Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: El poder de la avaricia

Con la vara que mides, serás medido...
22.01.2023

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- Marcela. Llegó a la clínica del doctor Emec Cherenfant, en el hospital San Jorge del barrio La Bolsa, en Comayagüela, buscando ayuda. Tenía una cicatriz queloide en la parte izquierda del rostro, que se lo deformaba por completo, y que le causaba una horrible vergüenza y una mayor angustia, porque, en su opinión, aquella cicatriz “seguía creciendo”.

+Clic aquí para registrarse y leer más contenidos de El Heraldo

Pero, no se trataba solamente de la cicatriz, sino de sus causas, enraizadas en la política de odio que se desató en Honduras en las elecciones general de 2021, aunque Emmanuel Aguilar no lo crea; una campaña de odio que no fue más que la muestra clara de la bajeza tan indigna, vil y destructiva a la que puede llegar la avaricia de poder de muchos, a los que Dios está tardando demasiado en juzgar y en castigar, porque, hasta el propio Dios está decepcionado de ellos. Aunque Emanuel Aguilar no lo crea.

Tres pandilleros le marcaron la cara a Marcela con un cuchillo de cocina, por “cachureca”, “y lo peor, doctor, es que yo venía de votar por esa señora porque usted se había unido a ella, y yo, pues, fui a votar por usted”. ¿Pero qué se podía hacer para ayudarle a Marcela? Todo estaba en manos del doctor Cherenfant.

Cirugía

No tardó mucho tiempo el doctor en darle una respuesta, y la llevó al quirófano, donde, en dos horas, le redujo la cicatriz en un noventa y siete por ciento; redujo, no borró, porque las cicatrices no se borran.

Sin embargo, la vida de Marcela cambió para siempre, pues su cicatriz ya no está, aunque lleva una cicatriz más profunda e incurable en su corazón. La muerte de su hijo, de su único hijo. Y también necesitaba la ayuda del doctor Cherenfant para encontrar al asesino.

ADEMÁS: Grandes Crímenes: Con el último aliento

El caso

“Mi hijo tenía diecisiete años -dijo-; desapareció una tarde, y al día siguiente, apareció en pedazos... Lo decapitaron, le cortaron los brazos, y los policías dijeron que fue con hacha que se los cortaron, y también le cortaron las piernas en seis partes... Y en el pecho, con un cuchillo, le escribieron una sola palabra: ‘Estorbo’. Y los policías dicen que eso no es normal entre pandilleros; o sea, que ellos jamás habían escrito una palabra así en un cuerpo. Lo marcan con símbolos o dejan un papel o una cartulina escrita cerca del cuerpo, pero nunca una palabra así...

Y lo peor es que los policías ya dieron por cerrado el caso, y nadie quiere ayudarme, porque yo sé bien que a mi hijo no lo mataron los pandilleros...”

“¿De quién sospecha usted, señora?

”Marcela miró al doctor.“Yo... no sé...”.

Hizo una llamada el doctor Cherenfant, y le contestó el general Sabillón, ministro de Seguridad. Cuando le expuso el caso, el general le dijo que en un momento le enviaba un equipo de agentes a la clínica para que atendieran personalmente a la señora. Y así fue.

“Por eso confío en el general Sabillón -dice el doctor Cherenfant-, porque es un hombre que cumple su palabra, y porque nunca deja solos a sus amigos”.

En la misma clínica, Marcela recibió a los agentes.

“Mi hijo desapareció esa tarde -les dijo-; fue al campo a jugar pelota, desde las tres, o las dos, nos sé bien. Y no lo volví a ver”.

“¿Quiénes lo vieron por última vez? -le preguntó un agente-. ¿Sabe usted quién lo vio por última vez?”

“Los muchachos que estaban jugando con él. Pero, cuando se hizo tarde, como a eso de las cinco o seis, todos empezaron a irse, y dice Luis, uno de los cipotes que mi hijo se quedó allí, como descansando, porque había jugado bastante. Pero el campo se fue quedando solo y a oscuras, y de allí, nadie lo vio más...

