PREGUNTAS. ¿Sabían ustedes, estimados lectores y lectoras, que existió, en otro tiempo, el reino de La Mosquitia, que este reino se extendía desde Cabo Cameron, en Honduras, hasta el río Matagalpa, en Nicaragua y que, desde 1625 hasta 1865 fueron independientes y poderosos, tanto, que los invasores y explotadores españoles jamás pudieron dominarlos? ¿Sabían ustedes, además, que en 1625, el Rey Carlos I de Inglaterra recibió en audiencia especial al Rey Oldman, en Londres, donde fue tratado con la dignidad de su cargo? Y, ¿sabían ustedes que, desde 1978, Norton Cuthbert Clarence, es el Príncipe Heredero del reino de La Mosquitia, con derechos legales que puede transmitir a sus descendientes?
HISTORIA. Se dice que los misquitos son originarios de Asia, de América del Sur y hasta hay quienes aseguran que tienen raíces en la lejana India. Según Jairo Wood, profesor de Estudios Sociales e historiador del Instituto Renacimiento de Brus Laguna, “antes de la llegada de los españoles a estas tierras ya existían tribus indígenas que tenían sus propias costumbres, creencias y dialectos”.
Se dice, además, que los misquitos deben su nombre a un gran guerrero antiguo llamado Miskut que, como guía de su pueblo, llegó a las orillas de una gran laguna de agua dulce a la que bautizó Drapahpatara, Gran Pantano, pero la que tuvo que abandonar en verano porque el agua se volvió salada. Enojado, dejó el lugar, pero no todo el mundo lo siguió. Después de muerto, a su gente empezaron a llamarla Miskut Uplika Nani, “La gente de Miskut”. Tiempo después, los Tawakas empezaron a llamarlos Miskut u, y ellos mismos le agregaron a este vocablo las letras “tu”. De ahí proviene Miskutu que, con el tiempo, derivó en Misquito.
REALIDAD. Hoy, los casi setenta mil misquitos que viven en Honduras, específicamente en la zona de Gracias a Dios, son la etnia más grande del país y, quizás, la más abandonada. Su pobreza debería ser una vergüenza para el Estado que, como principio fundamental predica que su fin fundamental es el bienestar de la persona humana, una demagógica frase que ya no convence ni a los románticos más fanáticos o empedernidos, ya que el abismo que separa a ricos y pobres es más ancho cada vez, estimulado por las equivocadas políticas de Estado y, por desgracia para todos, es causa de la mayoría de los males sociales que padece Honduras.
GALDÁMEZ. Edgardo Galdámez fue el primer agente de investigación criminal que llegó a La Mosquitia. Al principio trabajó solo y, para pasar un poco el tiempo, se dedicó a aprender misquito, a hacer turismo interno y, a veces, a admirar a una que otra misquita, bella y voluptuosa como son todas, hasta que un anciano sabio y venerable le advirtió que con la “Sica” no se juega y que el día en que una miskita le echara el ojo, podía irse olvidando del mundo y de las demás mujeres del planeta. Santo remedio.
CASO. Era el mes de agosto de dos mil cuatro, hacía calor, a pesar de la brisa fresca que soplaba de la laguna y Galdámez revisaba los documentos de un caso, demasiado raro para su entender, que le había presentado al fiscal. El ejercicio de la mañana había evaporado su desayuno, le habían negado el permiso para viajar a Tegucigalpa, a reencontrarse con el mundo, y estaba de mal humor. Sin embargo, la pasión por su trabajo era una especie de consuelo que lo tenía anclado en su puesto y que lo hacía dejar las quejas a un lado.
El caso era raro en sí. Una mujer de Prumnitara denunció a su marido en la Dirección Nacional de Investigación Criminal. El marido se quería separar de ella, después de muchos años de matrimonio, de innumerables penurias y de varios hijos, y ella exigía de él una indemnización porque no era justo que después de tanto tiempo, él le pagara con las monedas de Judas.
“¿Cuál es su denuncia, señora?”
Galdámez recordó que su voz había sonado cansada. La mujer hablaba con ese acento característico de los misquitos, mezclando español con su propia lengua en una retahíla de frases y palabras que el detective apenas podía descifrar.
