VIUDEZ. Cuando María Carla enviudó acababa de cumplir cuarenta años. En medio de su dolor, y enamorada como estaba, levantó un altar en su pecho para adorar eternamente al difunto y puso llave a su corazón. El dolor y el riguroso luto que se impuso serían los mejores guardianes del recuerdo de su marido, aquel hombre bueno y apasionado, sobre todo apasionado, que, además, era trabajador y visionario.
Aunque el tiempo secó sus lágrimas no quitó el luto de su alma, y María Carla, Carlita, como le decían sus vecinos, vio pasar uno a uno los siguientes quince años en la más casta soledad, quince años que, sin embargo, no marchitaron su espectacular belleza, ni sus ansias de vivir.
De padre español, Carlita era hermosa; era una de esas mujeres que pueden derretir el corazón de un hombre con una sola mirada. Cualquier otra descripción se quedaría corta.
Alta, blanca (y hay quienes dicen que la mujer blanca es la reina de las mujeres) de piernas largas y torneadas, caderas abundantes, talle estrecho, pecho generoso, como cántaros de miel, rostro más que bonito y ojos intensamente azules, ojos que, en medio de la tristeza que habitaba en ellos, estaban siempre iluminados por la desinteresada bondad con la que servía a sus vecinos más necesitados. A los cincuenta y cinco años de edad Carlita estaba más viva que nunca, y era asombrosamente bella. Pero la llave que encerró su corazón desde el primer día de su viudez se perdió y Carlita se dedicó a cuidar a su familia y a multiplicar el patrimonio que, hombro a hombro, formara con su marido en aquellos inciertos pero maravillosos años de matrimonio.
Carros, casas, fincas, ganado, dinero, madera y camiones hacían de Carlita una mujer rica. Además, era buena, amigable y solidaria y por eso sus vecinos la querían. Ella era el alma de la aldea El Salitre, aquella hermosa y medieval aldea de Maguare, en el departamento de Intibucá.
Pero un día, Carlita desapareció. Sencillamente, se fue de su casa, dejó la aldea, se olvidó de todo y nadie la vio en los siguientes treinta días.
¿Qué había pasado con Carlita?
¿Dónde estaba?
¿Por qué había dejado atrás todo por lo que había luchado durante toda su vida sin que, aparentemente, le importara?
¿Qué desgraciada tormenta se había desencadenado en el corazón de aquella mujer de hielo y de fuego?
SOLEDAD. Quince años de soledad son, en ciertos aspectos de la vida, una eternidad. Como si fueran cien años, y como diría García Márquez, Carlita se sintió olvidada, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable, que ella conocía muy bien porque era el olvido de la muerte.
Llegó el día en que necesitó compañía, con la compañía el cariño y con el cariño… ¡el amor! ¡Estaba viva! Sentía palpitar sus hormonas como las sintió palpitar hacía mucho más de veinte y en su sangre hirvió ese fuego natural e invisible que solo se apaga con amor. Como dijo la anciana que entrevistaron Jorge Quan y Felipe Pierrot, “nada más natural”. Y pasó lo que tenía que pasar: Carlita se enamoró. A sus cincuenta y cinco primaverales años, se enamoró por segunda vez.
ÉL. Se llamaba Roberto. Era un Adonis, con algo de Brad Pitt y de Juan Ramón Molina. Era un mago con la lengua, según cuenta una amiga de Carlita a la que ella le confiaba su felicidad. ¡Decía cosas tan hermosas! Y, además, Roberto era un volcán, como uno de esos volcanes islandeses en permanente erupción, un Eyjafjallajökull o un Hvannadalshnjúkur.
Alto, fornido, sin ser musculoso, blanco, agradable, dulce y vigoroso. De envidiable porte varonil, corte militar, mirada serena, secretamente maliciosa, acento firme y salamero, con algo de don Juan Tenorio y mucho de Giovanni Giacomo Casanova, Roberto era la receta infalible para hechizar mujeres, sobre todo, solteras, solitarias, adineradas y de cierta edad. Y Roberto tenía solo diecinueve años. Treinta y seis años menos que Carlita.
Así, ella era otoño en la vida de Roberto y él era dulce primavera… ¡Es el amor lo que importa y no lo que diga la gente!
Carlita lo amó, con esa locura del primer amor, con esa pasión de la primera edad, y se entregó a él en alma, cuerpo, pensamiento y voluntad, y Roberto se esforzaba por hacerla feliz.
A su tierna edad no debía esforzarse mucho. La Naturaleza es la mejor aliada de los hombres a esa edad. Era el mes de septiembre de dos mil doce. El pasado quedaba atrás. La llave de su corazón había aparecido y el luto se esfumó. ¡La vida es bella y vale la pena vivirla! Carlita era feliz.
