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La falta de vivienda entre las infinitas indignidades

Unos 5 millones de hondureños viven en casas de alquiler... algunos por moda en las colonias residenciales y lujosas, otros porque la falta de oportunidades los obliga a acomodarse en pequeñas viviendas, en apartamentos, o en mesones, en cuarterías, o cuartos.

11.11.2012

Probablemente lo traemos en los genes, lo heredamos de los primeros humanos que dejaron las cavernas y fundaron poblados en el período neolítico, y se nos metió profundo en la cabeza que debemos tener una casa; aunque todavía es un sueño imposible para casi cinco millones de hondureños.

Las cifras son tan fuertes que hay que verlas dos veces: el déficit habitacional es de un millón de casas; sin embargo, no logran inquietar a los gobernantes para que se comprometan con un atrevido programa de vivienda, y los políticos aspirantes en la elección popular no se acuerdan del tema ni siquiera para pedir votos.

Parece mentira, pero reunir a la familia en una vivienda digna, segura y con lo básico podría cambiar de raíz la violencia, la delincuencia y el desasosiego nacional, porque es sabido que casi todo nuestro comportamiento se forma en el hogar. Una casa es algo más que una expresión de la arquitectura o una muestra de la ingeniería, porque adentro se reúne la más natural de las sociedades y el mejor ejemplo de un gobierno: la familia.

UN DIÓGENES A LA FUERZA. Cuenta la historia que el antiguo filósofo Diógenes vivía en un barril, era su casa, pero así lo había decidido al renunciar a todas las posesiones materiales en busca de la sabiduría y la felicidad. Muchos hondureños viven en condiciones parecidas, pero obligados por una sociedad indiferente y por gobiernos sórdidos que los empujan a la miseria.

En Tegucigalpa solo hay 230 mil viviendas para una población que podría llegar a un millón y medio de habitantes, de acuerdo a los datos que ha encontrado por ahora el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), por eso el paisaje se ha poblado de barrios sumamente pobres, donde las casas parecen montarse unas sobre otras y el hacinamiento y la marginación ya no son noticia.

Estos barrios y colonias parecen la vieja ciudad de Capadocia, donde todo se mezclaba y se confundía, donde la identidad personal se perdía y el ciudadano era solo un punto más entre la multitud.

No solo hay que morirse en Honduras para pasar a mejor vida, las cosas podrían cambiar, pero se necesita construir 30 mil casas al año solo para cubrir el déficit, lamenta la organización Hábitat para la Humanidad, que distingue entre las nuevas construcciones y en las mejoras de las que están construidas.

Ese déficit de un millón de viviendas incluye unas 800 mil que no llenan una encuesta básica para habitarlas; sin embargo, ahí se aglutinan como pueden familias completas, levantando paredes con restos de ciudad: cartones, láminas, maderas podridas, plásticos, lo que sea, para esconderse de la lluvia, del frío, del criminal, no siempre con éxito.

Unos 5 millones de hondureños viven en casas de alquiler, algunos por moda en las colonias residenciales y lujosas; otros porque la falta de oportunidades los obliga a acomodarse en pequeñas viviendas, en apartamentos, o en mesones, en cuarterías, o en cuartos, y como diría en su poema “Los pobres” Roberto Sosa, “Seguramente ven en los amaneceres múltiples edificios donde ellos quisieran habitar con sus hijos”.

LA OBRA INCONCLUSA. Los romanos heredaron del pueblo etrusco la calidad de su arquitectura, el uso de la piedra y de la madera; pero decidieron que solo el edificio de vivienda era poco y se inventaron decorar las paredes, colocaron sillas, estantes, pebeteros, mesas y el mobiliario que conocemos ahora, y a pesar del tiempo transcurrido, esas muestras de comodidad todavía faltan en muchas casas hondureñas.

El problema únicamente no es que falten las viviendas, es que ni siquiera hay esperanzas de revertir la situación, de hecho, la inversión en le campo de la construcción se redujo notablemente, en 2010 se invirtieron 2,400 millones de lempiras y en 2011 cayó a 2;300 millones, y aunque parece poco, significan muchas casas que no se hicieron.

Claro que la falta de vivienda está estrechamente relacionada con la pobreza de la población, la mayoría de los hondureños, incluidos profesionales universitarios o empleados con un ingreso regular, no tiene posibilidades de comprarse una casa por los precios prohibitivos, los imposibles intereses y los requisitos interminables de los bancos que, al final, son los que más ganan.

Muchas empresas privadas han arriesgado su dinero en la construcción de viviendas, pero sin el respaldo del gobierno que se ocupe de la legislación y facilitación para los ciudadanos, las casas siguen vacías a pesar del terrible déficit.

Para los que menos ganan en el país hay algunos programas que no logran disminuir el problema. El bono de vivienda social del gobierno es de 41 mil lempiras, que serviría como prima para una casita, y si se alinean los astros y el trabajador logra conseguir el préstamo, pagará una cuota entre 3 mil y 4 mil lempiras, destrozándole el pequeño, pequeñísimo, salario mínimo.

Otros programas como el Fondo Social de la Vivienda (Fosovi) pretenden construir en la capital 2,700 viviendas de 45 metros cuadrados, una cajita, para trabajadores con ingresos de 1.5 salario mínimo. El problema es que el gobierno no tiene dinero y ha detenido las transferencias, y así se han estancado proyectos hasta de 1,500 casas. Sin presupuesto esta institución nunca ha pasado del intento.

La Fundación para el Desarrollo de la Vivienda (Fundevi) ha apoyado con soluciones habitacionales a unas 60 mil familias, cuyo rango de vida está por abajo del umbral de la pobreza, que sobreviven en la economía informal y que de los préstamos bancarios solo han oído hablar.

Hace tiempo hubo un intento, el Instituto de la Vivienda (INVA) logró construir unas 67 mil casas, aunque mal planificadas, con materiales de baja calidad, sin estacionamientos, sin centros sociales, sin áreas verdes, que ahora son un verdadero caos, pero casas al fin.

A pesar de que el problema es inmenso y es un buen negocio, no figura en la agenda oficial, y el sueño ancestral que comenzó con una cueva seguirá esperando.

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