Hasta el día siguiente, como a las dos, que me dijeron que habían encontrado a un muchacho descuartizado a la orilla del río, por la vega del río, pues... Y era él... Lo reconocí allí, aunque los policías no me dejaron acercarme mucho; y lo reconocí en la morgue. Era mi hijo. Y no sé por qué me lo mataron, si él no se metía con nadie; estaba estudiando y aprendiendo soldadura, y lo único que hacía era jugar pelota”.

LE PUEDE INTERESAR: Con el último aliento (Segunda parte)

Investigación

¿Qué había pasado con el hijo de Marcela? ¿Por qué lo habían matado? ¿Y por qué desmembrar su cuerpo de aquella forma tan grotesca? ¿Y qué significaba la palabra, “estorbo”, que escribieron en su pecho con la punta de un cuchillo?

“Para empezar -dice uno de los agentes-, este muchacho llegó con alguien a la vega del río, donde fue que lo mataron, porque allí encontramos sangre seca, y sangre en muchas piedras. Llegó allí con alguien de confianza, y decimos esto porque hablamos con tres de nuestros informantes en la zona, y todos nos dijeron lo mismo: Nadie dio luz verde para matar al muchacho.

Dijeron que él no se metía con nadie, y que todos lo conocían en la colonia. Y que lo que más raro se le hacía era que lo hubieran matado en la misma zona donde ellos van a dejar sus muertos, pero ellos los desmiembran en otras partes, los encostalan, y los dejan allí para que los encuentre la Policía.

Por eso esta forma de operar del asesino, o de los asesinos, era extraña. Y algo más extraño, todavía, era que tenía escrita con la punta de un cuchillo la palabra “estorbo”. Y ningún pandillero les escribe eso a sus rivales. Les dejan una nota al lado, y nada más, pero nunca una palabra como esa”.

¿Qué era lo que había pasado? ¿A quién le estorbaba el muchacho? ¿Era porque le estorbaba que lo había matado? Los policías podían confiar en los informantes de la zona, y ya sabían que no fueron pandilleros los asesinos.

“Había que buscar en el entorno familiar -dijo un agente-, si a alguien le estorbaba este muchacho que no se metía con nadie, que estudiaba y estaba aprendiendo un oficio, no podía ser un estorbo para nadie, al menos, no en el taller, porque allí todos lo estimaban, y no en el colegio, porque todavía no volvían a las clases presenciales... Entonces, había que estrechar más el círculo, y buscar en su familia”.

+Policías criminales

Amigo

Una tarde, cuando los agentes ya tenían identificado a un sospechoso, trazaron un plan para acercarse a él sin que se diera cuenta de que eran policías que estaban detrás de él.

Un agente, de aspecto sencillo, llegó al billar donde el sospechoso estaba jugando, vio varios juegos, se tomó dos cervezas, y con fanfarronería, dijo que él podía mejorar los puntos de los jugadores. Y el sospechoso, un poco tocado en su amor propio, aceptó el reto. El agente perdió tres juegos seguidos, mientras su nuevo amigo se reía, y lo retaba más, burlándose. Cuando el agente ganó la cuarta mesa, y la quinta y la sexta, y no le dejó tocar bola en la sétima, el hombre arrugó la frente, y le dijo:

“Usted como que se vino a burlar de mí. Es mejor jugador de lo que parecía”.

“No -le dijo el agente-, es solo que me fijo bien, y aprendo... Lo he visto jugar a usted, y aprendí... Si quiere juguemos la otra... Pero lo que me parece raro, es que usted, con esa cicatriz en la mano derecha y con el dedo índice levantado, como si lo tuviera paralizado, juegue tan bien, y ni siquiera se le mueva el taco”.

“Ah, si... -dijo el hombre-, fue una herida con machete que me fregó el tendón... Pero ahí estoy yendo a Teletón para que ayuden...”

