Hay una pasión que define al padre Ovidio Rodríguez: servicio samaritano. El hijo de un carpintero que fue criado por sus abuelos maternos como “premio de consolación” no dejó escapar las oportunidades de abrirse paso entre la pobreza para lograr su aspiración de ser sacerdote.
De carácter dócil, de fácil palabra y definido en sus convicciones, el padre Nery, segundo nombre por el que lo llaman familiares y amigos íntimos, dice que la vida le presentó la oportunidad de ser obispo, pero no aceptó el cargo debido a que no se consideraba la persona idónea para el puesto.
Cuando se habla de los obstáculos que ha tenido en sus 30 años de sacerdocio lo hace con prudencia, pero deja claro que sí existieron “situaciones desleales” y que como dice la Biblia, en su momento se sabrán porque “no hay nada oculto”.
A continuación una entrevista con el hombre de fe que ahora dirige la parroquia El Divino Niño.
Luego de dejar al Santuario de Suyapa, ¿a qué labor pastoral se dedica ahora?
Después de que regresé de la experiencia del año sabático para reciclaje y aprender un poco, me encargue de una escuela que sigue vigente: la Escuela de la Palabra. Estamos como a la sombra de la Universidad Católica porque nos ayuda muchísimo con espacio y asumiendo la parte económica para formar delegados de la palabra y catequistas.
Tenemos dos espacios, en Danlí y aquí. Este año hubo un pequeño cambio y asumí la parroquia Divino Niño, que está en los predios de la Universidad Católica, en Las Casitas.
¿Tuvo apoyo de sus padres para ser sacerdote?
Sí, fue un apoyo indirecto porque yo me eduqué con mis abuelos maternos en Cofradía, Cantarranas, mis padres migraron a otra aldea por pobreza.
Mi papá era carpintero y era una economía informal, sembraba arroz. Migraron y me dejaron como premio de consolación donde mis abuelos porque primero había un hermano que había nacido, me sacaron del rincón porque venía el hermano que sigue y así me fui quedando con los abuelos. Cuando ellos se fueron yo tenía seis años y ya era tiempo escolar, ellos migraron con el auge de los aserraderos.
Mi padres me decían que si me hubiera criado con ellos no fuera lo que soy ahora.
¿Alguna vez confesó a sus papás o a sus abuelos?
No, porque papá murió cuando yo estaba en segundo año de Teología, mi abuelo murió cuando yo estaba en cuarto año de bachillerato y ellos murieron con esa ilusión.
A mi mamá siempre le busqué un tercero (para que se confesara), pero al final siempre terminaba preparándola.
A algunas hermanas sí, aunque eso a veces termina siendo una barrera porque nos conocemos.
¿Cuándo toma la decisión de ser sacerdote?
Había como una inducción nacida por la piedad que cultivaron mis abuelos, a veces mis juegos eran hacer procesiones.
Había un tío hermano de papá, Martín Alvarado Rodríguez, él conocía mis tendencias, el hecho de tener una piedad muy arraigada, él conocía a monseñor Héctor Enrique Santos, él hizo la conexión y así entré al Seminario Menor San José, en 1969, y ahí hice el plan básico y el bachillerato.
Entré a los 15 años a primer curso porque en mi aldea no había tercer grado, entonces fui a la escuela a repetir segundo grado tres veces para no estar haciendo nada.
Como mis papás migraron a Talanga para que nosotros termináramos la primaria, nos fuimos con ellos y el estatus cambió, mi mamá tenía un comedor en Talanga. Después se regresaron a su aldea.
¿Siendo adolescente, los muchachos que estudian en el seminario se pueden enamorar?
Pasa, pero si usted retrocede en el tiempo las conductas eran otras: vivíamos una adolescencia en silencio, no había libertad para salir como ahora; la mentalidad de un niño ahora es más avanzada y nuestro desarrollo fue más lento.
¿Y en el caso suyo?
Uno siente la madurez a los 15 años y eso se da, y recuerde que venimos de una familia en donde se pedía permiso para salir y teníamos una hora para salir y en el caso nuestro fuimos un clan bastante grande y nos movíamos en el circulo de la familia y de alguna manera esto induce a tomar decisiones a otra edad, lo que no sucede en este momento porque ya los muchachos de primaria años han tenido novia y los padres aceptan eso.
¿Qué logros y decepciones ha tenido en 30 años de sacerdocio?
