El dengue, que en 2010 causó 80 muertos, ahora acompañado por la chikungunya, se ha convertido en un problema endémico de salud que también está golpeando a la masa laboral y, por ende, a la economía nacional.
Ambas enfermedades, transmitidas por el mismo tipo de zancudos y con síntomas muy parecidos, se han propagado tanto en los primeros meses del año que la propia epidemióloga del Hospital Escuela Universitario, Roxana Araujo, ha recomendado que se declare una alerta en Honduras a fin de destruir los criaderos antes de que comience la época de lluvia.
El dengue y la chikungunya son enfermedades propias de las zonas tropicales, pero su incidencia puede reducirse al mínimo en la medida que las autoridades locales, que cuentan con el respaldo de organismos internacionales especializados, sean capaces de liderar una campaña de concienciación que lleve a toda la ciudadanía a una acción para impedir la reproducción del mosquito transmisor. Además, si bien es cierto los encargados de la salud pública deben siempre estar listos con los medicamentos y las instalaciones hospitalarias para atender a las víctimas del mal, la forma más efectiva y barata es la prevención; pero esta solo puede materializarse cuando se moviliza a toda la población ya que es una de esas muchas acciones que resultan inútiles cuando solo se hacen en forma individual. De nada sirve que unas familias adopten todas las medidas necesarias para evitar la reproducción del Aedes aegypti y el Aedes albopictus, si hay un vecino que no lo hace.
El hecho de que este año, hasta la semana pasada, el número de casos registrados de dengue y chikungunya (el 26 de febrero se anunció la primera víctima mortal de este mal) ya sean 5,258 del primero y de 8,080 de la segunda, es una muestra palmaria de que estamos lejos de entender, colectivamente, la urgencia de impedir la reproducción del vector, sin el cual simplemente ambas enfermedades no se propagan. Si queremos ganarle la batalla al dengue y la chikungunya deben conjuntarse las voluntades de gobierno y ciudadanía: el primero, dando el buen ejemplo, proporcionando larvicida, y lanzando una campaña masiva de concienciación y, la segunda, manteniendo libre su casa y su vecindario de aguas acumuladas donde se reproduce el zancudo transmisor y buscando ayuda inmediata ante la mínima sospecha del mal.