Opinión

El mal uso de los recursos

Ante los reclamos de la población por los pésimos servicios de seguridad, salud, educación; en general, por la cada vez peor gestión administrativa gubernamental, la principal excusa es la falta de dinero, que somos un país pobre.

Y es cierto. Los malos gobiernos que hemos tenido han hecho de Honduras un país pobre y dependiente de la ayuda internacional. Pero también lo es que todo podría mejorarse –incluso la lucha contra la pobreza misma– si los administradores de este empobrecido país utilizaran de forma más racional, eficiente y honesta los recursos de que se disponen.

EL HERALDO, en dos notas periodísticas publicadas ayer, una vez más pone de manifiesto el desorden y la prodigalidad con que se manejan los fondos públicos, en momentos en que en todo el mundo los gobiernos optan por reducción de gastos y hacer que estos sean más eficientes en el logro de los objetivos nacionales.

La primera es la duplicidad de funciones en la administración pública porque en áreas como la atención de la niñez y la familia, derechos humanos y desarrollo social, por ejemplo, existen muchas instituciones que consumen ingentes recursos para cumplir con una función que se haría con más eficiencia si se fusionaran en una sola.

La otra es que en lo que va del gobierno del presidente Lobo, el gasto corriente se ha disparado en 8,537 millones de lempiras, principalmente en este año en el que comienza el proceso electoral con las primarias de noviembre.

Para seguir saciando el desordenado apetito de la obesa burocracia catracha, el gobierno ha aplicado ya cinco “paquetazos”, mientras se cocina el sexto.

Con este desorden en el gasto es obvio que nada será suficiente. Peor aún, en la medida en que con nuevos impuestos se siga desestimulando más al sector que genera riqueza y empleo, la situación se irá tornando cada vez más difícil para la economía nacional y los hondureños todos.

El problema, entonces, no es la falta de recursos: es la pésima forma en que estos se utilizan.

Solo falta saber ahora ¿cuándo tendremos gobernantes que vean más allá de las próximas elecciones, de sus intereses personales y de grupo para que manejen los asuntos públicos no con las artimañas de la politiquería sino con las reglas de la buena administración?