El 13 de diciembre de 1991, en la ciudad de Tegucigalpa, los Estados centroamericanos de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Panamá suscribieron el Protocolo de Tegucigalpa que reformó la Carta de la Organización de los Estados Centroamericanos, mediante el cual se constituyó el Sistema de Integración Centroamericana (Sica).
Dicho Protocolo luego fue ratificado por cada uno de los Estados suscriptores en sus Congresos o Asambleas, de tal forma que pasó a formar parte de la legislación interna de todos los Estados y, por lo tanto, se volvió de obligatorio cumplimiento en aplicación del principio Pacta Sunt Servanda, que significa que todo tratado en vigor obliga a las partes y debe ser cumplido por estas de buena fe.
El Protocolo de Tegucigalpa, que ha sido considerado por los tratadistas y por la doctrina comunitaria emitida por la Corte Centroamericana de Justicia como la Constitución de Centroamérica, concibió los órganos “principales y permanentes” del Sica y, siguiendo la estructura de división de poderes, creó un órgano administrativo (la Reunión de Presidentes), un órgano legislativo (el Parlamento Centroamericano) y un órgano judicial (la Corte Centroamericana de Justicia).
Esta decisión no se originó en una voluntad individual de los presidentes que en aquel entonces dirigían los Estados centroamericanos, sino que respondió a la voluntad política del pueblo centroamericano, plasmada en cada una de sus constituciones, que manifiesta el anhelo de los pueblos centroamericanos de unirse en una sola República, como la visualizó Morazán, y que tiene entre sus propósitos fundamentales consolidar la democracia, fortalecer sus instituciones, garantizar el respeto a los derechos humanos, concretar un nuevo modelo de seguridad regional, fortalecer el poder civil, superar la pobreza, promover el desarrollo sostenido, proteger el medio ambiente; erradicar la violencia, la corrupción, el terrorismo, el narcotráfico y el tráfico de armas.
Como vemos, nadie podrá negar que estos propósitos responden a las legítimas aspiraciones del pueblo centroamericano, pero estos objetivos no podrán alcanzarse en tanto existan Estados renuentes a cumplir con sus compromisos internacionales, velando por sus propios intereses y no los del Sistema, boicoteando las decisiones de los órganos fundamentales del Sica y rebelándose ante decisiones emanadas de autoridades competentes.
En resumen, la integración y sus propósitos no podrán avanzar sin un compromiso serio y de buena fe de todos los Estados miembros.
El ex abrupto de algunos altos funcionarios del gobierno costarricense, al manifestar en forma abierta su desacato a la sentencia de la Corte Centroamericana de Justicia en relación con la demanda interpuesta por el Estado de Nicaragua, nos retrata como una región pobre en civismo e institucionalidad.
La integración no es un juego del cual podemos escoger lo que nos beneficia o nos conviene y desechar lo que nos perjudica o desfavorece. La integración es para países comprometidos con los pueblos centroamericanos, con todos.
Debemos reconocer que las instituciones del Sica deben fortalecerse, pero el fortalecimiento de estas no depende de más críticas o de declaraciones o pronunciamientos retóricos, sino del nombramiento de magistrados, diputados y presidentes centroamericanos que comprendan la importancia del proceso de integración, que merezcan ostentar dichos cargos, que entiendan que cada país, los menos desarrollados y los más desarrollados, tal cual pasó en Europa, tienen una responsabilidad.
Que los ricos venderán a los pobres incrementando su producción y sus ingresos, como ocurrió con Alemania, y que los países menos desarrollados proveerán los mercados para esos productos.
El mejor aporte de Costa Rica a la integración sería nombrar sus magistrados y diputados a los órganos del sistema y colaborar con el talento que sabemos tienen sus ciudadanos al esfuerzo conjunto de la integración. Su participación mediante el nombramiento de funcionarios capaces y éticos obligaría a los demás Estados a realizar el mismo esfuerzo y con esto fortalecer los órganos del Sica.
Solo viendo y participando de la integración con visión de centroamericanos podremos comprender sus beneficios, pero también asumir los compromisos, responsabilidades y sacrificios necesarios para que funcione, entre estos, el acatamiento irrestricto a las decisiones de los órganos del Sistema.