La principal alegría es haber llegado a lo que soy hoy, donde la madurez física y afectiva cuenta. Cuando monseñor Santos me impuso las manos allá en el pueblo de Cantarranas, esa fue la mayor alegría, pero hubo una mayor, haber terminado el bachillerato en el colegio San Miguel, saqué un segundo lugar.
Otra alegría fue cuando monseñor Santos me nombró párroco del Santuario de Suyapa, tomé posesión un 23 de agosto de 1990, y me dijo: “Hijo, vaya a poner orden a Suyapa”, por que él tenía un sentimiento de tristeza porque se había estancado la construcción.
¿Y cuál es su insatisfacción?
Bueno, cuando regresé del año sabático yo traía la idea de que con la Fundación Suyapa continuáramos con el santuario, pero con una proyección samaritana; habíamos recibido tanto de la gente que había llegado el momento de devolver un poco a través de clínicas de tratamiento, de clínicas de formación, y ya no se logró.
¿Por qué no se logró?
Uno madura y dice: “Esta etapa ya”...
Apelando a la verdad que se profesa en el evangelio, le pregunto: ¿usted ha sido víctima de zancadillas?
No quisiera verlo así, de manera pública se lo digo, no lo quisiera ver así; si lo veo desde la perspectiva de la fe, ¿sabe que me ha ayudado mucho? Siempre medito el texto de Jeremías 17: “Dichosos los que han puesto su confianza en El Señor”, y eso afianzó mi ministerio, mi identidad, porque en definitiva Dios no ve las apariencias, sino los corazones.
Han pasado situaciones desleales, no le quepa la menor duda, hacemos caso omiso, tragamos muchas cosas y como le decía extramicrófono, hay que memorizar el mensaje que sale en los parachoques de los carros que dice “guarde su distancia”.
Guardo distancia de situaciones, de personas a las que les puedo hacer daño con mi presencia o me pueden hacer daño.
¿Privadamente se lo ha dicho a las personas?
Sí, pero se queda en un diálogo de pocas conclusiones, entonces, yo tengo un lema: “Lo que me toca hacer lo voy a hacer bien para la gloria de Dios.
Si el evangelio es verdad, entonces deberá llegar el tiempo en que esas diferencias tendrán que conocerse...
Pues el evangelio lo dice: “No hay nada oculto que no llegue a saberse”... yo camino en libertad de hijo de Dios, vivo mi ministerio en plenitud, el signo que me haya confiado la parroquia del Divino Niño es un signo de confianza y como dice Pablo: “Me glorío en El Señor”, lo que hemos hecho no es razón de protagonismo personal.
¿Dónde más oficia misas?
Además de dar misa en el Divino Niño, en el hogar de ancianos Salvador Aguirre los domingos y con los delegados de la palabra en los cursos y el fin de semana.
¿Añora los 5,000 fieles que iban a misa en el Santuario de Suyapa?
Claro que sí, y créalo, que hace seis años no era párroco y cuando entré (a la iglesia Divino Niño) encontré un personal dispuesto como el que había en Suyapa. Encontré un “caldo de cultivo” que dejó el padre Paiz y ha sido muy positivo.
¿Aspira a ser cardenal?
Para nada. Mire, cuando entramos al reino de Dios es en condición de siervo. Parábola de los talentos del capítulo 23 de Mateo: “Siervo fiel y prudente, entra en el gozo del Señor”.
La aspiración debe ser la de servir más, ¿que hubo opción de ser?, no lo voy a negar, porque con esto voy a aclarar algunos malos pensamientos. Tuve la opción de tener una mayor responsabilidad.
¿Con qué estatus?
Con el de obispo, se lo digo honestamente; hubo una propuesta concreta el 23 de noviembre de 2004 y dije que no porque uno tiene que medir su fuerza, tiene que saber qué tierras tiene que pisar.
Medí mis fuerzas, sabía a qué tierra iba y mejor dije que había otras opciones más maduras, más consecuentes.
¿Qué cosa no le pareció?
Que no era yo el apropiado, por mi edad, me faltaba madurez, iba a tener frente a mí gente que me formó y los respeto mucho. Me perdonan la falta de modestia, y lo hago (revelar que le pidieron ser obispo), porque muchas veces han creído que soy lo que soy porque no me tomaron en cuenta, y sí me tomaron en cuenta.