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Crímenes que no lo parecen tanto

<p>Este relato narra casos reales. Se han cambiado los nombres y se omiten algunos detalles para proteger a los inocentes. Estimado lector, estimada lectora, después de leer este relato, ¿qué opina?</p>
30.06.2012

CASO UNO. Hace algún tiempo, en una casa del centro de Tegucigalpa, una casa con cierta tradición aristocrática, si es que se puede usar esta palabra, murió una mujer de ochenta y dos años, a la que llamaremos María, en la más completa soledad.

Su cuerpo, momificado, lo encontraron sus hijos cuando se dieron cuenta de que la señora no había salido de su cuarto en los últimos once días. Acostumbrados como estaban a los caprichos de la señora, no notaron su ausencia, hasta que un olor amargo, no precisamente a podrido, salía de la habitación. Ese mismo día la enterraron al lado del que había sido su esposo por casi sesenta años y con el que trabajó hombro a hombro hasta reunir una fortuna que, por fuerza, debían heredar sus cinco hijos.

El médico de la anciana, un hombre casi de su misma edad, dijo entre dientes que a la señora la había matado la soledad, el abandono de sus hijos y la tristeza. Su fiel sirvienta había muerto hacía tres años, y ella no aceptó a nadie más para que la atendiera. Pero llegó un día en que no pudo levantarse de la cama, y le llegó la muerte. Los hijos, por supuesto, derramaron lágrimas, se vistieron de negro y la velaron como Dios manda, pero pronto se deshicieron del cuerpo porque apestaba, como dijo su hija menor.

Sobre el ataúd pusieron una fotografía en blanco y negro, en la que aparecía doña María en su juventud, bella, sonriente, llena de vida y de ilusiones, y que en nada correspondía con la máscara apergaminada en que se convirtió la piel de su cara, de la que desaparecieron los ojos, antes hermosos, vivaces y límpidamente azules, dejando dos huecos oscuros en los que habían depositado sus larvas las moscas.

Nada quedó de aquella belleza y el doctor, con dolor en su alma, se despidió de su paciente y amiga, y salió del cementerio General murmurando una palabra que más bien parecía una maldición:
“Hipócritas”.

Esa misma noche, los cinco hermanos se repartieron la herencia y, por unas cucharas de plata grabadas con versos del Corán, que había sido talladas en Bagdad en mil novecientos veintisiete, se agarraron a golpes las dos mujercitas, por las que la anciana hubiera dado su propia vida.

CASO DOS. En un asilo de ancianos, murió de pena hace algunos años una señora a la que llamaremos Luisa. Era una mujer fina, delgada, de pelo enteramente blanco, sonrisa postiza, pero dulce y sincera, y ojos pequeños y permanentemente tristes.
Tenía varios años de vivir en el asilo, desde que sus seis hijos, en solemne decisión unánime, la fueron a dejar allí porque era el mejor lugar para una anciana enfermiza, cascarrabias y solitaria.

Y doña Luisa, entre lágrimas que le salían de la profunda herida que llevaba en su corazón de madre, puso los pies en el asilo, sin pensar siquiera en juzgar, y mucho menos condenar, la actitud de sus hijos.
Y nunca perdió la esperanza de que su estadía en aquel sitio fuera momentánea. Para su desgracia, duró siete años.

Sin embargo, doña Luisa no podía dejar de amar y esperar a sus hijos. Cada domingo, a las seis de la mañana, se levantaba, se aseaba, se ponía su único vestido, un vestido floreado, de talle estrecho y falda de amplios pliegues, y se peinaba, se pintaba y se perfumaba como si estuviera a la espera del más amado de los novios.

Pero esperaba a sus hijos. Todos los domingos de los siete años que pasó allí antes de morir. Y nunca llegaron sus hijos. Ninguno. Ni las mujeres. Jamás. Y ella esperaba sentada en la puerta de entrada, con la mirada fija en el portoncito de hierro del frente, con el corazón anhelante y la tristeza más honda. Lo peor era que nadie podía quitarla de ahí. Al que le preguntaba si tenía hambre le decía:
“Sí, pero ya van a venir mis hijos, y voy a comer con ellos”.

Y cada domingo se acostaba sin comer, tragándose su llanto, escondiendo su dolor y, como dice una de las enfermeras que la cuidó, pidiéndole a Dios que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

La noche en que murió fue triste. Era sábado y doña Luisa desarrugó el vestido, lavó bien las placas dentales, alisó las medias, que ya tenían algunos agujeros, puso el perfume al alcance de su mano, y se arrodilló para orar. No se levantó. La encontraron sentada en el suelo, apoyada en la cama fría, con los ojos abiertos, como si esperara que por algún punto de la pared aparecieran sus hijos para recibirlos con su mejor sonrisa.

Miguel Pastor ya no era alcalde y uno de sus antiguos activistas trabajaba en el asilo. Él se hizo cargo del entierro y, al conocer la historia, dicen que el exalcalde se limpió una lágrima. De los hijos de doña Luisa nadie supo nada nunca.

