HALLAZGO.
Era una mañana de domingo, hacía calor y la brisa fresca que bajaba del Merendón no era suficiente para mitigar la temperatura que aumentaba conforme el sol iba subiendo en el cielo, el cielo intensamente azul de San Pedro Sula.
En una de esas casas prefabricadas de una colonia de clase media, rodeada de malla ciclón, con árboles al frente, cuyas raíces empezaban a levantar el concreto de la calle, estaba a punto de descubrirse una tragedia.
Eran las seis de la mañana, los vecinos dormían y solo se escuchaba el lejano motor de algunos vehículos, el ladrido de los perros y el canto de algún gallo en celo. Más o menos a esta hora, un grito, mejor dicho, un alarido femenino, alarmó a uno de los
guardias que hacía su ronda entre bostezo y bostezo.
–Era una mujer la que gritaba –dice–, reconocí el chillido y se me pusieron los pelos de punta. Por un momento no supe qué hacer, me acerqué al portón y esperé. Escuché el chillido otra vez y una mujer entró corriendo a la sala, salió al porche y gritó pidiendo ayuda.
–¿Qué es lo que pasó?
–Mi hermana… Mataron a mi hermana…
–¿Quién?
–El marido… Mi cuñado… Él la mató… Está en la cama, desnudo, y manchado de sangre, y mi hermana no está en la cama… Solo hay sangre por todas partes…
Era hora de llamar a la Policía.
ESCENA. Cuando los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal, DNIC llegaron a la casa, el hombre estaba todavía en la cama, tendido boca arriba, con los ojos abotagados por la droga, apestando a alcohol y a sangre seca.
–Ni siquiera se dio cuenta cuando lo sacamos de la cama y que dos policías lo cubrieron con una toalla de la cintura para abajo –dice uno de los detectives–; estaba drogado y en nada le afectó el reflejo del flash del fotógrafo.
El hombre hablaba a medias, pero no se le entendía nada. Tenía manchas de sangre en el pecho, en la cara, en la base del pelo y en las manos.
En la cama King Size que ocupaba la mitad del cuarto, las sábanas estaban manchadas con sangre, había sangre en las almohadas y en el piso. Más allá, en una esquina, al pie de una cómoda de caoba, estaba un cuchillo, largo, grueso y puntiagudo, manchado también con sangre.
El detective a cargo de la investigación ordenó que saliera todo el mundo del dormitorio, mientras los técnicos de Inspecciones Oculares tomaban muestras de sangre y buscaban huellas digitales.
–¿Dónde está tu esposa?
El hombre no contestó.
–¿Qué le hiciste a tu esposa?
Silencio.
DECLARACIONES. Estaba claro que se había cometido un crimen en aquella habitación. La sangre derramada indicaba que una persona había sido herida, que las heridas habían sido hechas con el cuchillo encontrado en el piso y que lo más seguro era que la víctima era Leonor, la esposa del hombre que ahogaban todavía las drogas.
Leonor era una mujer de su casa, cuidaba amorosamente de sus hijos, apoyaba a su hermana para que estudiara en la universidad y, a pesar de las normales desaveniencias con su esposo, no se diría que era infeliz.
La noche anterior se acostó temprano, antes de las diez. A eso de las seis sirvió la cena, dejó el plato de su marido en el microwave, vio televisión, acostó a los
niños y se encerró en su cuarto. El marido llegó a eso de la medianoche, apestoso a alcohol. Eso fue lo que declaró la hermana.
–Ella estaba dormida, no los oí discutir ni me imaginé que algo así iba a pasar…
–¿Vio salir a su hermana de la casa?
–No.
–¿Está segura que no escuchó nada anormal en el cuarto de su hermana?
–Segura.
–Y, ¿su hermana estaba en el cuarto cuando su cuñado llegó a medianoche?
–Sí, allí estaba; estoy segura.
–¿Imagina lo que pasó anoche?
–Él la mató.
–¿Había visto antes el cuchillo?
–No. Ese cuchillo es nuevo…
–¿Estará su hermana en algún hospital?
–Mis hermanos no la han encontrado…
–Entonces, ¿usted asegura que él la mató?
–¿Quién más?
–Bueno.
ENTREVISTA.
Al anochecer, el marido estaba frente a los detectives de la DNIC. Aunque tenía los ojos enrojecidos, los efectos de la droga habían desaparecido.
–¿Dónde está tu esposa?
–No sé.
–¿Vos la mataste?
–No sé… No sé lo que pasó anoche en mi casa…
–Te encontramos desnudo, manchado de sangre, tu esposa no está y un cuchillo ensangrentado estaba en una esquina del cuarto… Tiene tus huellas digitales. Comprobamos que la sangre es del tipo A+, el mismo tipo de sangre de tu esposa.
