Dos tipos pelean, agarrados por las mechas en el filo de un precipicio, alegando sobre un tema en el que ambos gritan tener toda la razón.
En cualquier momento el terreno puede ceder, o uno de los dos puede pisar el vacío. Entonces ambos y sus alegatos caerán, y ya no importará quién tenía la razón.
Al ver la riña, los espectadores no preguntan quién está en lo cierto, sino, ¿qué diablos hacen ustedes dos en la orilla del precipicio?.
The Economist (5 de octubre) imagina esta situación para ilustrar a un mundo atónito ante la crisis que ha conducido al cierre del gobierno de Estados Unidos.
El cierre, dice la revista, es agotador, pero tolerable. La seguridad, las pensiones de retiro y demás servicios esenciales, están siendo pagados.
800 mil empleados sin pago ocupan cargos no esenciales en agencias federales (de un total de 2.8 millones)
1.3 millones siguen trabajando y cobrarán cuando se supere la crisis.
La revista estima que el costo de este tropiezo apenas reducirá entre 0.1% y 0.2% el crecimiento del cuarto trimestre de 2013.
La cuestión es que, continúa The Economist, si no hay arreglo para el 17 de octubre, el desastre es inevitable.
Lo más inquietante es que el pleito no es por el presupuesto, sino que la oposición exige al presidente Obama cancelar, reducir o posponer su programa de salud pública, ya en vigencia, a cambio de aprobar el presupuesto anual.
Mientras tal no ocurra, a partir del 1 de octubre todo pago del gobierno es ilegal. De ahí el cierre de la administración.
Pero se aproxima la fecha en que el gobierno debe solicitar al Congreso autorización para elevar el techo del endeudamiento externo.
En caso negativo, EUA no podría pagar sus deudas ni contraer otras nuevas, necesarias para continuar funcionando.
Según parece, alguien supuso que ya sin presupuesto, con el gobierno cerrado y a riesgo de suspender los pagos de la deuda, el presidente cedería.
Esta es una situación sorprendente, aún para nosotros.
Se pide al señor Obama una decisión que por lo demás no le corresponde: ordenar a la bancada demócrata eliminar, mediatizar o posponer el programa de salud.
Se le pide el suicidio político, y que lo haga fuera del sistema de poderes independientes.
En el examen que esta columna hizo de la crisis de poder entre el presidente Franklin D. Roosevelt y la Corte Suprema de EUA, quedó claro que el actor más prudente y sensato fue el pueblo de ese país, que prefirió tolerar los abusos de la Corte a entregarla al arbitrio del presidente, por mucho que le amaba.
El pueblo presintió además que si Roosevelt modificaba el número de jueces para controlar la Corte, cesarían los abusos, pero el precedente podría repetirse, y la institucionalidad del país quedaría en precario.
Una actitud similar se observa hoy, reflejada en la prudencia con que la prensa está tratando el tema.
Tanto el presidente Obama como el líder de la bancada opositora y mayoritaria del Congreso mantienen posturas irreductibles.
Se entiende al señor Obama, pero cuesta comprender los motivos de sus opositores, debido a que si la crisis no es resuelta a tiempo, el riesgo de una recesión mundial es casi inevitable.
Pero, “nadie está tan loco en Washington, ¿verdad?”, pregunta The Economist.
Ni en el mundo, podría responderse. EUA es eje y motor de la economía mundial.
En un caso extremo de cesación de pagos, es de esperar que los países acreedores y, en general, la economía mundial tratarían de evitar una catástrofe global, dando el tiempo necesario para negociar un arreglo apropiado.
El análisis de The Economist es oportuno y objetivo. Pero su título, “Esa no es manera de dirigir un país”, es inexacto.
Quien dirige un país es la rama ejecutiva de su gobierno, encabezada por el presidente.
El señor Obama, sea su programa de salud correcto o no, defiende no solo su gobierno, sino la credibilidad de las instituciones.
Es al contrario. Esa es la forma en que un presidente debe defender la institucionalidad de un país.
La posición contraria arriesga una recesión global que pagaríamos todos, y promueve inestabilidad política mundial, en el peor momento para EUA y el mundo.
Si otra frase cupiera mejor, más bien podría ser “esa no es manera de dirigir un Congreso”.