CASO TRES. Ana Bella era hermosa; en realidad, más que hermosa, era linda.
Venía de ese lugar donde nacen las mujeres más bellas de Honduras y, a sus escasos diecisiete años, ya podía paralizar cualquier corazón, con su inmaculada piel blanca, sus ojos grandes y verdes, rodeados de enormes pestañas curvadas y enmarcadas bajo dos líneas color castaño que hacían las veces de cejas; su boca, una flor roja que sonreía siempre, con la dulzura de la inocencia, y su cuerpo, como el de una Venus de carne y hueso.

Sin embargo, era recatada y virtuosa, pulcra y pura. Y guardaba su pureza y su inocencia para el hombre que la hiciera su esposa, ante el altar de Dios, y como Dios manda.

Esa era su mayor ilusión, aunque también soñaba con ser maestra. Pero Ana Bella no iba a casarse jamás, ni a ser nada nunca.
Esa mañana, de hace algunos años, estaba en la casa donde vivía y trabajaba como doméstica, sirviendo a un pariente anciano que la estimaba mucho.

El ruido del carro al detenerse al frente de la casa, el portón chirriando al abrirse y un manojo de llaves sonando, la alertaron e hicieron que su novio saliera huyendo de la sala donde acababa de robarle un beso, uno de esos maravillosos besos de adolescentes que no son más que un roce de labios en los que se pone toda el alma y que emborracha el espíritu.

El muchacho salió al patio, subió por la escalera que tenía apoyada en el muro de cuatro metros que separaba el solar de su propia casa, y, confiando en que la visita se iría pronto, levantó la escalera, y se escondió entre las ramas de un árbol de mango que crecía al ras del muro. Adentro, todo era silencio.

Pero en dos segundos más escuchó la voz de su novia, una voz suplicante que pronto empezó a sonar desesperada y que en un instante se convirtió en grito de terror.

“¡No, Juan! ¡No me haga eso! ¡Mire que somos primos! ¡No me arruine, por favor; mire que soy niña y…!”

La voz se apagó en de repente, un silencio sepulcral siguió a aquel grito y, por un momento, el muchacho quiso tener alas para saltar del muro.

Cinco segundos después escuchó que la puerta de la sala se cerraba con violencia, que el portoncito de hierro del jardín volvió a chirriar y que se encendía el motor de un carro y se perdía luego al final de la calle. Entonces puso la escalera de nuevo y bajó por ella casi deslizándose. Como una tromba llegó a la sala y, de pronto, se detuvo ante una escena macabra.

Ana Bella, su novia, la niña linda y maravillosa que le acababa de decir que si la esperaba hasta que fuera mayor, entonces sería su novia y su esposa, estaba en el suelo, en el piso de cerámica blanca, ahogándose en su propia sangre, la sangre caliente y espumosa que le salía por la nariz, los oídos y la boca, mientras se esforzaba por respirar y abría desesperadamente los ojos, dos ojos como el mar, como el mar por la ribera, como dijo Salvador Díaz Mirón, antes hermosos y vivaces, como si quisiera gritar pidiendo ayuda. El muchacho dio un grito que resonó en toda la colonia.

“¿Quién te hizo esto, Ana?”, le preguntó, después, con lágrimas en sus ojos.

La muchacha abrió la boca en un desesperado intento por decir algo, pero la sangre ahogó sus palabras. El muchacho levantó su cabeza y, en ese momento, Ana Bella expiró. Su corazón tierno y lleno de vida y de ilusiones se había detenido para siempre. En ese momento, el novio escuchó un grito, un pequeño grito, apagado por lo siniestro de la escena. Sus ojos llorosos se encontraron con dos ojillos oscuros, que también lloraban, y cuyo dueño se escondía detrás de las patas de una de las sillas del enorme comedor de madera, cubierto con un largo mantel blanco. El niño, porque era un niño, temblaba.

“¿Viste quién fue?”

El niño no respondió.

En ese momento, el muchacho se dio cuenta que su novia tenía la camisa desgarrada y que su pecho estaba al descubierto.

“Él la quiso besar y le arrancó la camisa”.

Las palabras del niño cayeron como plomo derretido en el corazón del muchacho.

“¿Quién es él?”

El niño guardó silencio.

“¿Quién es él?”

El niño levantó los hombros.

Cuando llegó el forense, dictaminó que Ana Bella murió en un desgraciado accidente, muy común en casas con piso de cerámica, que tiene gradas y que están habitadas por gente descuidada que no sabe ni donde ni como ponen los pies para movilizarse.

“¿Y la camisa y el brasier desgarrados, doctor?”, le preguntó un detective de homicidios de la DNIC, que llegó al levantamiento.

“Seguramente en su desesperación la muchacha los rompió. Puede suceder. Perdone, pero no soy adivino”.

“¿Tiene señales de rasguños en el pecho la víctima, doctor?”

“Yo no soy morboso, amigo mío; búsquelos usted”.

El padre de la muchacha exigió justicia una sola vez, pero pronto desapareció y nadie lo volvió a ver. Del niño nadie sabe nada. A esta fecha debe ser todo un hombre. El expediente sigue guardando la afirmación del forense de que Ana murió en un desafortunado accidente. El novio sigue contando su historia.

PREGUNTA. Y, usted, estimado lector, estimada lectora, ¿qué piensa? ¿Qué opina sobre estos casos que parecen ser lo que son, aunque aparentan ser otra cosa?

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