El fiscal intervino.
–Creemos que llegaste drogado a tu casa, que discutiste con tu mujer, que la atacaste con el cuchillo y que la mataste… Luego te deshiciste del cuerpo en alguna parte… ¿Dónde? Si nos decís dónde lo dejaste podríamos ayudarte.
El hombre miró con ojos desviados al fiscal, miró a los detectives y luego se vio las muñecas esposadas.
–No me acuerdo de nada.
Esas fueron sus últimas palabras. Nada más iban a sacar de él esa noche.
DESPUÉS. Al día siguiente, el hombre se notaba nervioso, la desesperación lo hacía estrujarse las manos y tenía reseca la garganta y partidos los labios. Cuando los detectives se reunieron con él una vez más, empezó a llorar.
–¿Vas a hablar ahora? ¿Vas a decirnos qué le hiciste a tu mujer?
El hombre esperó unos momentos antes de decidirse a hablar.
–No sé –dijo–. No me acuerdo de nada.
El fiscal hizo un gesto de enojo.
–¿Sabés que te esperan treinta años de cárcel?
El hombre pareció no escucharlo. El fiscal pidió cárcel preventiva y el sospechoso terminó en una celda estrecha y calurosa de la penitenciaría de San Pedro Sula.
Un año después salió en libertad. La Fiscalía no pudo probar que había matado a su mujer, puesto que no encontraron el cuerpo por ninguna parte, a pesar que el tipo de sangre encontrado en la escena era del mismo tipo de la mujer desaparecida. ¿Dónde estaba el cuerpo del delito? Nadie lo sabía.
LA DNIC. El fiscal estaba indignado pero nada podía hacer. El detective sonrió maliciosamente cuando el fiscal mostró su ira.
–Es lo mejor que podemos hacer –le dijo–, dejarlo libre… Aquí hay un crimen, es cierto, pero creo que es una sorpresa mayor la que nos espera… Te explico…
–No me interesan explicaciones… Quiero detener a ese hombre por parricidio y meterlo treinta años en la cárcel…
–¿Sabés que la familia de la mujer ya cobró el seguro de vida?
–Sí… La mujer fue declarada muerta, aunque no se encontró su cuerpo… La aseguradora pagó.
–Cuatro millones y medio… Estaban a favor de sus dos hijos… La hermana es la administradora… Ni modo… Así es la ley.
–¿Y él que hizo cuando salió de la cárcel?
–Sabemos que está en Tegucigalpa…
–Sí, está en Tegus… Lo vigilamos…
–¿Por qué?
–¿Ahora te lo puedo explicar?
El fiscal no dijo nada.
DETALLES. El detective puso una montaña de fotografías sobre el escritorio y las fue ordenando una a una.
–Estas son las fotografías de la escena. Si las observás bien, te das cuenta que la sangre de esta escena es poca, si tomamos en cuenta la supuesta furia, la saña con que se cometió el crimen… El cuchillo es nuevo, largo y afilado. Debió herir con fuerza y causar mucho daño. La mujer seguramente estaba acostada cuando fue atacada, porque no hay más señales de violencia alrededor de la cama, aparte de unas cuantas manchas de sangre…
–No te entiendo.
–Ya vas a entender.
–¿Ves estas fotografías? Son del pecho y de las manos del sospechoso. ¿Ves estas líneas rojas en el pecho? Aumentadas tienen la forma de dedos, como si alguien la hubiera untado a propósito, y despacio. Y hay más en la frente. Pero hay un detalle más, las líneas son delgadas, y si ves los dedos del hombre, son gruesos… Las líneas pareciera que fueron hechas por dedos de mujer…
El fiscal retuvo la respiración. El detective agregó:
–En el laboratorio no se encontraron restos de piel en el cuchillo, ni en la punta ni en el filo… Y si vemos estas fotografías ampliadas, pareciera que la sangre también fue untada en el cuchillo… Las huellas de la mano derecha del hombre están tan bien marcadas, que no parece que el cuchillo haya sido manipulado con fuerza para herir, todo lo contrario, fue manipulado para marcar bien las huellas del hombre… Las huellas están claras, no están corridas ni deformadas. ¿Qué opinás de eso?
El fiscal estaba mudo.
–
¿Dónde está el cuerpo?
El fiscal levantó los hombros.
–En alguna parte… Creo que el hombre llegó “borracho” a la casa, a medianoche, como dice la cuñada, y hay que recordar que olía a alcohol en la mañana, cuando lo encontramos. Pero hay quienes dicen que nunca lo habían visto ni borracho ni drogado. ¿No te parece raro? En la mañana estaba realmente drogado.