+Selección de grandes crímenes: Un hombre demasiado perverso

“¿Y ha progresado?”

“No mucho. Dicen que hay que volver a unir el tendón y el nervio”.

“¿Y cómo se cortó?”

“Cortando un palo, hermano... No me fijé, y zas...”

“Ah, ya”.

Jugaron dos mesas más, las que ganó el sospechoso. De pronto, el agente le dijo, sin verlo:

“¿Usted conoció a Marcos, el muchacho que apareció desmembrado en la vega del río, aquí cerca?”

El hombre levantó la cabeza.

“Ah, sí -dijo-. Aquí casi todos lo conocíamos”.

“Usted, ¿cómo lo conoció?”

“Pues... es que yo soy el novio de la mamá...”

“Ah sí”.

“Sí... No vivimos juntos, vea; porque ella decía que el muchacho no iba a aceptar la relación, porque se quedó viuda temprano... Y la celaba y la cuidaba mucho... Era un buen cipote... Trabajó para los ‘cachurecos’, y siempre estaba alegre; le gustaba el fútbol, y yo quise hacerme amigo de él, pero cuando se dio cuenta que me gustaba la mamá, y que ella me correspondía, pues se me hizo de lado...”

+Grandes Crímenes: El caso del enamorado valiente

“¿Cuándo fue la última vez que lo vio?”

“¿Por qué tanta pregunta? Usted parece jura, amigo”.

“Curioso es que soy... A mí me repugnan los juras... Usted sabe, por el negocito en el que anda uno, y con el que se gana la vida”.

“¿Mota?”

“Algo así”.

El hombre sonrió, hizo un tiro, y metió tres bolas.

“Si vende por aquí, estos lo van a pelar... No dejan entrar a cualquiera a su territorio”.

“Yo sé... Pero dígame, ¿cuándo fue la última vez que vio a su hijastro? ¿Fue en el campo, esa tarde que jugó fútbol y él se quedó solo en la noche?”

El hombre se puso tenso.

“¿Qué es lo que busca usted, compa?” -preguntó.

“Nada, hermano; curiosidad... Usted caminó con el muchacho hasta la vega del río, allí tenía un hacha, un cuchillo y un machete... Y allí lo mató y lo desmembró, porque le estorbaba para quedarse con la mamá y con lo que tiene la señora Marcela... ¿No es cierto?”

El hombre estaba de una pieza. Miró en todas direcciones, y se encontró con varios pares de ojos hostiles, y con varias manos que agarraban la cacha de las pistolas.

“Después de matarlo, le escribió la palabra ‘Estorbo’ con el cuchillo, pero, no se dio cuenta de que se había cortado, hasta después de haber cortado en pedazos al muchacho... Seis meses han pasado, y por fin va a pagar la muerte del que bien pudo ser su hijastro”.

+Selección de Grandes Crímenes: El misterioso caso de la prestamista desaparecida

“¿Ustedes son juras?”

“Sí, señor... Somos juras”.

“Pero...”“Si confiesa, el fiscal le puede ayudar, y se va por el juicio abreviado... Si se va a juicio normal, le esperan treinta años, al menos. Y decídase antes de que los pandilleros se den cuenta de que usted los quería incriminar; porque si lo saben, ni nosotros lo vamos a poder defender... Esos sí lo van a hacer picadillo”.

“Yo... yo creí que le iban a echar el muerto a los pandilleros...”.

Nota final

El asesino espera juicio en la cárcel de varones de Támara. Dice que se arrepiente una y mil veces, porque el muchacho era bueno, y “tal vez hasta me hubiera aceptado”.

Pero “metí las cuatro, y me esperan treinta años en la cárcel”. Su abogado defensor dice que serán solamente diecisiete, y que por buena conducta saldrá en ocho años y medio; nueve a lo sumo. Y yo, con mucho gusto, le dedico este caso a Emanuel Aguilar, al que agradezco su carta. Sinceramente.

+Selección de Grandes Crímenes: La muerte de doña Juana