Se han cambiado los nombres.
ANA. Solo tenía dieciséis años, y estaba enamorada. En realidad, no hay edad para enamorarse, sin embargo, aún los más grandes amores acaban, y el amor se apagó en el corazón de Ana. ¿Por qué? Solo ella y Dios lo saben.
A esa edad, el corazón es como una esponja. Se empapa de agua, se exprime y queda seco, y se vuelve a llenar. Tal vez eso fue lo que pasó en el corazón de Ana. Lo malo es que Jorge, su novio, no estaba dispuesto a aceptar que ella lo sacara de su corazón.
Él la quería, es más, la adoraba. No solo la tenía pintada, tatuada, mejor dicho, dentro de su corazón; la llevaba en sus venas, en su alma, en todo su ser, y en su cuarto no había centímetro cuadrado de pared que no estuviera cubierto por fotos de Ana. Así la amaba Jorge. Pero ella se alejó de él, despreció su amor y, en su cándida inocencia, Ana no se dio cuenta que hay amores que matan. Y el amor de Jorge era uno de esos.
VIDA. Gloria Frances Stuart (1910-2010), la actriz estadounidense que interpretó a Rose DeWitt Bukater en la película Titanic, en 1997, dijo que “el corazón de una mujer es un océano de secretos”. Y así era el corazón de Ana. Aunque era una cristiana fiel, que era un ejemplo para adolescentes y jóvenes en la iglesia, era también una “amiga especial” de la 18, aunque no participó jamás en actividades delictivas. Sin embargo, los “homies” de la mara la estimaban. Homie significa camarada, colega, amigo, compañero, y viene del inglés Homeboy, que significa “Muchacho del barrio”.
Es así como se identifican entre sí los miembros de la 18. Y así identificaban a Ana sus compañeros. Aunque le duela a muchos, hay que decirlo, Ana llevaba una doble vida, pero no le hacía mal a nadie. Era talentosa, noble y buena, aunque su rebeldía “venía del hogar, donde nace lo bueno y lo malo, donde se aprende a elegir entre el bien y el mal, donde conviven Dios y el Diablo en el carácter de los padres, en lo permisivo de los padres, en lo alcahuete, consentidor o represivo y desinteresado de los padres”.
Esta es una verdad innegable. Lo que son los hijos es el reflejo de lo que somos los padres. Es una lástima, pero es así. No podemos tapar el sol con un dedo. Y en el caso de Ana, como en el de Ángel, Diego, y miles de niños, adolescentes y jóvenes más, a veces, esto se reconoce demasiado tarde… Demasiado tarde porque el que mal anda, mal acaba. Es ley de vida.
AMOR. Aunque ya no amaba a Jorge, Ana seguía enamorada. Se decía que ahora su corazón era de Luis, un homie “de mundo”. Aunque hay quienes dicen que Jorge era posesivo, violento a veces, controlador y dominante, que deseaba esclavizar a Ana, que la quería solo para él y que no soportaba ni siquiera que la tocara la luz del sol, que en Choluteca lo toca todo. Ana era un espíritu libre, y se alejó de él. Pero Jorge no lo aceptó. Rogó, suplicó y prometió, pero cuando los ruegos no fueron suficientes, cuando las súplicas no conmovieron el corazón de Ana y cuando las promesas no fueron creíbles, Jorge chantajeó y amenazó.
¿Qué tenía Jorge en su poder con lo que pudiera chantajear a Ana? ¿Era algo tan grave como para que ella se rindiera ante las amenazas? Parece que sí, aunque nadie lo sabe, a ciencia cierta.
PASIÓN. Aún en el vientre de la madre se han visto actos que la moral cristiana podría catalogar como reprobables. Fetos usando sus manitos en forma que San Agustín y San Pablo reprocharían, pero que Sigmund Freud justificaría como impulso natural del ser humano. Por desgracia, el descontrol de estos impulsos, unido al descuido de los padres, o a su mal ejemplo, a la mala educación sexual y a la nefasta influencia erótica de los medios de comunicación llevan a las nuevas generaciones al fracaso. Tanto así, que casi cinco mil adolescentes parieron en el año 2014 en Honduras. Niñas criando niños. Y, ¿qué decir de los cientos de miles de adolescentes experimentando con el erotismo, con el sexo y con el “yo que pierdo”?
El padre Jesús Valladares, el sacerdote cubano que hizo de Choluteca su primera patria, decía: “Si usted fracasa como padre o como madre, ¿a qué vino al mundo? ¿Qué cuentas le va a dar a Dios en el último día? ¿De qué sirvió su paso por el mundo? Los hijos son una gran responsabilidad, pero esa responsabilidad se cumple cada segundo del día, porque ellos no pidieron venir al mundo, y lo bueno o lo malo que sean, o lo bueno o lo malo que les vaya en la vida, es, en primer lugar, responsabilidad de los padres, les guste o no. Y yo creo que no hay nada peor para un ser humano que ver fracasar a un hijo”. Por desgracia, Ana fracasó. ¿Por culpa de quién? En realidad, aquel que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Jorge. Aunque estaba enamorado, Jorge no era tan bueno como parecía. Bebía alcohol, se drogaba y era compulsivo, violento y, a veces, peligroso. Vivía con su madre, aunque en un cuarto aislado de la casa principal. Allí lo visitaba Ana, y allí la vio por última vez.
