La historia de Amalia es desgarradora. Ella tenía 26 años de edad; era la madre de Maykel, un niño de 11 años. Estaba embarazada cuando enfermó de covid-19, la enfermedad que le arrebató la vida y no le dio oportunidad de conocer a su hija, la pequeña Monserrath, que nació prematura, con apenas 26 semanas de gestación, y que hoy cumple 54 días de nacida.
La de Amalia es una de las 1,654 historias de amor que legan a sus familias quienes desgraciadamente han sido víctimas del covid-19 desde que el país anunció oficialmente los primeros casos de la enfermedad, el pasado 11 de marzo.
La de Amalia, así como la del doctor Pablo Enrique Ulloa Cáceres y de don Carlos Rodríguez, un exempleado del SANAA, publicadas ayer por diario EL HERALDO, son las historias de vida que hay detrás de las frías estadísticas que noche a noche hacen públicas en la cadena nacional de radio y televisión las autoridades del Sistema Nacional de Gestión de Riesgos (Sinager).
Estas son historias que nos recuerdan que detrás de cada número hay una historia de vida, una historia de amor, una historia de dolor de cada una de las familias que hoy lloran en silencio la intempestiva separación de sus seres queridos. Historias que nos llaman a mantenerlos vivos en nuestros recuerdos.
Son historias, pequeños homenajes a esos miles de seres humanos que lucharon con todas sus fuerzas contra la cruel enfermedad, pero que desafortunadamente no lograron ganar esta batalla.
Pero también son historias que nos dejan un mensaje de reflexión sobre la gravedad de la enfermedad y la necesidad de que todos y cada uno de los y las hondureñas nos mantengamos alertas ante el avance de la pandemia en el territorio nacional, y a seguir luchando día a día para que la enfermedad no siga llevándose a nuestros adultos mayores, nuestros jóvenes y niños, a nuestras madres y padres, hermanos, hermanas, tíos, tías, amigos y amigas