Sin embargo, aquella felicidad que debía ser eterna, no duró mucho. A finales de abril de dos mil trece, algo se interpuso entre Carlita y la felicidad. Un misterio insondable corrió por las calles polvorientas de El Salitre, metiéndose en las casas e infectando el corazón de los vecinos. Carlita había desaparecido. Sencillamente, no estaba más en la aldea, había dejado su casa, aquella hermosa casa donde fue tan dichosa.
RARO. Para sus vecinos aquello era extraño. Carlita no dejó El Salitre ni en sus peores momentos, porque también los tuvo, y menos lo dejaría ahora en que Roberto le había dado una nueva razón a su vida. A los diez días de su ausencia, empezaron los rumores, y a alguien se le ocurrió llamar a la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC).
LOS DETECTIVES. Lo primero que encontraron los policías fue aquella enorme casa vacía, aunque no del todo. La llenaban la preocupación, las lágrimas y la desesperación de Roberto. Y le hacían compañía los lamentos sinceros de los vecinos.
Dijo Roberto que el día de la desaparición él se despidió de su mujer con un beso, como hacía todas las mañanas en que iba al colegio, que ella estaba alegre y que le prometió un almuerzo delicioso. Al regresar no la encontró. Aunque su ausencia le extrañó, pensó que Carlita andaba por ahí, en algún asunto de sus negocios o visitando a su especial amiga, y no se preocupó. Tampoco se preocupó al caer la noche porque imaginó que Carlita viajó de emergencia y que regresaría al día siguiente. No la llamó porque seguramente estaba ocupada y no quería interrumpirla. Ella se comunicaría con él. Pero cuando pasaron diez días, empezó a desesperarse.
“¿Por qué no avisó a la Policía?”
Roberto, por esa inocencia de la edad, no imaginó nunca que algo malo le hubiera sucedido a Carlita. Pero ahora estaba celoso. ¿Se habría fugado con alguien?
¿Compartía Carlita su corazón, su hermosura y su lecho con otro hombre? ¿Era eso posible? No sabía qué decir. Su corazón estaba a punto de estallar con la angustia.
MISTERIO. ¿Qué había pasado con Carlita? Los detectives no sabían por donde empezar las investigaciones. Si ella se había marchado por su propia voluntad, era lógico que se hubiera despedido de alguien; además, alguien, en alguna parte, la hubiera visto. Si tenía otro amor, en aquella aldea tan pequeña eso hubiera sido un notición. Su amiga dijo que Carlita era mujer de un solo hombre, que estaba enamorada de Roberto y que sería incapaz de ver para otro lado. Los detectives estaban ante un misterio. Entonces se les ocurrió entrevistar a los empleados de Carlita.
Supieron que la pareja peleaba mucho, que Carlita, pasiva como era, explotaba como dinamita cuando estaba furiosa, y celosa, y desde hacía mucho estaba furiosa con Roberto.
“¿Por qué?”
Porque se decía que Roberto tenía, entre sus muchas virtudes, la indeseable virtud del garañón. Un amigo de Roberto dijo que era como cierto Comisionado General de la Policía, amigo nuestro, que dice que él es como el zopilote, que cualquier carroña come. Y, así como de lo sublime a lo ridículo solo hay un paso, de seductor a carroñero también. Roberto había dado el mal paso. Carlita sospechaba que Roberto tenía otra mujer en una aldea cercana, una bella e inocente niña de escasos dieciocho años. Roberto lo negaba.
“¿Escuchaba usted los pleitos?”
“¡Uh!, sí; casi todas las noches”.
“¿Golpeaba Roberto a la señora?”
“No, eso si que no”.
“¿La amenazó alguna vez?”
“Solo con dejarla, señor; nada más”.
Los vecinos estaban furiosos. Ahora sospechaban de Roberto. Este, con lágrimas en los ojos, lo negaba todo. ¿Cómo hacerle daño a la mujer más maravillosa de todas las mujeres?
“¿Le daba dinero Carlita a Roberto?”
“¡Uh! Claro que sí”.
“¿Está segura?”
SOSPECHAS. Los detectives vieron a la muchacha, le tomaron algunas fotografías y estuvieron de acuerdo en que era muy bonita. ¿Tenía ella algo que ver con la ausencia de Carlita? ¿Se habría decepcionado tanto la dama que mejor escapó para dejar el camino libre a su rival? Si era así, ¿dónde estaba enjuagando las lágrimas de su corazón? Los detectives estaban inquietos.
“¿Por qué no llamó Roberto a su mujer al ver que no regresaba a la casa?”
“¿Por qué esperar a que ella llamara?”
“¿Por qué pensaban mal de él los vecinos?”
“¿Por qué parecía que sus lágrimas no eran tan sinceras?”
“Lástima grande que no podemos presionarlo, como hacían los del DIN… Me gustaría saber si esconde algún secreto este caballerito”.