En el laboratorio comprobamos que había consumido cocaína en grandes cantidades, y alcohol. Si no podía sostenerse en pie en la mañana, cuando los efectos de las drogas estaban desapareciendo, ¿cómo pudo sacar el cadáver y desaparecerlo en aquellas condiciones, si es que estaba drogado y borracho cuando asesinó a su mujer? Es imposible.
Debimos encontrar el cuerpo en la cama, o en el cuarto. O, cuando menos, debimos encontrar a la mujer herida en alguna clínica o en un hospital… Y nada. ¿Qué pasó entonces?
VIGILANCIA.
Una semana después que el sospechoso fue liberado, los detectives supieron que recibía algunas llamadas. Cuando consiguieron el número, se dieron cuenta que las llamadas salían de San Marcos de Colón, en Choluteca.
Confirmada la identidad del propietario del número, los detectives se asombraron al darse cuenta que se trataba de la cuñada del sospechoso. La mujer que lo descubrió desnudo y manchado de sangre en la cama, aquella mañana de domingo. ¿Qué estaba pasando aquí?
Un mes más tarde, los detectives supieron que la hermana y los niños se fueron a vivir a San Marcos de Colón, poco después que la aseguradora les pagó.
Cuando pidieron ayuda para saber los movimientos de la cuenta bancaria de la mujer, pronto se dieron cuenta que el dinero había salido rápido del banco.
Entonces, una teoría fue haciéndose más fuerte en la mente de los detectives. Cinco meses después se miraban unos a otros asombrados, en silencio y con la boca abierta. Habían visto de todo en sus carreras, pero aquello superaba en ingenio a los delincuentes más audaces a los que se habían enfrentado.
MANAGUA. Los detectives habían ido demasiado lejos en la investigación de aquel caso, aunque habían pasado ya varios años. Algunos habían sido trasladados de lugar, muchos casos más tenían prioridad, sin embargo, dos de ellos estaban empecinados en descubrir el misterio de la evidencia roja. El fiscal, que ahora estaba en otro departamento, también seguía interesado.
–Era un caso increíble –dice el fiscal, cruzando una pierna sobre la otra con un gesto demasiado femenino, sonriendo al mismo tiempo–, y estaba más que claro… Yo me dediqué a él con la misma pasión de los detectives… Debo decirle, Carmilla, que soy muy intenso en todo lo que hago…
Un brillo especial en sus ojos acentuó el sentido de la última frase.
–Cuando los detectives tuvieron en sus manos el vaciado telefónico de la hermana de la víctima, supimos muchas cosas más… Y entonces pedimos la ayuda de la Policía de Nicaragua… Y los detectives fueron a Managua. ¡Sorpréndase, Carmilla! ¡La mujer vivía en Ciudad Jardín!
¡Estaba vivita y coleando!
–¿La reconocieron?
–Sí.
–¿Qué hicieron?
–¿Qué podíamos hacer?
–Detenerla, supongo… ¿De qué la acusaban?
–Ahora estaba claro el fraude… Un fraude muy bien montado, como el de los catorce millones del Fondo de Pensiones de la ENEE… Un trabajo increíble… ¿Recuerda el caso de la bolsa de cemento? Ese fraude no estuvo muy bien planificado; pero este sí… Una obra de arte…
–¿Qué hicieron?
–Fotografiaron a la mujer, le dijimos todo a la Policía de Managua, y, ¿qué cree? La mujer era hija de un nicaragüense, por lo tanto, no podíamos alegar la nacionalidad hondureña más que en Honduras… Y en Honduras estaba legalmente muerta… Es más, está legalmente muerta…
–¿Y los cómplices? ¿El marido?
–Tenía cómplices, claro. Pedí las órdenes de captura… Al menos ahora sí íbamos a meter al marido preso por fraude…
–¿Y qué pasó?
–Todavía lo están buscando… La hermana con los niños cruzaron la frontera… El hombre vive tranquilamente en Nicaragua… Están casados y las leyes lo protegen…
–¿Y el dinero?
–Solo ellos y Dios lo saben… Creo que lo invirtieron bien…
El fiscal bosteza, baja la pierna, se acomoda un bucle que cae delicadamente sobre su sien derecha, suspira y dice:
–¿Qué le parece este caso?
–Como usted dijo, una obra de arte…
–¿Qué pasaría si los delincuentes usaran su inteligencia para hacer lo bueno?
–No existirían ustedes, porque no habrían delitos que perseguir.
–¿Cómo lo va a titular?
–La evidencia roja. ¿Le parece?
–Me gusta.
–¿Qué otros casos tiene?
–Voy a buscar en mis expedientes… Hay uno que me gustaría que titule El caso del gato solitario, un asesinato en La Ceiba… Le va a gustar.
Los detectives sonríen. El fiscal es verdaderamente intenso.