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DJ y música electrónica en las ruinas de la ciudad

FOTOGALERÍA
06.12.2014

La salida del sol en una mañana de domingo apenas se nota en Berghain, el club que ha sido la ciudadela de la música techno en Berlín durante una década.

Su principal pista de baile es un lugar perpetuamente oscuro iluminado, con poca frecuencia, por luces destellantes por encima y lleno, hora tras hora, de bailadores cada vez más sudorosos.

Sus DJ tocan series maratónicas que suenan sin parar, noche y día, durante los fines de semana y hasta la tarde de los lunes, sosteniendo el caos metronómico del ilimitado techno de Berlín: gigantescos y retumbantes sonidos de bajo y percusiones que bajan y suben una y otra vez, con impacto incesante.

El salón principal de Berghain fue alguna vez la sala de turbina de una planta eléctrica de Berlín Oriental; tiene escaleras de acero claramente funcionales, muros de concreto y un elevado techo de 18 metros. La multitud está vestida para bailar, no para exhibirse: mujeres en pequeños vestidos negros o playeras de tirantes y pantaloncillos cortos con mochilas a la espalda, hombres con sudaderas con capucha y jeans, o sin camisa, o usando arneses de cuero y poco más. La gente se balancea, se sacude, salta, gira en parejas; algunos se abrazan y dan vueltas en grupos con el pecho desnudo.

Fuera de la pista de baile, dispersos entre el edificio de varios pisos, hay rincones en las sombras donde ocurren encuentros más privados. No hay espejos en ninguna parte, ni evidencia persistente; todo se acepta excepto la fotografía.

LOS VESTIGIOS

En noviembre, Berlín celebró el 25 aniversario de la apertura en 1989 del Muro de Berlín. Las anárquicas energías liberadas por su caída han definido a la ciudad durante una generación, pese a las tendencias recientes hacia los clichés internacionales del aburguesamiento. Las cicatrices de la división siguen siendo visibles en lugares como la Galería del Lado Este, una sección no demolida del muro a lo largo del río Spree, ahora decorada con viñetas, pero a menudo con conmovedores murales de propaganda política.

Un aspecto de la reunificación que nadie había predicho –el surgimiento del techno y una tenaz escena de clubes de creación propia– ha resultado ser no una pasajera moda de vida nocturna, sino una piedra angular de la identidad de la ciudad. Aun cuando la música dance electrónica dominante se mueve hacia el glamour y la celebridad del pop, la tradición de Berlín sigue siendo andar de fiesta en las ruinas: oscuras, poco glamorosas, impulsivas.

“Esta cultura es parte del ADN de la ciudad”, dijo Sven von Thülen, un periodista y DJ cuya historia oral del techno (escrita con Felix Denk), Der Klang der Familie: Berlin, Techno and the Fall of the Wall, acaba de ser publicada en inglés. “Los días –años– de la anarquía dieron a la subcultura tiempo para arraigarse en la cultura de la ciudad”.

PUBS Y BARES

Los clubes de Berlín, y el espíritu que han representado desde hace tiempo, atrajeron a la ciudad no solo a turistas sino también a una fluencia de artistas, músicos y DJ expatriados –para quienes las rentas de Berlín, aún cuando ahora están aumentando, siguen siendo comparativamente bajas– y a muchos berlineses que están dispuestos a pasar los lunes recuperándose de las largas noches o tardes en la pista de baile. Mientras se acercaba el aniversario, hice un recorrido de clubes de cuatro días por todo Berlín en octubre y encontré que, pese a que ya terminaron los días de la anarquía, dejaron atrás un encanto dinámico.

Berlín ya no se rige únicamente por el techno. La música house, el estilo que domina en los clubes internacionalmente, también retumba en muchas pistas de baile en la ciudad. Incluso en Berghain hay un segundo salón, Panorama Bar, donde los bailadores pueden dejar atrás la severidad del techno por el más optimista y más armonioso retumbar de la música house. Pero el tipo de música house en un gran salón que se inclina hacia lo pop aún no ha conquistado a Berlín.

“Berlín tiene la atmósfera del ‘lo hacemos nosotros mismos’”, dijo Ellen Allien, una DJ que también dirige el sello discográfico BPitch Control. “El sonido es más áspero aquí que en otros lugares, más clandestino. Mantienen la atmósfera aquí. No es por el dinero; es apasionamiento”.

El techno que surgió durante la reunificación de Berlín fue producto de circunstancias únicas: música nueva (y la tecnología que la producía y la reproducía), espacios disponibles y drogas emergentes como el éxtasis.

Los espacios fueron cruciales. Donde el muro había creado un perímetro para su infame franja de la muerte, y luego donde los negocios germanorientales empezaron a cerrar había edificios abandonados a la espera de ocupantes ilegales y organizadores de fiestas.

