Opinión

La independencia centroamericana

El afirmar que tras la ruptura del dominio español en el Reino de Guatemala -tras 319 años de coloniaje-, todo continuó igual, es inexacto, como también lo es el sostener que tras la proclamación de la independencia respecto a España y México (1821 y 1823, respectivamente), el pasado quedó totalmente atrás, sin dejar huella ni lastres.

Lo que ocurrió fue una combinación de lo viejo y lo nuevo. El acta emancipatoria del 15 de septiembre así lo refleja: en su numeral 7º. se lee: “…No haciendo novedad en las autoridades establecidas, sigan estas ejerciendo sus atribuciones respectivas… hasta que el Congreso indicado determine lo que sea más justo y benéfico”. En el No. 11 se declara: “que la Religión Católica… se conserve pura e inalterable… respetando a los Ministros eclesiásticos seculares y regulares, y protegiéndoles en sus personas y propiedades”.

De esta manera, tanto el poder temporal como el religioso continuaron temporalmente en situación de privilegio, en lo político, económico e ideológico. Recuérdese que al ocurrir la emancipación, la Iglesia Católica era la más importante poseedora de tierras y propiedad inmueble en Hispano América.

La riqueza continuó concentrada en manos de una élite, con la diferencia que los criollos ahora controlaban -sin tener que compartir con los peninsulares-, el poder y la propiedad territorial: la hacienda continuó siendo no solo fuente de ingresos, también de seguidores y de prestigio.

Los indios y negros continuaron ubicados en los peldaños más bajos de la estructura social, doblemente discriminados y marginados por el color de su piel y por su pobreza.

La educación aún estuvo influida por las órdenes religiosas, si bien, a partir de 1829, con el triunfo temporal de los liberales morazanistas, se decretó laica, gratuita y obligatoria. La abrumadora mayoría de la población continuó sumida en el analfabetismo, la ignorancia y la superstición.

La marginalidad y la exclusión en las decisiones que afectaban a los pueblos continuaron siendo la norma.

Veamos ahora las transformaciones que se dieron: la inestabilidad y las luchas políticas entre Conservadores y Liberales, en disputas tanto por el poder como por el mantenimiento del status o por las transformaciones, desgarraron a la nueva República durante décadas.

Ello implicó el fortalecimiento de los ejércitos como actores decisorios tanto en los campos de batalla como en la toma de decisiones trascendentales, reemplazando a las milicias coloniales, lo que originó el surgimiento de caudillos criollos y mestizos, centroamericanos y extranjeros, siendo Morazán y Carrera los abanderados del cambio y la continuidad, pero también debe recordarse a Cabañas y Ferrera, a Arce y Carrillo, a Raoul y Saget, entre otros.

El fraude electoral perpetrado por el primer Congreso arrebató el triunfo electoral al candidato que más votos electorales (41 de 79) en los comicios de 1824: José Cecilio Del Valle. Fue este acto ilícito, “el origen de las desgracias de aquella época”, en cierto juicio valorativo de Morazán.

La guerra civil, que enfrentó tanto a estados como a ciudades, ahondó las divisiones acumuladas a lo largo de la colonia, ahondando las tendencias separatistas y las rivalidades entre los pueblos, además de la pérdida de vidas y el impacto en la frágil economía republicana. El tradicional hegemonismo guatemalteco-comercial, político y eclesiástico- fue cuestionado por los estados, temporalmente victoriosos, a partir de 1829-1838 con Morazán a la cabeza. Pero también al interior de cada estado, presenciamos el enfrentamiento entre centros urbanos: Tegucigalpa y Comayagua, León y Granada, San José y Cartago.

El vacío dejado por la retirada de España de sus antiguas posesiones americanas fue gradualmente llenado por otra potencia, con triple poderío: naval, comercial y financiero: Gran Bretaña, que se había apoderado de Belice y la Costa de La Mosquitia. Su influencia sobre el istmo perduró hasta 1914, cuando otra potencia emergente llegó a controlar los destinos de Centroamérica y Las Antillas, al punto de considerar al Caribe como su “Mare Nostrum”.

La esclavitud, infamante institución que nunca tuvo en el istmo la importancia económica de las plantaciones del sur estadounidense, Las Antillas y Brasil, fue legalmente abolida por la Asamblea Constituyente de 1824.

Así, a partir de 1821-1823, se dio una combinación del pretérito y la herencia colonial con el presente y el futuro, en que se combinó el optimismo con la frustración eventual.