“Mi marido me quiere dejar, pero para que se vaya con esa zorra tiene que indemnizarme antes”.
“¿Qué tipo de indemnización exige usted, señora?”
Galdámez se armaba de paciencia.
“Vivimos juntos siete años. En esos años yo le serví de mujer cada vez que a él se le antojaban las ganas, incluso hasta cuando andaba en mis días. Al principio me usaba hasta cinco veces al día. Después, me lo hacía varias veces a la semana”.
Galdámez levantó una mano sudorosa y detuvo la perorata de la mujer. Esta estaba furiosa, le chispeaban los ojos y de su boca salían las palabras fundidas en el fuego de la ira que la devoraba por dentro.
“¿Qué es lo que usted exige, señora? ¿Por qué viene a denunciar a su marido?”
“Lo que yo exijo, señor policía, es que mi marido me pague todas y cada una de las relaciones sexuales que tuvo conmigo en estos siete años de matrimonio, y quiero que me pague cien lempiras por cada una”.
Galdámez se quedó mudo de repente. La mujer hablaba tan en serio y aquella demanda era tan extraña que, por un momento, no supo si mandar a la mujer con su berrinche a otro lado, o reírse en su propia cara. Por supuesto, cualquiera de las dos cosas hubiera enfurecido más a la mujer, y aquella mujer era de cuidado. Galdámez se mordió la lengua. ¡Qué forma más original de hacer perder el tiempo a la autoridad!
ARREGLO. La mujer no paraba de hablar. Lo bueno es que no desvariaba y se mostraba convencida de cada cosa que decía.
“Quiero cien lempiras de indemnización por cada vez que le di sexo a este hombre –siguió diciendo la mujer–. Es cosa sencilla: sacamos las cuentas, sumamos y me paga. Después se va. Es todo lo que pido.”
El fiscal, acostumbrado como estaba a aquellas rarezas, llamó al marido, este dijo que el Consejo de Ancianos de La Mosquitia, el poderoso Tribunal cuyas decisiones son inapelables, aun por el mismo gobierno, le sugirió que negociara, o se preparara para ir a la cárcel, y que estaba allí para negociar. Dijo que no podía pagarle cien lempiras por cada vez que tuvo sexo con su esposa, que ya habían sacado cuentas, aproximadas y que habían llegado a un acuerdo.
La mujer aceptaba que la habían hecho unas doscientas cincuenta veces como mínimo y que aceptaba por todo cinco mil lempiras, a razón de veinte lempiras cada una. Puestos de acuerdo, el hombre le entregó una vaca, un cerdo, un perro, un cuchillo y lo demás en efectivo. Y el caso se dio por cerrado.
Cuando terminó de releerlo, Galdámez sonrió, se recostó en el espaldar del sillón y estiró los brazos. Iba a soltar un largo bostezo, cuando una sombra enorme se interpuso entre él y la luz de la puerta. El susto casi lo saca de su asiento.
LA DENUNCIA. La mujer estaba histérica, lloraba desesperadamente y hablaba en misquito tan rápido que parecía que sus palabras salían por el cañón de una metralleta. Sus gritos se oían por todas partes y Galdámez se quedó sordo por unos momentos. Como había progresado mucho en su aprendizaje del misquito, se esforzó por entender algo de lo que le decía la mujer, pero tuvo que conformarse con lo poco que descifraba su cerebro.
“¡Cálmese, señora, que no le entiendo nada!”.
El grito de Galdámez compitió con la desesperación de la mujer. Ahora se jalaba los pelos de la cabeza, se golpeaba la cara, miraba a todas partes con ojos que parecían querer salirse de sus órbitas y sus gritos y su llanto mostraban más aun su angustia. Galdámez le ayudó a sentarse y le trajo un poco de agua. La mujer tiró el agua a un lado, de un manotazo, y se puso de pie. Su aliento pesado asaltó la nariz del detective y entre ellos se formó un arco iris al atravesar la luz del sol la brisa de saliva que salía de su boca. Galdámez retrocedió un paso.