Otro factor importante dio forma a la cultura de clubes de Berlín: no más toques de queda. La música nunca tiene que cesar. Eso ayudó a crear los hábitos de trasnochar y amanecerse de la ciudad, alterando los ritmos circadianos para pasar un buen rato que desorienta. Los clubes típicamente abren sus puertas a la medianoche y pocos asistentes se molestan en aparecerse antes de la una de la mañana; probablemente están tomando siestas de preparación.

SIN OSTENTACIÓN

La ciudad difiere de otros centros conocidos por su vida nocturna en otra forma significativa: Berlín aún favorece la música por encima de lo ostentoso. Sus clubes –particularmente Berghain– tienen porteros famosos por su arbitrariedad. Escuché historias de mujeres que son regresadas de un club porque estaban usando tacones altos y evidentemente no planeaban bailar mucho.

Un club de Berlín no tiene que ser enorme o elegante para mostrarse eufórico; algunas ruinas apenas están renovadas. Las pistas de baile son solo del tamaño de una salita en Salon Zur Wilden Renate, donde DJ bien conocidos en ocasiones se aparecen sin anunciar para tocar aventureras tandas de house o techno. Alguna vez fue un edificio de departamentos de baja altura y aún tiene un aura artística y de hallazgo. Es un laberinto de espacios caprichosamente decorados: vestíbulos adornados con fotos antiguas o un video en pantalla plana, una salita de baile con docenas de pequeñas bolas disco que cuelgan del techo, pequeñas salas para sentarse llenas de muebles excesivamente mullidos o televisores o videojuegos antiguos, y un patio que resulta contiene una minigóndola, un Trabant (el muy ridiculizado auto germanoriental) convertido en macetero y un piano de un cuarto de cola blanco muy curtido por la lluvia.

Fiese Remise recibe a los visitantes como una chatarrería, con los despojos de un auto de los años 50, un área para sentarse al aire libre que parece como si estuviera hecha de chatarra y, como taquilla, los restos de un autobús. Pero al otro lado del autobús hay un club futurista de doble plataforma con sistemas de sonido crujientes y aturdidores. Hay un gran salón en la planta alta con docenas de bocinas dispersas en las paredes y el techo, y un sótano vaporoso y de techo bajo donde patrones geométricos vibran detrás del DJ y cada retumbo es un golpe en el pecho.

Aunque su música era más sosa cuando estuve de visita, Suicide Circus también tiene un aspecto destartalado. Está bajando una larga escalera al aire libre desde un puente hasta la ribera, a través de un campo cubierto de grava en un laberinto de patios para finalmente llegar a la pista de baile tipo búnker.

En Golden Gate, cerca del amanecer de una noche de jueves –la mejor noche del club, dijeron berlineses– quizá 50 personas estaban apretujadas dentro de un espacio más o menos triangular ubicado debajo de una estación del tren subterráneo; no es que alguien pudiera escuchar los trenes. El DJ producía un ritmo estremecedor y mezclaba lamentos del blues; los bailadores se movían como una masa supercargada que se retorcía.

“No beba de las botellas extranjeras”, aconsejó el portero a este turista obvio. “En serio”.

Club der Visionaere es más bucólico; un sitio al aire libre a orillas de un canal, bajo la sombra de un sauce llorón y orientado a la conversación con una fondo electrónico; su pista de baile es aproximadamente del tamaño de la cocina de un departamento de la Ciudad de Nueva York. En invierno, el club se traslada en parte al interior a Hoppetosse, un barco de placer construido en los años 20 que da cabida a solo 125 personas.

Pero Berlín aun tiene extensos espacios que reclamar. Kater Blau, que abrió este verano, se ubica a orillas del Spree, en el anterior domicilio de un venerado club berlinés de la década del 2000, Bar25. Llamarle un complejo de entretenimiento sería demasiado formal; parece como si solo hubiera crecido, una choza de madera tras otra, decorado con gatos de todos tamaños. Tiene una gran pista de baile que asemeja un granero, pero también un restaurante, un diminuto bar de cervezas artesanales con forma de una gran pipa, carpas para el teatro al aire libre y un barco de tamaño natural atracado en el río, con una cubierta lo suficientemente grande para dar cabida a una fogata.

A lo largo de los años, los clubes ilícitos y efímeros han dado paso a lugares con permisos, verificaciones de seguridad y agendas públicas (los visitantes en Berlín deberían revisar Resident Advisor). E inevitablemente el austero techno de Berlín enfrenta la competencia de estilos que son populares en otras partes. Algún día, quizá, las ubicaciones de primera de los clubes al lado del río se convertirán en oficinas corporativas o departamentos con bella vista. Pero no por el momento. Una generación después de que se impusiera el techno, Berlín sigue bailando en la oscuridad.

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