La frase del título conmocionó a Europa y al mundo entero la semana anterior. Televisoras y redes sociales se inundaron con la nueva de que los príncipes Guillermo y Catalina habían procreado un sano varón a quien, si las circunstancias futuras son favorables, le espera nada menos que el trono de Inglaterra.
Ante el suceso hoteles y museos de Londres diseñaron ofertas especiales, incluyendo relax para damas embarazadas, con lo que a fin de mes se calcula un ingreso por materia turística ascendente a euros 280 millones. Una amiga residente en Kent cuenta que el país entró en una especie de catatonia jubilosa, pendiente de los noticieros nomás ingresar doña Kate a labores de parto en el hospital. Más tarde la pareja salió a la calle cargando al neonato, entre cientos de admiradores, con sencillez campesina y tanta naturalidad que lo menos que aparentaba es pertenecer a la familia real.
En contraste, cuando el presidente hondureño desciende del villorrio que habita hasta Tegucigalpa el estruendo de cláxones y sirenas que lo precede es no solo estridente y desproporcionado sino vulgar. Motocicletas, patrullas, hombres fieramente armados anteceden y capitulan la caravana, que pasa como condenado a quien acosa la historia, que tal ha de ser.
Pero el propósito de esta nota no es hacer relato social sino considerar el evento europeo desde otros ángulos propios de la nación británica. Uno es el intenso respeto que, en modo global (ya que también hay republicanos tranquilos y recalcitrantes), otorga la mayoría de esa nación a las autoridades monárquicas, particularmente a la reina y la nueva generación dinástica. Proceso este en que igual se discrimina pues el vetusto príncipe Carlos, matrimoniado previo con Diana y hoy con su vieja amante, señora Parker, registra bajo aprecio estadístico. Más querido es el consorte de la reina, duque de Edimburgo, y distantemente visto el resto de la familia. En cambio los jóvenes –como que representan la esperanza de que el sistema perdura y se renueva– repuntan en el gusto popular.
¿Cuál es el secreto de imagen positiva de este sistema iniciado políticamente en 1707, cuando las coronas inglesa y escocesa se unieron? Aunque el pueblo inglés es de los más cultos del mundo, algo ha de sufrir del fenómeno moderno de la alienación. Su dependencia de la estructura monárquica, empero, no parece obedecer a ese tipo de percepción errónea de la realidad sino a algo que los analistas vacilan en admitir y es el hecho de que en términos vitales y comparativos esa institución produce enorme bien al país.
En efecto, la monarquía constitucional (cuyo poder lo ejerce en última instancia el Parlamento), presta sustantiva estabilidad a la sociedad al aglutinar en su conducta pública y privada, en su comportamiento político y social, y en su dedicación al fortalecimiento del reino y la mancomunidad, los valores y principios más preciados de la tradición anglosajona moderna. Dije moderna pues tampoco es que la isla fuera toda armonía a lo largo de siglos. Entre el gobierno de Wessex (siglo IX) y la actual Isabel II hubo guerras, traiciones, crisis, anarquía, disturbios, conflictos con la nobleza, asesinatos y abusos de poder (Enrique VIII) que han hecho la delicia de novelistas góticos y de terror.
La monarca es fuente de honor y rectora de la Iglesia (nombra arzobispos y obispos), pero sobre todo responsable de toda justicia practicada en el territorio bajo su mando y, por ende, símbolo y referente moral de Inglaterra. Los ciudadanos la contemplan como eje de seguridad social y particularmente ético, no importa que sucedan ocasionalmente errores y vicios de corrupción monetaria y de cintura abajo: el sistema funciona, ha sido puesto a prueba en batallas y en paz. No es perfecto pero es justo, opera con equidad y su guía política es de sólida cultura nacionalista.
Innecesarias las comparaciones.