La mujer era hermosa, de bonita cara, senos como cántaros de miel y largas y torneadas piernas que salían sensuales de las generosas caderas. Pero estaba desesperada y Galdámez imaginó que algo realmente grave le había ocurrido.
En lo poco que había entendido, supo que la mujer venía a denunciar a su marido, y le exigía a la Policía que lo capturara de inmediato porque le había robado.
“¿Qué le robó su marido, señora?”
El miskito del detective era claro, y la mujer respondió de inmediato. Pero Galdámez se quedó como al principio. No le entendió nada.
“¡Cálmese, señora! ¡Si no se calma no voy a poder ayudarle!”
La mujer lo miró fijamente, guardó silencio por un segundo y rechinó los dientes. Luego dijo, en misquito:
“¡A mí no me grite! ¿Quién se cree usted? ¡A mí solo mi marido me grita!”
Galdámez entendió perfectamente y, por puro instinto de conservación, retrocedió otro paso. La mujer estaba incontrolable.
“Está bien, señora. Dígame qué quiere que haga la Policía por usted”.
“Capturé a mi marido. Me robó, y si no lo capturan me va a desgraciar la vida para siempre”.
EL ROBO. “¿Qué fue lo que su marido le robó?”
La mujer empezó a calmarse.
“¡Me robó siete pelos de mi vulva!”
Galdámez retrocedió otro paso.
“¿Qué dice usted que le robó su marido?”
“¿Es que usted está sordo? ¡Ya le dije! Se lo estoy diciendo desde que vine pero usted no me quiere entender”.
El miskito de la mujer era ahora más claro y había regulado la cadencia de tiro de la metralleta.
“¡Me robó siete pelos de mi vulva! Tiene que agarrarlo porque si no lo detiene antes de que se haga de noche me va a destruir la vida para siempre”.
Galdámez retrocedió un paso más. Ahora creía que aquella mujer estaba loca y que, por lo tanto, era peligrosa. La puerta de atrás estaba abierta y Galdámez calculó que bien podría salir corriendo por ahí si aquella desjuiciada lo atacaba.
“¿Es que no entiende?”
Galdámez movió la cabeza lentamente hacia adelante, sin despegar los ojos de la histérica víctima.
“Sí, sí le entiendo. Claro.
Su marido le robó.”
La mujer dio un golpe con el pie en el suelo, chupó los dientes, miró al detective e hizo algo que Galdámez no pudo detener. Se subió el faldón del vestido, dejando ante sus ojos las hermosas piernas, se lo arremangó arriba de la cintura, se bajó el blumer y le mostró el pubis.
“¿Ve? ¿Entiende ahora? De aquí me arrancó los pelos. Me los robó cuando yo estaba dormida. Y, ¿sabe para qué los quiere?”
Galdámez no hallaba qué decir. Estaba como hipnotizado. La mujer señalaba con una mano su pubis, inundado de largos vellos negros, y seguía hablando en un sosegado misquito.
“Señora –dijo Galdámez, cuando pudo salir algún sonido de su reseca garganta–, vístase, por favor. Eso no es necesario”.
La mujer se vistió despacio. Galdámez sudaba helado. Aquella visión no se apartaba de sus ojos asustados.
“Agarre a mi marido, señor. Él los quiere para hacerme brujería. Si me hace brujería yo no lo voy a dejar nunca y yo no quiero estar con él obligada.
Agárrelo, señor, y quítele los pelos que me robó”.
Galdámez empezó a calmarse. Llamó a dos policías y se subió al carro. La mujer iba en la cabina de atrás, llorando y rezándole a Wandisi, el Dios Padre.
Galdámez tenía que encontrar al ladrón de pelos o aquella mujer no lo dejaría en paz. La denuncia era seria y la Policía sirve y protege, y no tenía más opción que cumplir con su deber.
PUERTO LEMPIRA. Auya Yari, o Playa Grande, es un municipio hermoso, situado a la orilla de la laguna de Caratasca. Es la cabecera departamental del departamento de Gracias a Dios, mide poco más de ocho mil kilómetros cuadrados, tiene 31 aldeas y 178 caseríos y su población pasa ligeramente las 23 mil personas.