“Si no venís ya vas a ver”.
“Yo no quiero nada con vos”.
“Pero yo sí…”
“Pero yo no… Entendelo de una vez…”
Cuando una mujer dice “no”, es no, y el hombre debe respetar este límite. Pero Jorge no entendía que significa “no” y siguió presionando a Ana.
“Bueno –le dijo Jorge, en una llamada, ese día trágico–, si no venís ya vas a ver lo que voy a colgar en Internet…”
Ana se quedó callada.
“¿Sabés qué es, verdad?”
Ana tembló. ¿Qué tenía Jorge en sus manos?
“El chavo tenía un video de los dos haciendo el amor –dice un detective de homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal, DNIC–, y con eso la estaba chantajeando… Es un video muy pero muy comprometedor, y la muchacha sabía que si él cumplía su amenaza, si él lo colgaba en Internet, le haría mucho daño a su reputación, y recordemos que ella era muy querida en su iglesia, aunque también era muy estimada en la 18. Pero esto nadie, o casi nadie lo sabía. Era su doble vida. Aunque le duela a la familia, es la verdad. Lástima que muchos muchachos y muchachas se pierdan en las maras por descuido de los padres…”.
chantaje. “Te lo voy a entregar, pero quiero hablar con vos”.
“Ya no tenemos nada de que hablar”.
“Mirá, si querés que te lo entregue, vas a tener que venir a mi casa… Aquí te lo voy a dar”.
Ana no tenía salida. Aunque no confiaba en Jorge, fue a su casa. No le dijo a nadie. Aunque salía con una de sus hermanas, fue sola esta vez, sin embargo, la hermana que la “apoyaba” se fue detrás de ella. Cuando llegó a la casa de Jorge, le preguntó a la mamá por Ana.
“Está con Jorge en el cuarto –le contestó ella–; déjelos.”
No era la primera vez que la hermana esperaba a Ana en la sala. Pero en esa ocasión las cosas eran distintas. En el cuarto de Jorge empezaron a oírse gritos, pujidos y lloros. La hermana quiso ir a ver que pasaba.
“Dejalos –le dijo la madre de Jorge–, siempre pasa lo mismo. Se pelean y se reconcilian… Dejalos…”
La hermana quiso ir a ver y se puso de pie. La señora la detuvo. En eso, la hermana recibió una llamada. Era Ana.
“¿Qué te pasa?”
Ana sonó desesperada. Le dijo a su hermana.
“¡Mirá que Jorge no me deja salir y dice que me va a matar!”
La comunicación se cortó y la hermana quiso ir al cuarto, pero la madre de Jorge volvió a detenerla. Entonces, la hermana decidió llamar a su hermana mayor, y después, esta llamó a su otra hermana. No tardaron en llegar a la casa de Jorge. Con ellas iba el esposo de una de ellas, con un niño en los brazos.
“¿Qué es lo que pasa? ¿Dónde está Ana?”
“Allí está en el cuarto de Jorge. No la quiere dejar salir”.
El grupo salió al patio y se acercaron al cuarto del muchacho, una construcción de bloques con techo de zinc y puerta de metal. Tocaron y tocaron pero nadie respondió. Ya no se escuchaban ruidos y la mamá de Jorge los amenazó:
“Si ustedes rompen esa puerta voy a llamar a la Policía porque esto es propiedad privada”.
cuarto. Ante esto, se contuvieron y se limitaron a seguir tocando la puerta. Pero nadie respondía. Entonces, el cuñado de Ana trató de ver al interior por la separación que había entre el techo y la pared, aunque era incómodo, alumbró con un foco y lo que vio le sacó un grito del pecho. Sobre la cama había un bulto, algo parecido a un cuerpo humano que estaba cubierto con una sábana. No se veía nada más. Bajó y trató de ver por la rendija que quedaba entre la pared y la puerta de metal. Entonces vio a Jorge saliendo de debajo de la cama.
“¡Hay que botar la puerta!”
“¡Ustedes botan esa puerta y los meto presos…!
En eso se abrió la puerta del cuarto, el cuñado de Ana entró, empujó a Jorge y se acercó a la cama. Detrás de él venían las muchachas. Jorge salió del cuarto corriendo, abrazó a su mamá, le dio un beso, y le dijo:
“¡Perdóneme, mamá! ¡La quiero mucho!”
Dijo esto y salió de la casa, corriendo. Los gritos en el cuarto se oyeron por todo el barrio. Una de las hermanas de Ana salió corriendo detrás de Jorge.
“¡Jorge! ¿Qué fue lo que hiciste?”
Jorge la miró, sin detenerse, y había en sus ojos “la mirada del diablo”. No lo pudieron alcanzar.
