido, cogidos de la mano. El hombre no dijo nada más, miró inquieto hacia los lados y en un momento su mirada se topó con la mirada extraña del detective de la DNIC. Aquel rostro era una máscara indescifrable, entre burlona y provocadora, y la sonrisa que deformaba aquella boca era una mueca horrible. Dio un paso atrás, giró sobre sus talones y desapareció. El hombre amenazado lo vio irse, sin que aquellos gritos hubieran provocado en él la más leve emoción.
Su rostro seguía pálido, sus ojos alegres, aunque sin brillo, y su mujer seguía tomándolo de la mano como si temiera que fuera a perdérsele. El detective lo saludó con una mano y en ese momento los ojos del hombre se abrieron asustados. Aquella sonrisa era siniestra, y él empezó a sudar.
SWINGER. La comunidad swinger, del inglés swinging, que significa cambiando, es una sociedad de “libre pensadores” que intercambian parejas sexuales dentro de un estilo de vida en el que el placer sexual del otro está sobre todas las cosas; aquí no existen celos ni esas otras emociones “primitivas” que esclavizan a los seres humanos a la monogamia “pablesca y pasada de moda”.
Y fue en uno de estos “clubes” herméticos de Tegucigalpa donde el detective de la DNIC, en una especie de “chantaje subliminal”, logró la promesa de una orden de allanamiento de parte de un asustado juez que, mientras su compañera disfrutaba una margarita al lado de un futbolista extranjero de buen ver, él le atendía a la esposa que mostraba, sin el menor recato, los cántaros de miel en que la alcahueta Naturaleza había convertido sus hermosos senos, apenas cubiertos por una blusa blanca casi tan transparente como el viento. Habían pasado nueve meses desde la desaparición del niño y ya solo su madre y el detective lo recordaban.
Y, a pesar de que la madre esperaba dentro de poco su reemplazo, nada podría llenar el vacío que había dejado en su alma su primer hijo.
LA FINCA. Era una mañana fresca, llena del aroma de los pinos y del canto de los pájaros atacados por la diosa Primavera. Los cuatro carros llenos de policías subieron la calle de tierra haciendo rugir los motores y pronto llegaron al llano donde se levantaba una casa enorme, de adobe repellado, con techo de teja y largo corredor con piso de barro cocido. El hombre que salió a recibirlos no dijo una sola palabra. La mirada fría del detective lo desarmó y se limitó a leer la orden de allanamiento que acababan de poner en sus manos.
“¿Qué pasa? ¿Qué van a hacer con esto?”
“Buscar”.
“¿Qué es lo que buscan?”
“Ya lo verás cuando lo encontremos, pero si querés hablar antes, creo que será mejor para vos…”
El hombre no dijo una sola palabra. Se dejó caer en una larga banca de madera, y esperó. Ahora estaba pálido y sudaba, a pesar del frío de la montaña.
“A la Policía no se le puede mentir, señor… Es algo que debían saber usted… y su cómplice…”
“¿Cómplice? ¿Cuál cómplice?”
El detective sonrió.
“El padrastro del niño”.
El hombre estuvo a punto de desmayarse. El detective lo miró con desprecio y dio una orden a dos Cobras:
“Vigílenlo. Si se mueve de aquí o trata de escapar, péguenle un tiro en la cabeza… Es lo menos que merece este hijuep…”.
HALLAZGO. A las diez de la mañana, cinco horas después de empezar el allanamiento, la casa estaba patas arriba, pero el detective estaba satisfecho. Ahora la fiscal sonreía.
“Tráiganme a esa basura”.
El hombre apenas pudo mover los pies.
“¿De quién son estas llaves?”
“No sé… No sé…”
“¿Qué significan estas marcas: P, PP, DP, CN?”
“No sé… No sé de dónde sacaron esas llaves”.
“El juez ejecutor te lo va a decir. ¿Creés que un juez ejecutor miente? Pues, no. Estaban en la funda de cuero de una biblia que hallamos en uno de los estantes de tu cuarto. Estaban tan bien escondidas que solo porque volvimos a revisar las encontramos… ¿De dónde son? De la casa de tu exesposa, ¿verdad? Y son nuevas. Si mal no recuerdo, tu exmujer me dijo que vos la hostigaste algún tiempo después del divorcio y que hasta tuvo que cambiar los llavines para que no entraras a la casa… ¿Cómo las conseguiste? ¿Te las dio el marido de tu exesposa? ¿Sí? A él, más que a nadie, le convenía que el niño desapareciera de su vida, vos querías tener al niño con vos, para fastidiar a tu exmujer más que por amor a la criatura, y como sabías que el padrastro no lo soportaba, se pusieron de acuerdo para que vos te lo llevaras. Él te dio un duplicado de las llaves. P, significa portón, PP, puerta principal, DP, dormitorio principal, CN, cuarto del niño. ¿Ves como la Policía no es tan maje como vos creíste? En este momento están deteniendo a tu cómplice. Ahora me vas a decir dónde enterraste al niño. ¡Y sin mentiras, semejante hijuelagranp…!”
El hombre se dejó caer en una silla. Por largos minutos perdió el habla y hasta pareció que estaba fuera de este mundo.
“¿Querés que te diga que fue lo que pasó? Bien. Vos fuiste por el niño. Entraste al cuarto, lo agarraste para llevártelo, pero se despertó, se asustó y empezó a llorar, vos le tapaste la boca pero no te fijaste que al mismo tiempo le tapabas la naricita, y lo ahogaste. Me di cuenta de esto cuando te pregunté en la oficina de la fiscal que cómo imaginabas vos que el padrastro había asesinado a tu hijo, y vos respondiste sin pensar que asfixiado, y dijiste más, que el niño estaba enterrado. Y solo vos podías saber bien esto. Lo mejor de todo es que tu cómplice se tragó todo sin denunciarte, porque le convenía; además, creía que vos tenías escondido al niño. No podía saber que estaba muerto. Pero te traicionó cuando lo amenazaste a muerte a la salida del juzgado, ¿te acordás? Creo que les falló el show. ¿Te acordás que yo estaba allí? Pues te andaba vigilando… Ahora me vas a decir donde enterraste al niño. ¡Ahora, semejante hijuep…! ¡Y sin mentiras!”
“Yo no tuve la culpa.”
“Eso decíselo al juez. A mí me vas a decir dónde enterraste a la criatura…”
“Yo no quería…”
“Me vale p… lo que vos querías… ¿Me llevás a donde enterraste al niño o te aplico aquí mismo la Ley Fuga?”
El hombre se puso de pie.
“Espósenlo. Cuando me entregués el cadáver te voy a leer tus derechos. ¿Te acordás lo que te dije del Código Rojo de las prisiones? Ojalá no lo hayás olvidado. Primero los violan…”
La fiscal dio un grito, que era una orden:
“Suficiente”.