Calles de tierra, casas antiguas, árboles enormes y viejos, el muelle largo que se adentra en la laguna azul como una lengua de madera, la playa de arena casi virgen y el sol intenso que la calcina a pesar de la brisa cargada de sal y de la frescura que viene de las vastas llanuras que apenas superan unos pocos centímetros el nivel del mar.
En esta ciudad tranquila, donde casi no pasaba nada, Edgardo Galdámez vivía su vida día a día, esperando que a sus jefes de la capital se les ocurriera cambiarlo. Por mientras, iba sentado en el asiento del copiloto de la única patrulla que había en Puerto Lempira, escuchando a la histérica mujer que amenazaba con romperle los tímpanos antes de acabar con su paciencia y que por ratos sacaba la cabeza por la ventanilla, desesperada por encontrar al hombre que estaba a punto de desgraciarle la vida para siempre.
EL LADRÓN. Habían recorrido las calles una y otra vez, barrio por barrio, y no habían encontrado nada. Al hombre se lo había tragado la tierra, para desesperación de la mujer y angustia para el detective. Sin embargo, los dioses misquitos no iban a abandonarlo.
Hacia las dos de la tarde, tirado en una cuneta, ahogado de borracho, estaba el hombre, boca arriba, roncando, con la boca abierta, con la cara manchada por un vomito apestoso y acompañado por un perro y por una corte de moscas. La mujer no esperó a que el carro se detuviera. Abrió la puerta y saltó hacia la cuneta. Galdámez apenas pudo detenerla.
“Espere, señora. Deje que la Policía haga su trabajo”.
La mujer no entendía razones, o no comprendía el esforzado y lento misquito del detective. Este le hizo una señal al conductor y, como pudieron, subieron al hombre a la paila del carro. La mujer empezó a tranquilizarse.
Cuando estuvieron en la oficina, Galdámez mandó a llamar al fiscal. Este no tardó en llegar. El caso era en verdad urgente. El sospechoso empezaba a volver en sí.
“¿Reconoce a esta mujer?”
“Sí. Es mi esposa”.
“¿Sabe por qué está usted detenido?”
“Sí”.
“¿Confiesa haberle robado a su esposa siete vellos púbicos, según dice ella, para hacerle brujería y que no lo deje nunca?”
“Sí”.
“Pues, ella quiere que usted le devuelva los pelos”.
“¿Y si no quiero?”
“Entonces tendrá serios problemas”.
El hombre eructó y el ambiente se llenó de un apestoso olor a vómito y a alcohol, mezclado con un poco del aroma a muela podrida. Por un momento pareció reflexionar. Luego dijo:
“Yo lo hice porque la quiero”.
“Pero tiene que devolverle los pelos”.
El ladrón dejó pasar unos segundos.
“Vaya, pues. Se los voy a devolver. Ya no me interesa si no me quiere”.
Dijo eso y empezó a bajarse el pantalón, ante los ojos de todo el mundo; luego el calzoncillo.
“Allí están”.
La maraña de vellos que tenía en el pubis era mayor que la de su mujer, sin embargo, en él se distinguían siete rollos que estaban amarrados con otros vellos púbicos.
“¡Esos son los míos!”
La mujer gritó una vez más.
“¡Me quiere hacer brujería. Se amarra los pelos suyos con los míos para que yo no lo deje nunca, y yo no quiero estar enamorada de él a la fuerza. Quíteselos, señor policía. Si yo se los quito no se va a deshacer el hechizo!”
Galdámez se quedó en silencio por largos segundos. Lo pensó muy bien, se rascó la cabeza y dijo:
“Él se los amarró, pues, que él mismo se los quite!”
El hombre obedeció a regañadientes. Cuando le entregó los vellos a su mujer, esta los escupió, hizo con ellos una cruz en el aire y luego los lanzó hacia atrás. El hechizo estaba roto. Más tranquila, miró agradecida al detective y le dijo, en español:
“Muchas gracias, señor. Se lo agradezco mucho”.
Galdámez abrió los ojos más de la cuenta.
“¿Usted habla español?” –le preguntó.
La mujer le respondió con un sí y le regaló una sonrisa, luego le ayudó al marido a socarse la faja y salió con él del brazo.