Estamos lejos de una verdadera democracia. Nuestros dirigentes son expresión del oscurantismo al estar inmersos en la politiquería y la “democracia electorera” que es el orgullo de falsos líderes que limita, enajena y engaña a los incautos que ven pasar la vorágine de ilegalidades que afecta la convivencia democrática.
Atavismo de un pueblo que bota su voto sin encontrar el hoy porque los aferrados al ayer nos tienen sin mañana. Nuestra “democracia” aprendió a mentir desde siempre y arrasa con los inconformes con el “sistema” implantado y explotado por pocos en perjuicio de muchos.
Cada presidente es peor que el anterior, ninguno realmente ha sido demócrata. Su comportamiento erróneo es de colusión con la corrupción y callan en contubernio asqueroso del código corrupto del hoy por ti mañana por mí.
Nada aprendimos en este transitar dizque democrático, nada. Es tanta la perversión que el interés político se impone con la participación pasiva de muchos que deseando el cambio que nunca llega, favorecen con su voto consciente o hasta inducido por el subconsciente anímico, la posibilidad de fracasadas “ideologías” con esquemas de falsas expectativas populistas que lejos de mejorar implantan una autocracia que los pueblos resienten y sus jefes insisten en llamar verdadera democracia porque es el pueblo en que se gobierna. Un pueblo ignorante no piensa aunque sienta ni es gobernable ni gobierna nada. El pueblo al poder ni por joder.
La revolución se hace con inteligentes y no con esa obcecada resistencia al conocimiento y saber que nos induce estar como otras “democracias” subyugadas por el poder omnímodo. Los refundidores antiimperialistas comen viandas gringas con la oligarquía que los seduce en la embajada del imperio que critican. ¡Siempre al olor del frito. Vaya hombres pusilánimes! Por otro lado, los que se dicen demócratas utilizan las estructuras oficiales para lograr sus objetivos políticos y llegar a gobernar y eso es peligroso, porque generan desconfianza y afloran adversarios inducidos a la violencia para contrarrestarlos, aún cuando podría creerse que quienes las ejercen tienen bien definidos sus propósitos para lograrlo. La competencia democrática que debería ser participativa es excluyente y particulariza haciendo peligrar la consecución de los fines.
Como la salud, la democracia debe tomarse con conciencia porque hasta que se pierde se reconoce el valor de haberla tenido. Es importante recordar que la democracia nunca ha sido un fin, sino un medio para lograr el bienestar social y demanda cuidados, con los que no debe jugarse. Cuando nos arrepintamos por no haber defendido como hombres lo que descuidamos por cobardes conformistas, será irremediablemente tarde.
Nuestro futuro es de aciertos y toma de decisiones de hombres capaces y no de desaciertos e improvisaciones de capataces políticos que gastan el tiempo que ya no tenemos acusándose de lo mismo en lugar de hacer propuestas factibles para contrarrestar el protagonismo populista y embaucador que amenaza con ganar los espacios que debemos asegurar para preservar y fortalecer la democracia que tanto nos cuesta.
Esta democracia que estamos perdiendo es nuestra peor herencia a las generaciones jóvenes. Lejos estamos de una verdadera democracia. Muy lejos…