No importa si se le reconoce o no, el otro está ahí. A veces su presencia es más que obvia y solo se hace ejercicio de negación ante lo evidente, otras lo es menos y percibir su existencia requiere un esfuerzo adicional. Pero ahí está.
Hay quienes lo subestiman. Argumentan -como si el tiempo y la realidad fueran inmutables- que todo fue, es y seguirá siendo igual. A pesar de las señales inequívocas, hacen caso omiso de ellas y dan poco o ningún crédito a quienes las han estudiado y constatado. “La gente no cambia”, afirman. Aceptan que las circunstancias pueden ser diferentes, pero la esencia permanece intacta. Todo está bajo control si se hace lo que siempre se ha hecho y si se hace bien o mejor.
El otro, mientras tanto, se sabe desconocido o poco reconocido. Desde el nicho del “no-ser” al que ha sido confinado por el contrario y sus afines, construye identidad y tiene pruebas tangibles de su propia vitalidad. Está ahí y allá también, aunque aquel no lo quiera ver.
Igual que el primero, subestima al otro y, a su modo, no lo reconoce. Las señales que uno ignora, se interpretan por este con desbordados sentimientos de grandeza. Hay desdén por su forma de hacer, decir, convencer y lograr, todas efectivas, aunque se les dé poco crédito. “La gente ya cambió”, afirman. Las circunstancias son diferentes y el hartazgo mayor. El control se perdió, irremediablemente.
En el discurso de varios de los actores políticos del país de la coyuntura actual, podemos reconocer -a veces entre líneas o de manera notoria- rasgos de ese desconocimiento del otro, cercanos a la simplificación que hicimos en los párrafos anteriores. Totalizadores en su esencia, acusan una falta de tolerancia política, entendida como “la aceptación por las personas de los derechos de los demás a expresar opiniones diversas”. Esta es, precisamente, uno de los valores democráticos más importantes.
En 2010, el Estudio sobre Cultura Política de la Democracia en Honduras (LAPOP-Barómetro de las Américas) calificó a nuestro país con uno de los índices más bajos de tolerancia política en la región (47.5%), colocándonos al otro extremo de los Estados Unidos (70.4), Argentina (67.3) y Costa Rica (66.7). Los elementos que formaban parte de este índice incluían opiniones sobre la posibilidad de la oposición de protestar públicamente, su apoyo como candidatos, su presencia en la televisión para dar un discurso y su derecho a votar. En los últimos tres, los resultados eran por debajo de la media (hacia la desaprobación).
El estudio reveló también un alentador apoyo al sistema político denominado “democrático” (60%) el que, por cierto, no debería llamar a engaño, pues acusaba una predilección por una “estabilidad autoritaria” (46.5%). Tal como se afirmaba en las páginas del documento “El apoyo al sistema es importante para la estabilidad política, pero no garantiza la supervivencia de la democracia” (p. 102).
Con este contexto, es una buena señal que “el otro” o “los otros” puedan expresarse y participar abiertamente. Habrá que demandar que siga siendo así, sin importar quien prevalezca al final de la competencia.