Opinión

Perro que ladra…

Como muchos entre nosotros, crecí entre refranes. Transmitidos de generación en generación, escuché la mayoría de boca de las abuelas. Siempre oportunos, aparecían de improviso para dar una lección, acompañar una reprimenda o celebrar un acierto. “Tanto va el cántaro al agua…”, “dime con quién andas…”, “a Dios rogando…” y muchos más que eran parte del nutrido repertorio de las matronas, cuya herencia aflora hoy en la cotidianidad familiar y en las tertulias con los amigos.

Con el paso de los años, las lecturas juveniles aportaron certeras moralejas, proverbios y máximas: Esopo, Salomón, Confucio… sabias palabras, contenidas en frases para la vida, se sumaron a las aprendidas al calor del fuego hogareño y de los abrazos maternales.
Condicionados por sus contenidos, regimos algunas de nuestras acciones conforme a sus significados, sin reparar que algunos son contradictorios.

Un viejo amigo me insistía que al participar de algunas discusiones, se debatía entre aplicar que “en boca cerrada no entran moscas” (pues “por la boca muere el pez”) u opinar, evitando eso de que “el que calla, otorga”. Si no cree que él tenía razón, usemos otro ejemplo: “no por madrugar, amanece más temprano” y “al que madruga, Dios le ayuda” y ahora pregúntese: ¿vale ser diligente o no ser diligente?... he ahí la cuestión.

Confieso que disfruto utilizar muchas de estas ingeniosas frases hechas. Algunas me traen gratos recuerdos y las asocio con vivencias específicas.

El muy castizo “al mal tiempo, darle prisa” y el proverbio chino “si te caes siete veces, levántate ocho” me han servido de inspiración para superar dificultades y reveses.


“El haragán camina dos veces el camino” y “lo barato sale caro” están entre mis favoritas, pues se han cumplido en múltiples ocasiones con precisión de reloj suizo. Revela mucho ingenio tener a flor de labio el refrán o locución para cada ocasión (“más sabe el diablo…”, “en casa de herrero…) o aplicarlo al día exacto (“el lunes, ni las gallinas…” o “en martes, ni te cases…”). Todos estos adagios son perfectos para pontificar, brindar un consejo y hasta para “llamar al pan…”, como es.

Por adepto (o adicto) a los refranes, me he llevado también algún chasco. Años atrás, sábado a la medianoche, venía caminando de regreso a casa, cuando en un oscuro tramo del camino apareció una jauría de perros callejeros. Eran, fácilmente, una docena de ellos y todos se acercaron a mí, ladrando ruidosamente mientras caminaba por “sus dominios”. Desde el principio me pareció que alborotaban más de la cuenta, pero supuse que no hacían más que seguir su instinto, así que continué mi marcha. Pensé “perro que ladra…” y justo en ese momento, sentí una mordida en la pantorrilla.

El dolor (y pavor) que sentí, me hizo sin duda “ladrar” más fuerte que los canes, pues se alejaron un poco. La historia la escuchó entera la enfermera y por eso me aplicó las dosis de suero antirrábico.

Si los refranes que conoce son parte del legado familiar, úselos y sáqueles el máximo provecho. Por cierto, no expliqué qué hacía a esas horas en la calle. Baste decir que después de un gustazo… usted ya sabe.

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