En la práctica política moderna son muchas las empresas que se dedican a formular pronósticos sobre los resultados electorales, en particular sobre la elección de autoridades supremas; es una práctica que presuntamente aplica métodos estadísticos, unos mejores que otros, por cuyos informes las empresas reciben buena remuneración aunque, en gran medida, se trate de una apuesta a las quinielas electorales.
En esa actividad, hay muchos interesados: los partidos y sus candidatos, los grupos de apoyo, los medios de prensa que desean demostrar su infalibilidad en la información, pero en todos los casos uno de los propósitos es influir en los electores.
Aunque yo no realizo encuestas, me considero con el derecho de formular mi propia quiniela electoral desde una perspectiva diferente, aunque pudiera haber quienes consideren que quizás es más confiable.
Veamos. Las encuestas normalmente se basan en ciertas exploraciones sociales utilizando lo que habría de ser el método inductivo: si 200, 500 o 1,000 encuestados ofrecen ciertos resultados, se concluye que el universo de votantes mostrará un resultado igual o muy similar.
Lo que a veces no advertimos es que el resultado de la encuesta, por diversas razones, está condicionado por 1º quién la realiza, 2º qué pregunta formula, 3º a quiénes pregunta, 4º a cuántos pregunta. Se dice que su resultado podría considerarse una fotografía de los encuestados, lo que pudiera parecer razonable, tomando en cuenta estas condiciones y aplicable a ese grupo de encuestados.
Y que varias encuestas equivalen a varias fotografías y, en consecuencia, a una tendencia, al menos en lo que concierne a los encuestados.
Pero debe tenerse presente que las encuestas de las más reputadas empresas internacionales con frecuencia han fallado por amplio margen en sus pronósticos de varios países.
El problema estriba en que las encuestas llevan en sí un ingrediente sesgado, un subjetivismo abierto o encubierto, porque responden al interés de quien las solicita, las realiza o las paga; porque las encuestas, al mismo tiempo que herramientas de trabajo, se proponen sugestionar al elector y a los observadores internacionales, sean estos privados o no.
Yo creo que en Honduras los pronósticos electorales deberían sustentarse, más que en las encuestas, en el comportamiento histórico de los electores.
Observadores externos consideran que más del 70% de los hondureños son cristianos (católicos o evangélicos), con relaciones familiares estrechas, amigos de la moderación, que repudian los extremismos y, en tal sentido, podrían considerarse como de centro o de centro derecha.
Ese comportamiento se manifiesta de modo claro en las votaciones nacionales: a lo largo de los últimos 50 años, dos partidos históricos se han alternado en el poder. Es público que en los dos partidos históricos se han producido crisis que han dado lugar a su fractura o división: un grupo se aparta de la dirección oficial y funda un nuevo movimiento o, en caso extremo, organiza un nuevo partido. En esa situación se encontraron el
Movimiento Nacional Reformismo con relación al Partido Nacional, y la ortodoxia liberal con relación al otro partido histórico; pero conviene destacar que, a partir de la Constitución de 1982, se establecieron las elecciones internas como obligatorias; y, en esta nueva modalidad, los partidos históricos, como partidos de masas y policlasistas que son, han mostrado la presencia en su seno de alas de centro, de izquierda y de derecha. En el Partido Liberal, el ala izquierda ha sido más visible, y más discreta en el Partido Nacional, donde también siempre ha existido.
Pero las corrientes de izquierda en ambos partidos se presentaron siempre como minorías poco relevantes; el presidente José Azcona decía que en su partido, cada vez que iban a elecciones internas durante un período de 12 años, la izquierda sacaba 40,000 votos, por lo que podría decirse que estaban “como en un congelador”.
Con relación a los partidos emergentes, fueran estos de centro, izquierda o derecha, los electores los han dejado en esa condición, vale decir, de emergentes, aunque pasen muchas décadas desde su fundación. Pero hay que reconocer que estos partidos sí han tenido la posibilidad de romper el balance de la mayoría absoluta de uno de los partidos históricos, lo cual muchos observadores consideran políticamente saludable.
Este hecho demuestra que el pueblo hondureño, en la duda de votar o no por un partido tradicional, prefiere abstenerse que ofrecerle su apoyo a un partido nuevo, en particular si presenta signos extremistas.
Yo creo que la voluntad de la mayoría de los electores el próximo 24 de noviembre será consistente con ese comportamiento histórico del soberano hondureño y que de nuevo serán los dos partidos históricos los que se disputarán la primacía para la elección presidencial y tendrán, sumados, al menos un 80% de las diputaciones en el Congreso Nacional, dejando en un lejano tercer lugar a cualquiera de los partidos que en esta elección se presentan como emergentes.