Mientras tanto, trataban de resucitar a Ana, dándole los primeros auxilios. De pronto, Ana vomitó. Solo había comido un churro y bebido una banana. Era lo único que tenía en el estómago cuando decidió venir a la casa de Jorge. Y la presión del aire que le inyectaban tratando de devolverle la vida, la hizo vomitar. Pero ya estaba muerta. Nada podía hacerse por ella. Aún así, creyendo que el vómito era buena señal, la sacaron del cuarto y la subieron en un taxi para llevarla al Hospital del Sur. Alguien había llamado a la Cruz Roja y ya venía por ella una ambulancia. La pasaron del taxi a la ambulancia. De nada sirvió. Ana estaba muerta.
¿Qué había pasado en el cuarto? En realidad, nadie lo sabía.
“Mire, Carmilla –dice el detective de homicidios de la DNIC–, ellos pelearon, discutieron y él se puso violento, y la atacó. Creemos que él estaba drogado. Atacó a la muchacha, se puso encima de ella, enrolló una toalla y se la puso sobre la nariz y la boca. Así la inmovilizó, y la asfixió. Fue una muerte horrible para la muchacha. El peso del cuerpo del asesino le impidió respirar con facilidad, le presionó el pecho y el abdomen, y la presionó con la toalla. Fue una agonía horrible… Así la mató. Después la cubrió con una sábana, se escondió debajo de la cama, ante la insistencia de las hermanas de la víctima salió, abrió la puerta, se despidió de la mamá, y escapó… Creemos que se escondió en una casa cercana, donde un familiar, y que vio todo lo que hicimos en la casa, en la escena del crimen… Después, un tío vino a traerlo para esconderlo, y se lo llevó para una aldea de Concepción de María, cerca de la frontera con Nicaragua, en una montaña donde solo los tesones pueden entrar. Allí lo escondieron. Vamos a acusar a los parientes por complicidad y encubrimiento de un crimen. Esta gente merece estar en la cárcel, y la mamá en el infierno. Es mi opinión como persona y como policía”.
Final. La aldea donde estaba escondido el asesino es un lugar impenetrable, de montañas casi vírgenes. Allí lo protegía un tío. Sin embargo, la DNIC le seguía los pasos y ya estaba conformado un comando para capturarlo.
“Jorge se quiere entregar –dijo un familiar–, pero quiere garantías para su vida”.
“¿Cuándo?”
“Su abogado lo va a presentar”.
“Eso se trata con el fiscal del Ministerio Público”.
“El muchacho quiere entregarse…”
“Está bien, pero nosotros vamos a hacer nuestro trabajo… Hablen de eso con el fiscal…”
Tal vez Jorge, libre de los efectos de las drogas y del alcohol, libre de su despecho y de sus celos, acabó reconociendo su delito y quiso enfrentar la justicia. Quizás amaba realmente a Ana, eso podía pensarse por las fotos de la muchacha que tapizaban las paredes de su cuarto, y quizás estaba arrepentido de lo que le había hecho. Por eso decidió entregarse.
Un día, le dijo a su tío:
“Tío, voy a bañarme”.
Habían pasado varias semanas desde el entierro de su Ana, y estaba triste. Además, estaba preocupado. Sabía que la 18 lo había condenado a muerte. Sabía que el día en que velaron el cadáver de Ana, llegaron muchos miembros de la mara a la iglesia, llorando, gritando de dolor y jurando venganza.
“¡Te juramos que vamos a encontrar a ese maldito!” –, le dijo al cadáver uno de los líderes de la mara.
“¡Ese perro las va a pagar todas juntas!”
“¡Lo vamos a descuartizar!”
“¡Ya sabemos dónde lo tienen escondido!”
Los amigos de Ana gritaban tanto y se notaban tan furiosos y decididos a todo que los que estaban en el velorio salieron corriendo de la iglesia.
EL BAÑO. “Me voy a bañar, tío”.
El río estaba cerca de la propiedad del tío de Jorge, entre árboles antiguos y frondosos en el corazón de la montaña. Allí pasaba Jorge muchas tardes, pensando en lo que había hecho, triste y preocupado. El tío lo vio salir de la casa y caminar hacia el río.
“Jorge sufría”.
Varias horas después, el tío empezó a preocuparse. Sabía que la Policía buscaba a su sobrino y, cuando este se tardó mucho en regresar del río, pensó que quizás lo habían capturado. Aún así, fue a buscarlo. Y lo encontró. Su sobrino estaba muerto. Se había suicidado. Estaba colgado del cuello, de una rama de un viejo guanacaste. Vestía un bóxer oscuro y calcetines, tenía los brazos colgando hacia los lados, un poco arqueados, la lengua de fuera y los ojos desorbitados. Los detectives de la DNIC se preguntan todavía: ¿Qué hizo que Jorge se suicidara? ¿Remordimientos? ¿Sentimientos de culpa? ¿Miedo a las amenazas de la 18? ¿Miedo a la cárcel? ¿Miedo a los deseos de venganza de algunos miembros de la familia de Ana? O, ¿amaba tanto a Ana que ya no podía vivir sin ella? Solo Dios lo sabe. Para Jorge, en su crimen estaba su castigo.