Las creencias son parte de la vida, nadie puede vivir sin creer en algo o en alguien, ellas son como el cemento que une todo tipo de relación humana, son parte de la cultura de la sociedad. Hay creencias que esclavizan el espíritu humano, pero también las hay que liberan y dan una sensación de tranquilidad, promoviendo las facultades mentales para una mayor expansión de las capacidades.
La Semana Santa representa una simbología que por un lado expresa determinadas convicciones pero a su vez las reafirma, configurando en la mente un sentido de pertenencia e identidad que marca a las personas en su existencia cotidiana o como evocación del pasado.
Recuerdo aquellas celebraciones de la Semana Santa en mi aldea, San José de Soroguara. No había sacerdote que oficiara misa y diera los habituales mensajes en alusión al sacrificio del Señor en el Gólgota, pero por costumbre que se trasmitía en forma oral de generación en generación, costumbre que era una mezcla de religiosidad católica y prácticas paganas de nuestros antepasados, sabíamos que a partir del Miércoles Santo no debíamos realizar ninguna actividad laboral, días antes teníamos que rajar el ocote con el que nos alumbrábamos en las noches de los “días grandes”, no se podía comer carnes rojas, solo se podía consumir carne de pescado y pollo. Bueno, eran permitidas en la medida que se podía disponer de ellas.
Extrañamente, era normal la práctica de juegos de azar, cualquier árbol que diera sombra era bueno para hacer las ruedas de juego apostado y había una especie de permiso colectivo para consumir bebidas embriagantes; las cervezas se llevaban de Tegucigalpa en pesadas cajas de madera y en burro o en mula, las personas que las vendían tenían que disponer de pequeñas porciones de tela humedecidas para limpiarles el polvo recogido en la travesía del viaje.
Cuando me trasladé a Tegucigalpa, a pesar de ser la capital de la República, en Semana Santa lucía como un pueblo fantasma. Por sus polvorientas y adoquinadas calles no circulaban más que las procesiones religiosas.
Todos los centros de trabajo y hasta los comercios cerraban, sus devotos habitantes tenían que abastecerse de todos los alimentos y otras necesidades con mucha antelación, un par de farmacias se abrían en turnos cuidadosamente programados, una en Tegucigalpa y otra en Comayagüela para atender las urgencias que se le presentaran a la población.
Todas las radioemisoras cerraban operaciones para esos días, excepto radio Suyapa que de forma ininterrumpida trasmitía música sagrada y leían los horarios de misas en las distintas iglesias de la capital.
No había ninguna promoción de excursiones a la playa, no había operativos especiales de la policía, cuerpo de bomberos y de la Cruz Roja en las carreteras, tampoco en las salidas de la ciudad se entregaban anticonceptivos para evitar enfermedades o embarazos de los desprevenidos viajeros.
Lo más interesante es que todo esto se hacía en armonía con las creencias, por lo cual nadie se sentía sofocado por la cultura consumista y desenfrenada de nuestros días.
¡Cómo han cambiado los tiempos!