Esa tarde no pudieron más. Se enfrentaron a Roberto y este negó todo tan convincentemente, que los detectives se rindieron. Pero los detectives tuvieron una idea. Revisaron el cuarto de la pareja. Allí estaban las cosas de Carlita. Su desodorante, sus perfumes, sus bikinis, su maquillaje, sus carteras, las tarjetas de banco, sus zapatos, sus joyas. Sus lentes para leer. ¿Cómo alguien emprendía un viaje sin cosas tan elementales como el desodorante y los lentes, por ejemplo?
“Creo que este gallito nos está engañando -dijo un detective-. Me parece que es hora de sacarle la lengua”.
“Vamos a decirle que ya hablamos con la novia y que ella nos contó que la mataron entre los dos y que la fueron a enterrar lejos… Así se va a derretir… Si no funciona, hay que buscar en otro lado”.
VISITA. Los vecinos querían linchar a Roberto. Estaban listos para entrar a la casa y sacarlo por la fuerza. Ya no creían en él. No importaba que la Policía estuviera en la aldea.
“Si la gente entra a la casa lo va a matar -dijo un detective-. Hay quienes quieren quemarlo vivo”.
“A mí se me hace que este jodido la mató… Y que la noviecita tiene mucho que ver en esto…”
Roberto temblaba. Ya no lloraba. Ahora solo temblaba. Su porte varonil, su gallardía y sus dotes de macho se habían esfumado. Estaba más blanco que de costumbre y sus ojos bailaban en sus órbitas, seguramente al ritmo del miedo.
“¿Cómo la mataste?”
El hombre se humedeció los resecos labios con la lengua.
“¿Cómo la mataste?”
El grito del detective lo estremeció. La Policía acababa de violar los derechos humanos de aquel inocente. Lo estaba hostigando, presionándolo, acusándolo aun a sabiendas de que era inocente hasta que no le demostraran lo contrario.
RESPUESTAS. “Ya la novia nos contó todo. ¿Para qué seguir contemplando a este basura?”
La voz del detective se escuchó como un estruendo. Rebotó entre las paredes y, si entró a los oídos de Roberto, es algo que no se sabrá. La verdad es que el muchacho se derrumbó.
Le dijo que quería que lo acompañara a ver como ordeñaban las vacas. Carlita aceptó. Salieron juntos temprano y caminaron hasta los corrales, sin embargo, en una parte solitaria del camino, un amigo de Roberto salió de entre las sombras y, con un garrote, golpeó a Carlita en la cabeza.
Desmayada, la asfixiaron hasta matarla. Una vez muerta, arrastraron el cadáver kilómetro tras kilómetro, entre los bosques de El Salitre. Al llegar a cierto lugar, cavaron una tumba, tiraron a Carlita en ella y le rociaron gasolina, le pusieron leña seca encima y le prendieron fuego. Luego regresaron a la aldea como si nada. Carlita había desaparecido. Eran los últimos días del mes de abril de dos mil trece.
El veintiuno de mayo, los vecinos no volvieron a ver a Carlita. Roberto no soportó la presión. Llevó a la Policía hasta la tumba de su compañera. Allí estaba ella, donde la había dejado. Pero era un enorme y deforme carbón humano, tenía los dientes pelados, el rostro como una máscara negra y siniestra, la piel, o lo que quedaba de su piel, cayéndose a pedazos de los huesos, la carne que se había salvado del fuego, devorada por los depredadores y los dedos de las manos en los puros huesos. Su belleza, aquella impresionante y deseable belleza, se había perdido para siempre. Lo que quedaba de ella era una grotesca masa gelatinosa de restos humanos. A eso la llevó el amor.
Una anciana que conoció y quiso mucho a Carlita comentó:
“El amor a veces trae la muerte; siempre ha sido así”.
Y Carlita murió por amor.
¡No!
Murió por ambición.
¿Qué motivó a Roberto a darle muerte?
Según se supo en las declaraciones, su novia, de la que estaba locamente enamorado, le dijo un día que deseaba irse a vivir a la casa de Carlita. ¿Cómo? Ese no era asunto suyo. Roberto sabría como complacerla.
Entonces Carlita se convirtió en un estorbo. Ahora Roberto era el amo y señor de su vida y de sus bienes y podía hacer con ellos lo que deseara. Entonces, decidió matarla. Ahora, la novia dice que se lo dijo en broma. Sea como sea, los tres están presos en La Esperanza.
Pronto, Roberto y su amigo, el del garrote, se convertirán en inquilinos de la cárcel de máxima seguridad en la penitenciaría de varones de Támara. La novia es esperada en la cárcel de mujeres. No estarán muy lejos uno del otro y, con algo de inteligencia, podrán verse de vez en cuando. En El Salitre, la indignación y la cólera siguen vivas. El recuerdo de Carlita, aquella mujer maravillosa y buena, no se apagará jamás.
La anciana, sabia con sus ochenta y tantos años encima, concluyó:
“El corazón humano es bueno, pero también es perverso. Las mujeres siempre debemos estar alertas por eso que se esconde en el lado oscuro del corazón del hombre”.