Revistas

Hoteles de lujo en 'países fallidos”

Todo parece indicar que la hostelería de alto riesgo es un negocio en auge.

08.04.2012

Hace unos años, en medio de disparos entre militares pakistaníes y combatientes talibanes en el Valle de Swat, la reportera de la BBC Nadene Ghouri se dio cuenta de que era la única huésped del lujoso Hotel Serena, a las afueras de la ciudad de Mingora y justo en pleno caos. A pesar de la batalla cercana, el hotel estaba lleno de empleados de uniforme que atendían todas sus necesidades.

Cuando Ghouri preguntó cómo podían permitirse el lujo de mantener un servicio tan impecable, un camarero vestido de color azafrán respondió: “Somos un hotel de cinco estrellas, señora. Debemos mantener nuestra calidad en todo momento”.

Al final, los intensos combates fueron demasiado y el hotel del Valle de Swat, perteneciente a la cadena Serena, del Fondo Aga Khan de Desarrollo Económico, permaneció cerrado más de un año. Volvió a abrir en abril de 2010, después de que el Ejército pakistaní hiciera retroceder a los guerrilleros.

Hoy, la cadena pretende ampliar sus operaciones nada menos que en el asolado Afganistán, donde el hotel de cinco estrellas que posee en Kabul ha sufrido impactos de cohetes de los talibanes, el asalto de masas de alborotadores y un atentado mortal que provocó grandes daños.

CIRCUITO TURÍSTICO. El precio más barato de una habitación en el Kabul Serena es 356 dólares (unos 270 euros) la noche, a cambio de dormir a salvo de las muchedumbres alborotadas, el ruido de la calle y las alcantarillas pestilentes. Puede que sea una muestra de ciego optimismo, pero Serena quiere crear lo que denomina un “circuito turístico” en Afganistán, con posibles hoteles en Herat y Mazar e Sharif.

Es un nicho específico: los Ritz-Carlton de los Estados fallidos. Serena posee 35 hoteles, centros de vacaciones y bungalows en nueve países, en su mayoría auténticas avanzadillas del lujo y las cinco estrellas en países cuyos residentes viven sin estrella alguna. El más reciente establecimiento inaugurado por esta cadena se dio el pasado noviembre, en el solar de una fábrica de zapatos de la era soviética en Tayikistán.

Serena no limita sus actividades a lugares peligrosos, pero la cadena tiende a instalarse en los confines políticos del mundo debido a la voluntad de su extraordinario benefactor. El príncipe Karim Aga Khan, de 75 años, con una fortuna personal que se cifra en 2,700 millones de dólares, es el líder espiritual de los 15 millones de musulmanes ismaelíes del mundo, seguidores de una rama chiita del islam que lo considera descendiente directo del profeta Mahoma.

Creó la cadena Serena en los 70 del siglo pasado en África, y de allí pasó a abrir hoteles más próximos a las grandes comunidades ismaelíes de Asia Central.

Hoy, Serena presume de su peculiar estrategia de negocio, que consiste en combinar la cooperación al desarrollo con la búsqueda de beneficios.

“No es que pretendamos perder dinero”, dice el director ejecutivo de Serena, Mahmud Jan Mohamed, “pero nuestros objetivos son diferentes a los de otras empresas hoteleras. Estamos encantados de abordar proyectos difíciles”. “El propio Aga Khan ha explicado que la participación de Serena en Estados con dificultades y zonas que acaban de sufrir guerras pretende aportar un ‘visto bueno a las inversiones’ con el fin de atraer más capitales extranjeros”, dijo en 2006, durante la inauguración del Serena de Kampala, Uganda, “nuestra meta es no solo construir un edificio bello y llenar sus habitaciones de turistas, sino hacer además una inversión estratégica que muchos inversores privados se resistirían a hacer”.

OTROS EJEMPLOS. Es una visión bastante similar a la de la cadena de hoteles Hilton en los 50, cuando el Departamento de Estado estadounidense pensó que abrir modelos occidentales de modernidad y comodidad en escenarios exóticos podía impulsar la estabilidad económica y política en medio del miedo al ascenso de la influencia soviética. Washington llegó a financiar parte de la expansión exterior de Hilton mediante el Plan Marshall y canalizó millones de dólares a través del programa de Operaciones Inmobiliarias en el Extranjero para pagar la construcción de hoteles en lugares como Bagdad, Berlín, El Cairo y Estambul.

Hoy, en Afganistán y Pakistán -donde Serena posee nueve hoteles, entre ellos su buque insignia, celosamente custodiado, en el centro de Islamabad-, los establecimientos cuentan con la financiación y son en parte propiedad de la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial y la institución noruega de ayuda al desarrollo Norfund.

La filosofía de Serena se pone verdaderamente a prueba en sitios como Quetta, Pakistán, el cuartel general de los talibanes al sur de la Línea Durand.

La zona, que es el corazón de la red Haqqani, es un foco de terroristas islámicos y atentados suicidas, además de rebeldes separatistas baluchis. Pero el hotel, construido con unos muros curvos de barro típicos de la arquitectura local, es un refugio de frescas losas de mármol y patio repletos de flores.

Las áreas públicas están decoradas con madera y ónix y tienen tres restaurantes, una piscina y dos suites presidenciales de lo más elegantes. Sin embargo, su opulencia y sus comodidades no pueden impedir que, desde el exterior, se parezca a un cuartel militar.