En Brasil, la pelota siempre se está moviendo. Se mueve sobre el pasto y sobre la arena, sobre concreto y sobre adoquines. En ocasiones, durante la temporada de lluvias, incluso se mueve sobre el agua.
El soccer organizado, el tipo que el equipo nacional brasileño jugará el año próximo en la Copa Mundial, es conocido como “futebol” en portugués. Pero la variedad informal, del tipo jugado en las ciudades y en el campo, es llamada “pelada”, un término que los hombres brasileños también usan para referirse a una mujer desnuda.
Una noche en septiembre, el portero de un hotel que esperaba jugar en un partido en el barrio de Flamengo explicó la extraña simetría de esta manera: “El fútbol y las mujeres”, dijo, “son las dos únicas cosas que realmente amamos”.
El portero estaba parado sin hacer nada al lado de una cancha de asfalto. La cancha estaba iluminada por tres tenues postes de luz y el brillo de la luna. Eran casi las 11:00 de la noche y, en la distancia, las luces de los barrios Glória y Catete parpadeaban.
No había una multitud. Antes de la medianoche, el partido incluía a estudiantes, trabajadores diurnos y vagos de la playa; después de medianoche, llegaron ayudantes de camareros, meseros y valets, quienes patearon y corrieron y sudaron hasta el amanecer. Algunos jugaban con zapatillas deportivas. Otros jugaban descalzos, y las ampollas en sus talones eran un nudoso recordatorio de su devoción.
Uno de los jugadores, un adolescente llamado Lucas Daniel, de plano no tenía zapatos. Jugaba lánguidamente, recorriendo la cancha de un lado a otro con sus callosas plantas. Su equipo fue derrotado rápidamente. Después, se sentó con su primo Diego y señaló el costado de su pie. “Mi dedo se me dislocó una vez”, dijo. “La pelota lo golpeó duramente, y simplemente se dobló. Dolió mucho, lloré”.
Se rió. “Pero luego lo coloqué de nuevo en su lugar. Y seguí jugando”.
DENTRO DE LA “QUADRA”. La pelada ha sido siempre parte de la cultura brasileña, y se ha adaptado al rostro cambiante del país. En Sao Paulo, por ejemplo, centro de la pelada era en las orillas de los dos ríos de la ciudad, el Pinheiros y el Tietê. Los jugadores corrían rápidamente al lado del agua en partidos que eran conocidos colectivamente como “futebol de varzea”, o fútbol de la vega.
Conforme Sao Paulo se desarrolló para convertirse en un centro empresarial sudamericano, sin embargo, se transformó en una ciudad enorme, un laberinto de edificios de concreto y calles enredadas. Eso significó que el espacio abierto adquirió un costo elevado y, por tanto, ahora los juegos se han trasladado frecuentemente a canchas rodeadas por cercas de metal. Estas jaulas se llaman “quadras”.
Una quadra se ubica en una intersección de tráfico intenso en el barrio de Vila María, un área de clase obrera en la parte norte de la ciudad. Al principio, los jugadores eran todos hombres. Esto es lo común; la enorme mayoría de los partidos incluyen solo a hombres.
El juego era en su mayor parte irregular, con poca defensa e incluso menos momentos de calidad. Fue solo cuando una chica, Clara Chaves, regresó de un descanso para tomar agua en una gasolinería cercana y se unió de nuevo al partido que el nivel aumentó.
Chaves usaba una camiseta del Palmeiras. Tiene 14 años y juega para uno de los equipos femeninos del club en una liga regional. Admitió que su liga, y el soccer femenil en general en Brasil, era una obra en proceso. No hay liga nacional, y las mujeres más talentosas, como Marta, una jugadora del año mundial por cinco veces, se ganan la vida en el extranjero.
Sin embargo, Chaves sueña, como los muchachos, y fue ágil y agresiva en la cancha. Anotó dos goles en unos cinco minutos.
Chaves empezó a jugar en esta cancha cuando tenía nueve años, dijo, y le llevó un tiempo sentirse cómoda.
Inicialmente, los muchachos y los hombres la agredían. Le daban empujones. Le metían el pie, en ocasiones estaba tan cerca de la cerca que chocaba contra el metal oxidado.
Este día, sin embargo, fue la mejor jugadora en la cancha. Su equipo ganó. Luego ganó de nuevo. Después ganó otra vez. Durante una hora, la única mujer en la quadra nunca dejó la cancha.
“Los muchachos me tratan así al principio porque piensan que tienen algún derecho sobre el juego, como si éste fuera su barrio y ellos fueran los únicos que quieren estar aquí”, dijo. “Muchos hombres piensan así. Quizá algún día cambiará”.
PERSIGUIENDO EL SUEÑO. Debe decirse: la pelota siempre ha tenido significado, siempre ha resonado mucho más allá de un pie y un gol y un partido. Como un ejemplo, algunos creen que las raíces del apego de Brasil por el “joga bonito”, o el principio de que uno debe “jugar bellamente” o no hacerlo, nació de la larga historia de racismo del país.
Hubo un tiempo, dice la teoría, en que un brasileño de piel oscura ni siquiera podía tocar a un hombre blanco sin temor al desquite o el castigo. Debido a eso, dicen algunos, las fintas y contoneos sedosos, ágiles y elegantes que los jugadores brasileños pulieron mientras jugaban pelada fueron desarrollados como una forma de supervivencia: El objetivo era poder eludir a un oponente sin siquiera mirarlo, no fuera que se violara un código social.
Ahora la pelada sigue siendo una forma de escape. La idea de un jovencito pobre que encuentra la fama y la fortuna después de ser descubierto en una barriada está muy gastada, sin duda, pero es así porque sigue habiendo verdad en ella: Brasil está anualmente entre las naciones que exportan más jugadores a las ligas profesionales extranjeras (casi 300 en 2011, según un estudio reciente), y cientos más juegan por diversos salarios en el sistema de ligas del país.
En lugares más remotos como Manaos, la ciudad principal en el Amazonas, los jóvenes jugadores a menudo dejan su hogar, viajan al sur a ciudades más grandes siguiendo el consejo turbio de un explorador o representante de uno de los equipos más grandes del país. No hay garantías de éxito o incluso alojamientos básicos en estas situaciones, y abundan las historias de horror. En 2012, el club del estado de Sao Paulo Portuguesa Santista fue multado por un tribunal brasileño por poner en riesgo la seguridad de niños, según un informe del Centro de Periodismo de Investigación Brasileño Pública.
Los detalles fueron desconcertantes: Una docena de adolescentes habían dejado sus casas en Pará, en el Amazonas, para ir a la ciudad de Santos en base a una promesa de un descubridor de talentos de que podían jugar en un torneo juvenil ahí. Una vez que llegaron, fueron metidos en una habitación diminuta, les dieron tres colchones para compartir y, en un período de varios días, no les dieron comida. Una vez que intervino el tribunal, se ordenó a Portuguesa Santista que dejara ir a los chicos a casa o los pusiera en un hotel adecuado y los alimentara.
En muchas formas, sin embargo, no importa. Los jovencitos siempre querrán perseguir el sueño, abordando uno de las incontables pequeñas embarcaciones que parten del puerto de Manaos, y durmiendo en diminutas hamacas colgadas del techo durante días hasta que llegan a la siguiente escala en su búsqueda de quizá, posiblemente, ser descubiertos. Para ellos, eso es lo que representa la pelada.
“No hay un jugador famoso que el mundo conozca que haya surgido de Manaos”, dijo un jugador joven talentoso, Kaleb Campelo, un día de agosto. “Pero eso no significa que no pueda haberlo algún día”.