Opinión

This is it, Mr. President

Esta expresión norteamericana, cuyo significado más común suele ser “esto es todo, se acabó, es el final“, generalmente se usa cuando se han agotado todas las instancias y ya no queda nada más por hacer.

Cuando se ha hecho todo lo que se tiene y se puede hacer usualmente esperamos que se hayan solucionado los problemas, que todo haya cambiado para bien y que las cosas que no se hayan podido solucionar estén al menos dentro de un rango aceptable de control.

A esta situación la podríamos definir como un “esquema de prosperidad general”; este concepto es una visión estratégica de país o Plan de Nación, que implementa una serie de herramientas administrativas y operacionales para eliminar las principales deficiencias en la actual administración pública y logra que todas las instituciones alcancen el objetivo común: ¡El bienestar de todos los hondureños! Esto solo se puede lograr con una férrea voluntad política, inquebrantable determinación e incuestionable conciencia social.

De lo contrario, usted solo va a tener buenas intenciones y quedará como el presidente anterior, con tristeza de ver la inoperancia de los equipos de trabajo o como el hijo del presidente, decepcionado por la burocracia de su mismo partido.

Lo peor de todo es que las buenas intenciones, que no están soportadas en una comprobada sinergia, fruto de una visión compartida, solo quedan en sueños. Y los gobiernos se vuelven iniciadores crónicos y nunca terminan o alcanzan los resultados esperados.

Por tanto, no basta la visión, hay que plasmar los objetivos e implementar un plan donde todos los responsables de cada actividad están en red, con una visión común.

Todos los ciudadanos de este país hemos luchado contra un sistema incapaz de generar las oportunidades y los resultados esperados por y para toda una población. Hemos sido castigados como pueblo con una secuencia funesta de malas y malas decisiones. Cada día, la mayor parte del pueblo subsiste pero no mejora.

Podemos inferir que si la economía de una sociedad puede medirse por la sumatoria de las economías de sus ciudadanos; si la mayor parte de la población está sumida en la pobreza, ¿cuál será la situación del Estado? ¡Pobreza! Por tanto, nos preguntamos, ¿por qué seguir manteniendo un sistema que no ha podido mejorar los indicadores de pobreza? Y aquí no hablo de ideología. No hablo de girar a la izquierda. Hablamos de justicia y derecho, hablamos de lo justo y lo correcto, hablamos de productividad, de eficiencia, de transparencia y valor agregado.

Estos son los pilares del esquema de la prosperidad general. Hablamos de un sistema que industrializará al país y generará un crecimiento exponencial de las Mipymes, que se convertirán en fabricantes y proveedores de insumos, materiales y servicios.

Pregúntese usted mismo, ¿por qué, si tenemos 100,000 productores de café aglutinados en cuatro grandes asociaciones y cientos de cooperativas, no hay una sola que tenga una marca de café instantáneo? ¿Por qué de las 19 marcas que hay en el mercado nacional de café instantáneo, todas son extranjeras? ¿Por qué somos el único país productor de café de Latinoamérica que no produce café instantáneo para el mercado nacional, mucho menos para exportación? Yo le diré porqué, porque no es parte del Plan de Nación, porque el sistema está diseñado para que los agricultores solo sean productores y existan unos pocos grandes compradores y exportadores.

El esquema de la prosperidad general busca un proceso de industrialización masivo de nuestros productos del agro y volvernos más competitivos en el mercado de productos manufacturados, y no de materias primas. El café se produce en 15 departamentos y más de 200 municipios. Por lo tanto, es el producto del agro cuya industrialización generaría un impacto tan grande como para sacar este país de la pobreza. No, queridos lectores, no es sembrándole a unos poquísimos industriales 125,000 hectáreas de palma y 50,000 de azúcar que sacaremos al país de la pobreza.

Es industrializando el café, produciendo café instantáneo por 100,000 productores en todo el territorio nacional, con una franquicia propia y puntos de venta de granitas propiedad de los productores y sus cooperativas; eso sí es pensar en grande, generando beneficios para todo el país. Si hace eso, todos los hondureños diremos: This is it, Mr. President, you made it!